Asentí. Era lo más creíble que teníamos. Nos levantamos casi al mismo tiempo. Ella fue al baño minúsculo a mirarse en el espejo roto que había encima del lavabo. Yo empecé a preparar la ropa que había lavado el día anterior: mi camisa gris planchada a mano (lo mejor que pude con la plancha de mierda que encontramos en un cajón), pantalón chino n***o, zapatos decentes. Marta también una ropa menos formal y más práctica. Tacones bajos porque con los altos no llegaba a tiempo al autobús si había que correr. Antes de salir, nos miramos en silencio. Ella se había recogido el pelo en una coleta baja, profesional. El moretón ya era morado oscuro, imposible de disimular con maquillaje barato. Yo tenía un arañazo en el cuello y el hombro dolorido, pero nada visible con la camisa abotonada. Bajamo

