Despierto despacio, con esa claridad rara que a veces llega después de una noche que ha sido demasiado larga y demasiado intensa. El sirimiri golpea suave contra las tejas del tejado inclinado, un sonido constante, casi hipnótico, que ya empieza a sentirse como parte del ático. No hay goteras hoy; la impermeabilización improvisada del jueves y viernes parece haber aguantado la noche. Por primera vez en semanas el colchón no huele a humedad. Estoy en el centro de la cama, como siempre. A mi derecha, Marta respira profunda y tranquila, de lado, con la sábana enredada solo en la cintura y dejando al descubierto la curva de su espalda tatuada: el sol con ojo en el ombligo que tanto me obsesiona desde que lo estrenó, los geométricos que suben por las costillas como raíces negras. Su piel está

