Jorge estaba de pie frente a ella, completamente desnudo bajo la luz cruda del baño que proyectaba sombras alargadas sobre su silueta imponente, su torso amplio y moreno cubierto de un velo espeso de sudor que delineaba cada músculo tenso y trabajado por años de frustración contenida: los pectorales duros como rocas esculpidas, salpicados de vello oscuro y rizado que bajaba en una línea irregular hasta el ombligo hundido; los abdominales marcados y contraídos en réplicas de placer, brillando con gotas que resbalaban como perlas de esfuerzo; los brazos venosos y gruesos, con transpiración acumulándose en los pliegues de los codos y goteando hasta los antebrazos donde las venas azules latían como cables vivos bajo la piel oscura. Su piel morena contrastaba brutalmente con la blancura lechosa

