Daniela propuso la solución con un brillo depredador en los ojos oscuros, el cuerpo curvilíneo inclinándose hacia adelante en el círculo improvisado, haciendo que sus tetas rebotaran ligeramente y que el sudor residual en su piel lechosa captara la luz menguante del baño en destellos aceitosos, la voz ronca y confiada saliendo como un ronroneo conspirador que cortaba el aire fresco como un cuchillo caliente: —¿Y si… compartimos? Los tres. Papá nos folla a las dos. Nadie sale lastimado. Tú aprendes a tomarlo poco a poco, mamá. Yo te ayudo. Y así… todos contentos. —Las palabras colgaban en el vapor disipado como una promesa pecaminosa, cada sílaba cargada de imágenes explícitas que hacía que el pene de Jorge se contrajera involuntariamente, un pulso visible en las venas hinchadas, mientras

