Los días siguientes fueron una adicción prohibida, un torbellino de deseo tabú que se enredaba en cada rincón de la casa familiar como hiedra venenosa, creciendo salvaje e incontrolable, impregnando el aire con el hedor persistente de sudor salado, semen espeso y jugos vaginales pegajosos que se adherían a las sábanas, los muebles y la piel de los tres como un secreto viscoso y adictivo. Cada amanecer traía una urgencia renovada, un pulso febril en los genitales que los hacía temblar en la cama compartida —esa cama matrimonial que antes era un desierto frío de rechazos y ronquidos solitarios, ahora un nido revuelto de fluidos secos y crujientes, con manchas blancas y amarillentas marcando el territorio de sus entregas nocturnas—, donde los cuerpos se enredaban en un caos de extremidades su

