La frialdad del mármol en el baño de la suite le sirvió para anclarse a la realidad. Angelina se miró al espejo, retocándose el labial rojo sangre con una precisión que ocultaba el hecho de que sus rodillas aún temblaban. Fuera, en el salón, la música de la inauguración de Tri-Heart Empire continuaba, pero para ella, el mundo se había reducido a ese aroma a sándalo y tabaco que Alaric había dejado impregnado en el aire.
—No soy esa niña —se dijo a sí misma, enderezando la espalda—. Ya no soy Elena. Soy Angelina Black.
Salió del baño con la cabeza en alto, lista para enfrentar a la multitud, pero se detuvo en seco. Alaric Vontobel no se había ido. Estaba allí, apoyado contra el marco de la puerta del despacho privado, bloqueándole el paso. Su figura de más de 1.90 metros parecía absorber toda la luz del pasillo. Tenía una copa de cristal en la mano, pero no bebía; simplemente la observaba con esa mirada de tigre que parecía ver a través de su vestido de seda y de sus mentiras.
—¿Buscando una salida de emergencia, Angelina? —Su voz era un barítono profundo que hizo vibrar el pecho de ella.
—Buscaba un momento de paz, señor Vontobel. Algo difícil de encontrar cuando se tiene a un extraño invadiendo la propiedad privada —respondió ella, tratando de mantener la voz firme.
Alaric dio un paso hacia ella, reduciendo la distancia hasta que Angelina pudo sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Era una presencia física abrumadora.
—No somos extraños —murmuró él, inclinándose apenas—. Ambos sabemos que lo que pasó en ese barco no fue un sueño. ¿y los niños ? No creas que no los ví mí Angel ¿donde están? ¿por qué se fueron casi corriendo?
El corazón de Angelina se detuvo. El pánico la golpeó con la fuerza de un rayo, pero antes de que pudiera responder, una figura se interpuso entre ellos.
—Creo que mi hermana fue bastante clara, Vontobel —dijo Thiago, apareciendo como una sombra protectora. Sus hombros anchos y su mirada desafiante marcaron el límite—. La fiesta está abajo. Aquí arriba solo hay asuntos de familia. Y tú no eres familia.
Alaric miró a Thiago con una indiferencia gélida, como un león mirando a un perro que ladra, pero luego volvió su atención a Angelina. Una sonrisa lenta y peligrosa curvó sus labios.
—Por ahora —dijo Alaric—. Disfruta tu noche, Angelina. Volveremos a vernos pronto. Muy pronto.
Se dio la vuelta y se alejó con una elegancia depredadora. Angelina cerró los ojos, sintiendo que el aroma de Alaric la arrastraba de nuevo hacia abajo, hacia el abismo de sus recuerdos...
(HACE 8 AÑOS)
El Aura de los Mares era una ciudad flotante de pecado y cristal. La primera noche del crucero, la cubierta principal se había transformado en un escenario sacado de un sueño. Era la "Fiesta Blanca". Todo, desde las inmensas cortinas que ondeaban con la brisa marina hasta los sofás de cuero y las flores, era de un blanco impoluto.
Angelina, bajo su nueva identidad de Elena, caminaba junto a sus cuatro amigas y su hermana Sienna. Lucía un vestido de encaje blanco, corto y vaporoso, que dejaba sus hombros al descubierto y hacía que su cabello rubio pareciera brillar bajo las luces de neón azul de la piscina.
—¡Miren este lugar! —gritó Carla, alzando una copa de champán—. ¡Adiós contratos, hola hombres guapos!
—Hablando de hombres guapos... ¿dónde estará el famoso Víctor? —bromeó Sofía, escaneando la multitud con unos binoculares de teatro—. Papá Black dijo que era un 'buen partido'. Apuesto a que tiene cara de aburrido y usa calcetines con sandalias.
Angelina rió, sintiéndose más ligera que nunca.
—No me importa dónde esté. Mientras no sepa que yo soy Angelina Black, puede ser el rey del mundo. Esta noche, solo quiero bailar.
Las seis mujeres se movieron hacia la barra circular de mármol que rodeaba la piscina infinita. El ambiente era eléctrico: música electrónica suave, el sonido de las risas mezclándose con el romper de las olas y el olor a salitre mezclado con perfumes caros.
