Poco a poco, la intensidad creció. El ritmo se hizo más firme, más decidido. Sus caderas comenzaron a moverse con mayor rapidez, buscando sincronizarse en un baile de placer y dominio. La penetración se volvió más profunda, más segura, hasta que finalmente Jorge logró expandir lo suficiente ese lugar íntimo para poder ejecutar embestidas más duras y pausadas. Cada golpe resonaba con fuerza en el baño, un sonido sordo y contundente que se mezclaba con los gemidos y suspiros entrecortados que escapaban de sus labios húmedos. Era un ritmo frenético y primal, un latido anal compartido que atravesaba la piel y llegaba hasta lo más profundo de sus huesos. En ese pequeño espacio, reducido a la esencia de su encuentro, se libraba una batalla silenciosa pero intensa: un intercambio de poder y entr

