Jorge miró hacia la escalera con un destello de pánico culpable en los ojos oscuros, el corazón latiéndole en la garganta con un pulso acelerado que hacía que las venas de su cuello se hincharan, escuchando el silencio traicionero roto solo por el borboteo de la cafetera y el tictac del reloj de pared, pero no pudo resistir el llamado magnético de ese culo carnoso expuesto —esa carne blanca y temblorosa que lo había obsesionado en secreto durante años, ahora marcada por sus propias huellas rojas de azotes pasados—, el pene endureciéndose por completo en un latido venoso que rompía la tela de los boxers con un sonido casi audible, sacando su v***a monstruosa con un tirón brusco que hacía que el tronco oscuro y grueso saltara libre al aire fresco de la cocina, aún con olor a la noche anterio

