—Ya veremos qué pasa y cuáles son tus límites. Pero si dependiera de mí, me gustaría cultivar una relación amorosa donde nos respetemos y queramos mutuamente. Una en la que me recibas con los brazos abiertos al llegar a casa besándome, preguntándome cómo me fue el día y quitándome el abrigo como yo te quito el tuyo, y haciéndome sentir que ya no soy una carga. Quizás podrías planear algo bonito para el fin de semana solos los dos.
Se quedó mirando al suelo, con el rostro enrojecido.
—Bueno, ¿qué opinas de eso? —pregunté.
—Ah. No sé, Am, tendría que pensármelo. La relación que acabas de describir parece más de pareja que de padre e hija. Me refiero a que te besara en la boca.
—Son solo tus labios, papi. Un beso. No es que te esté pidiendo que me metas la polla en la boca—.
—Está bien, está bien—, rió torpemente mientras sus manos hacían un gesto tranquilizador. —Como dije, lo pensaré, ¿de acuerdo, cariño?—
De todos modos, ya no quedaba tiempo para hablar. Oí que se abría la puerta y entraba mamá.
—¡Hola, mamá!—, grité alegremente, la abracé y la besé en los labios, dándole un espectáculo a mi padre.
***
Cuando terminaron las clases el miércoles, no esperé a mis amigos. Quería irme a casa enseguida. Papá trabajaría desde casa el resto de la semana.
Sabía que estaba arriba, trabajando en su oficina insonorizada en casa, y no me oía llegar. Me quité el abrigo y los zapatos y subí a su habitación.
—Hola, papá —le sonreí por la puerta abierta—. ¿Puedo entrar?
—¡Hey, claro!— respondió alegremente y giró su silla hacia mí, lo que tomé como una invitación a sentarme en su regazo tan pronto como llegara allí.
—¿Qué tal tu día, papi?—, pregunté, caminando hacia él, y luego, sin previo aviso, me agaché y le besé durante tres largos segundos. Mis labios se separaron con un maravilloso beso.
—Estuvo genial, ¿cómo estuvo la tuya princesa?— murmuró tímidamente, acariciando el cabello de mi espalda.
—Estuvo bien. Aunque te extrañé—, suspiré, sentándome en su regazo y luego le di otro beso en la mejilla. —Mmm, hueles a… eh, no sé… Tengo poca experiencia abrazando hombres—, dije con una risita.
—Está bien—, se rió entre dientes mientras su cuerpo se congelaba y sus brazos permanecían rígidos junto a su cuerpo.
—¡Estás muy rígido, papi!— exclamé y empujé su pecho con picardía.
Sonrió un poco, claramente inseguro de qué hacer.
—¿Esa es tu novia?—
Ambos levantamos la vista sorprendidos al ver a un hombre canoso que nos saludaba desde su portátil. No me había dado cuenta de que papá había estado en una reunión.
—¡Hola!— me saludó. —¿Eres su novia?—
¡Qué tipo más entrometido!
—S-sí—, respondí con una sonrisa dibujada en mi cara.
—Pensé que no era tu verdadero papá, pero no hace daño preguntar—, se rió.
Me pregunté si había visto mi escote cuando me agaché antes, o si había podido mirar debajo de mi minifalda.
No me gustó su sonrisa sórdida ni sus ojitos mirando mi cuerpo.
—Bueno, eh… los dejaré solos entonces… adiós—.
Me despedí del hombre y de mi padre y me fui lo más rápido que pude.
El golpe a mi puerta diez minutos después era lo esperado.
—¡Entren!— grité.
La cara roja de mi padre y el portazo de mi puerta no presagiaban nada bueno.
—¿Por qué le dijiste que eras mi novia?— gritó enojado.
—No tienes que enojarte tanto por eso—, traté de calmarlo.
—¡Él sabe que estoy casado, Amelia!—
—Le explicaré a mamá cuando regrese del trabajo, ¿cuál es el problema?—
—¿Cuál es el problema, cuál es el problema?— resopló como un loco. —Me está preguntando cosas sobre ti. Sobre tu edad y dónde nos conocimos—.
—Si eso es todo—, me encogí de hombros con indiferencia.
