Mientras la fiesta de inauguración de Tri-Heart Empire continuaba abajo como un mar de luces y risas hipócritas, Alaric Vontobel se encontraba en la suite presidencial del hotel adyacente, la cual había convertido en su centro de operaciones temporal. El lujo del lugar, con sus muebles de ébano y vistas al Empire State, palidecía ante la intensidad que emanaba de él.
Alaric estaba de pie frente al ventanal, con una mano en el bolsillo de su pantalón de sastre y la otra sosteniendo un vaso de cristal con tres dedos de whisky puro. Detrás de él, Demián, su mano derecha y el único hombre que se atrevía a hablarle sin bajar la cabeza, revisaba unos informes en una tablet.
—La seguridad de la empresa de Angelina es de primer nivel, Alaric —dijo Demián, rompiendo el silencio—. Thiago Black no ha escatimado en gastos. Si queremos entrar sin usar la fuerza o el chantaje, tendremos que ser... creativos.
Alaric no se movió. Su reflejo en el cristal devolvía la imagen de un hombre que obtenía todo lo que quería, pero sus ojos de tigre estaban nublados por un recuerdo rubio.
—No habrá chantajes, Demián. Angelina ya ha sufrido suficiente por las manos de hombres que solo querían usarla. No seré uno más en esa lista. Quiero entrar a esa empresa por la puerta grande, como un aliado que ella no pueda permitirse rechazar.
Demián dejó la tablet sobre la mesa y se cruzó de brazos, observando la espalda de su jefe.
—Está bien. Buscaremos una alianza estratégica que sea demasiado lucrativa para que sus hermanos la ignoren. Pero... hay algo más. Algo que no está en los informes. ¿Qué vas a hacer con los niños?
Alaric tensó los hombros. La mención de los trillizos hizo que su mandíbula se apretara. El momento en que sus ojos se cruzaron con los de esos tres pequeños en la alfombra roja había sido como un disparo directo al pecho.
—Sé que son míos, Demián —respondió Alaric, su voz era un susurro cargado de una emoción contenida—. De eso no tengo la menor duda. Ese color de ojos... ese verde esmeralda con motas de oro líquido es el sello genético de la familia Vontobel. No existe en nadie más. No necesito una prueba de ADN para reconocer mi propia sangre.
—¿Y entonces? —preguntó Demián con cautela—. ¿Piensas quitárselos? Sabes que bajo las leyes de la Familia, esos niños son los herederos directos de tu imperio.
Alaric se giró bruscamente, sus ojos brillando con una ferocidad salvaje.
—¡Jamás! Jamás le arrebataría sus hijos a una mujer como ella. He visto cómo los mira, cómo se convirtió en una leona para protegerlos del mundo y de sus propios padres. No soy un monstruo, Demián. No voy a romper lo que ella construyó con tanto sacrificio.
Se dejó caer en el sillón de cuero, dejando el vaso sobre la mesa.
—Primero tengo que llegar a ella. Tengo que derribar esos muros de hielo que construyó para mantener al mundo fuera. Angelina se ha vuelto una guerrera, una leona feroz, y me encanta... pero eso hace que conquistarla sea la misión más difícil de mi vida. Tengo que volver a enamorarla, aunque esta vez no será con nombres falsos en un barco.
Demián soltó una carcajada corta, tratando de aligerar la tensión.
—Bueno, prepárate, porque tus padres van a dar un grito que se escuchará hasta en Sicilia cuando se enteren. Y ni hablar de tu abuelo, el viejo Lorenzo. Estará más que feliz. El pobre hombre ya estaba convencido de que su nieto era gay... ¡tienes 40 años y nunca te vio con una mujer de forma seria! Pensaba que la dinastía Vontobel terminaba contigo.
Alaric esbozó una sonrisa de lado, una expresión rara en él que lo hacía ver peligrosamente atractivo.
—Me imagino la cara del abuelo cuando vea a tres copias mías corriendo por la mansión. Se le caerá el puro de la boca. Pero antes de que eso suceda, tengo que conquistar a mi ángel. Ella es el centro de todo. Si no tengo a Angelina a mi lado, los niños solo serán un recordatorio constante de lo que perdí por no buscarla antes.