—Voy por algo de beber, chicas —dijo Angelina, separándose un poco del grupo.
Se acercó a la barra y pidió un cóctel de frutas. Mientras esperaba, sintió un hormigueo en la nuca. Era esa sensación de ser observada, la misma que había sentido al subir al barco. Se giró lentamente, recorriendo con la vista la zona VIP, un balcón elevado decorado con cristales ahumados y custodiado por hombres que no parecían estar allí para divertirse.
Y entonces lo vio.
Él estaba sentado en un sillón de cuero oscuro, ligeramente apartado de la luz. No vestía de blanco como los demás; llevaba una camisa de lino negra, desabotonada en el cuello, revelando una piel bronceada y el inicio de un pecho sólido. Estaba rodeado de tres hombres que le hablaban al oído con urgencia, pero él no les prestaba atención.
Sus ojos. Esos ojos de tigre estaban fijos directamente en ella.
Angelina sintió que el mundo se desvanecía a su alrededor. No era una mirada normal; era una reclamación. El hombre alzó levemente su vaso de cristal hacia ella, en un brindis silencioso. No sonrió con la boca, pero sus ojos brillaron con una intensidad que hizo que Angelina olvidara cómo respirar.
—Aquí tiene su trago, señorita —dijo el barman, rompiendo el hechizo.
Angelina tomó la copa con manos temblorosas y regresó con sus amigas, tratando de ignorar el calor que le subía por el cuello.
—¡Elena! Un tipo allá atrás no deja de mirarte —susurró Valeria, dándole un codazo—. Y no es Víctor. Es... bueno, es el hombre más peligroso que he visto en mi vida. Parece que va a devorarte aquí mismo.
—No digas tonterías —mintió Angelina, aunque su corazón latía con una fuerza violenta.
De repente, un hombre joven y de aspecto arrogante se interpuso en su camino. Era el tipo de hombre que Angelina siempre había detestado: rico, prepotente y acostumbrado a no recibir un "no".
—Hola, belleza. Te he estado viendo desde que llegaste —dijo el tipo, rodeando la cintura de Angelina con un brazo sin permiso—. ¿Por qué no dejamos a tus amigas y vamos a mi suite? Tengo un champán mucho mejor que este.
—Suéltame —dijo Angelina, tratando de zafarse—. No me interesa.
—Vamos, no seas difícil. Sé quiénes son tus amigas, seguro que tú también quieres divertirte —insistió el hombre, apretando el agarre y acercando su aliento con olor a alcohol a la cara de ella.
Sienna dio un paso adelante, lista para intervenir, pero antes de que pudiera decir una palabra, la atmósfera cambió. Dos hombres inmensos, vestidos con trajes oscuros que ocultaban armas bajo las chaquetas, aparecieron de la nada. Uno de ellos tomó la muñeca del tipo borracho y la apretó hasta que el hombre soltó un grito de dolor.
—El señor pide que dejes de molestar a la dama —dijo el guardaespaldas con una voz de piedra—. Ahora.
El tipo, pálido como el papel, tartamudeó una disculpa y desapareció entre la multitud. Angelina se quedó helada, mirando a los dos hombres.
—¿El señor? —preguntó Sienna, confundida.
Uno de los guardaespaldas hizo una breve inclinación de cabeza hacia Angelina y le entregó una pequeña tarjeta de cartulina negra con letras grabadas en oro.
—Un regalo del caballero de la zona VIP —dijo el hombre antes de retirarse.
Angelina abrió la tarjeta con dedos torpes. Solo había una frase escrita con una caligrafía elegante y firme:
"Las flores silvestres no deberían ser tocadas por manos sucias. Disfruta la noche, Elena. Te estaré vigilando."
Angelina sintió un escalofrío que no era de miedo, sino de una anticipación eléctrica. Miró hacia arriba, hacia el balcón VIP. El hombre de los ojos de tigre seguía allí, observándola. Esta vez, sí sonrió. Una sonrisa lenta, de depredador, que le prometía que el resto de su viaje... y de su vida... ya no le pertenecían.
Él sabía su nombre falso. Él la había reclamado frente a todos. Y ella, por primera vez en su vida, no quería huir.