—Cómo son tus habilidades orales—.
—Oh —tragué saliva, sorprendido por esta confesión.
—Sí—, exclamó furioso.
—Bueno, entonces… eh, si la próxima vez te pregunta de nuevo puedes decirle que rompiste conmigo—.
—Esto no funciona, Amelia —murmuró, suspirando profundamente y agitando el dedo—. No puedo. Lo intenté, pero no puedo.
—Me voy el próximo año escolar—, espeté.
Él miró hacia adelante en silencio al escuchar esta revelación.
—¿Por qué?— preguntó.
—¡Porque este lugar me asfixia! Y así por fin podrás follar con mamá también durante el día—.
—¿Qué falta en tu vida?— preguntó con los ojos muy abiertos, encogiéndose de hombros con ignorancia, ignorando el resto de lo que había dicho.
Extraño el amor. El amor es un sentimiento. Hay que expresarlo de ciertas maneras que no creo que puedas. Besar a mamá, ¿eso me convierte en lesbiana?
—Es diferente entre mujeres—, replicó.
—La única diferencia es tu polla, papi, y en lo que a mí respecta, se quedará guardada de forma segura en tus pantalones—.
—No hables así, es inapropiado—.
Mi papá no me entendía. Simplemente no me entendía.
—Ya no quiero oír esa palabra. La odio. ¿Por qué no vuelves al trabajo y me dejas en paz? Estoy harta de ti. Ya no tendrás que avergonzarte de mi escote ni de mis bragas, papi. Y cuando quiera ver a mamá, le pediré que venga a visitarme. Y le contaré todo sobre ti. Cómo me dejaste. ¡Deja de ser tan aburrida todo el tiempo! Pero da igual, ya no soy una niña, ¡puedo con ello!
—¡Eres mi hija!— gritó, mientras sus labios temblaban de ira.
Esto se estaba saliendo de control. Agarré mis llaves, suspirando, sintiendo el comienzo de un dolor de cabeza. Iba muy bien, pero luego no…
—¿Por qué no me dijiste que estabas en una reunión?—
—No lo sabía. Me despedí y todos cerraron sesión menos él. Supongo que te oyó entrar y se quedó conectado por curiosidad. Me distrajiste y olvidé cerrar sesión.—
—De acuerdo —asentí—. Voy a dar un largo paseo y cuando llegue a casa no quiero encontrarte todavía en mi habitación—.
La caminata de una hora bajo la fría brisa invernal me hizo mucho bien. Mi ira había dado paso a la compasión. Quizás había sido demasiado dura con mi padre. Siempre hacía lo que creía correcto. Pero no lo había amenazado en vano. De verdad planeaba irme el año que viene. Quería alquilar una habitación en algún sitio con Melissa. Nos lo pasaríamos bien.
Cuando llegué a casa, papá se sentó en el sofá, esperándome mientras miraba al suelo, un poco avergonzado.
—Hola—, me saludó cuando me vio.
—Ey—.
Me senté en el sofá junto a él. Inmediatamente me rodeó con el brazo y me acercó a él.
—Lo siento por todo. Te lo compensaré, te lo prometo—, susurró.
Entonces me sentí triste por él.
—Está bien, papá. Aún tenemos tiempo —sonreí para consolarlo y le puse la mano en la parte superior de la pierna.
—¿Aún estás interesada en mudarte y vivir una vida de estudiante mediocre alquilando una habitación estrecha y cara?—
—Sí—.
—Imagina que yo sería ese papá tonto y divertido con el que te gustaría pasar el rato…—
—Imagínate que…—
—Sí. ¿Aún así querrías mudarte? —preguntó con una leve sonrisa.
Con las cejas fruncidas y un pequeño ceño en su rostro, sus grandes ojos azules me miraron, tan increíblemente tristes, como si me suplicaran, el dolor claramente grabado en su rostro.
—Estoy bastante segura de que no lo haría—, confesé.
Su sonrisa lo decía todo al oír esto. Probablemente había pensado en una solución cuando yo no estaba, y tal vez era esta.
—¿Quieres algo de beber?— preguntó.
—Nhmmm—–