(HACE 8 AÑOS)
En el crucero Aura de los Mares, la música había cambiado a un ritmo más lento, más íntimo. Las luces de la cubierta se habían atenuado, dejando que la luna y el reflejo del mar fueran los protagonistas.
Angelina, bajo su alias de Elena, intentaba concentrarse en la risa de sus amigas, pero la tarjeta negra que guardaba en su mano quemaba contra su piel. "Te estaré vigilando".
—Chicas, voy a tomar un poco de aire fresco cerca de la popa —mintió Angelina, necesitando alejarse de la multitud que empezaba a marearla.
Caminó hacia la parte trasera del barco, donde el sonido de la orquesta llegaba como un eco lejano. Se apoyó en la barandilla de madera, dejando que la brisa marina agitara su cabello rubio. El vestido blanco se ceñía a su figura, haciéndola parecer una ninfa salida del océano.
—El blanco te queda bien, pero el rojo te haría justicia —dijo esa voz. Esa voz que ya se había instalado en sus sueños.
Angelina se giró con un respingo. Alaric estaba allí, a menos de dos metros. Sin sus guardaespaldas, sin el séquito. Solo él, con su camisa negra desabotonada y esa mirada de tigre que parecía devorarla.
—Señor... —empezó ella, pero él la interrumpió.
—En este barco no hay señores. Solo hombres y mujeres huyendo de algo. Yo me llamo Leo. ¿Y tú, Elena? ¿De qué huyes con tanto empeño?
—No huyo de nada —mintió ella, aunque su corazón gritaba lo contrario.
Alaric se acercó, invadiendo su espacio personal con una confianza absoluta. Extendió una mano hacia ella, con la palma hacia arriba.
—Baila conmigo. Solo una pieza. Sin preguntas, sin apellidos. Solo el mar y nosotros.
Angelina sabía que debía decir que no. Sabía que sus amigas la esperaban y que su padre la había enviado allí para conocer a Víctor. Pero cuando la mano de Alaric rozó la suya, una descarga eléctrica le recorrió la columna vertebral. Era una atracción magnética, algo primitivo que no podía ignorar.
Puso su mano sobre la de él. Alaric la atrajo hacia su cuerpo con una firmeza que la dejó sin aliento. Una de sus manos se posó en la pequeña de su espalda, mientras la otra entrelazaba sus dedos. Eran tan diferentes: ella, una visión de pureza blanca; él, una sombra de oscuridad elegante.
Empezaron a moverse al ritmo de un blues lento que flotaba en el aire. Angelina apoyó la cabeza en su hombro, cerrando los ojos. Podía olerlo: sándalo y un toque de tabaco caro. Era el aroma de la seguridad y el peligro al mismo tiempo.
—Bailas como si tuvieras miedo de romperte —susurró Alaric al oído de ella, su aliento cálido enviando escalofríos por su cuello—. Relájate, Elena. En mis brazos, nadie puede tocarte.
Angelina se dejó llevar. Por primera vez en veintisiete años, no sentía el peso de ser una Black. No sentía la presión de los contratos o las órdenes de su padre. En los brazos de este extraño de ojos felinos, se sentía... libre.
Lo que ella no sabía era que, mientras bailaban bajo la luna, Alaric ya estaba dando órdenes mentales para investigar cada detalle de la mujer que tenía entre sus brazos. Él no creía en las coincidencias. Y no planeaba dejar que esa "Elena" fuera solo un recuerdo de vacaciones.
PRESENTE: Manhattan
Angelina bajó las escaleras de la inauguración, despidiendo a los últimos invitados con una sonrisa profesional que no llegaba a sus ojos. Thiago se acercó a ella y le entregó su abrigo.
—Ese Vontobel se ha ido, pero ha dejado a dos de sus hombres en la puerta principal "por nuestra seguridad" —gruñó Thiago—. Ese tipo es un problema, Angi. Un problema muy grande.
Angelina miró hacia las puertas de cristal. Sabía que Alaric no se rendiría. Y mientras tocaba el collar que llevaba puesto, recordó el calor de sus manos en el barco. El depredador estaba en su ciudad, y ella, la leona, tenía que decidir si iba a luchar... o si iba a permitir que él volviera a entrar en su mundo.