El aire acondicionado del Grand Majestic Hall no era suficiente para enfriar la piel de Angelina. Sentía que el vestido esmeralda, antes una armadura de triunfo, se convertía en una trampa de seda. La mirada de Alaric Vontobel seguía fija en ella, una caricia invisible pero abrasadora que le recorría la columna.
—Con permiso —susurró ella, con una voz que apenas reconoció como propia.
Sin esperar respuesta, se dio la vuelta. Sus tacones de aguja repicaron contra el mármol en una marcha fúnebre hacia la suite privada de la segunda planta. Al entrar, cerró la puerta doble de roble y se apoyó contra ella, jadeando. El silencio de la habitación, decorada con molduras de oro y muebles de terciopelo, era un bálsamo.
Se llevó las manos a la cara, tratando de calmar el temblor de sus dedos. En la soledad de aquel despacho, el contraste era desgarrador: por fuera, era la CEO de Tri-Heart Empire, la mujer que había doblegado mercados; por dentro, volvía a ser la niña que corría por los pasillos de la mansión Black, buscando un rincón donde esconderse de las exigencias de su padre.
Se acercó al tocador de mármol y abrió su bolso. Al mover unos papeles, un aroma la golpeó con la fuerza de un huracán. No era su perfume. Era el rastro que Alaric había dejado en su piel al inclinarse sobre ella. Sándalo, tabaco caro y una nota de cuero almizclado.
Ese olor. Ese maldito olor fue el detonante.
Angelina cerró los ojos y el lujoso despacho de Manhattan se desvaneció. El suelo dejó de ser firme y empezó a mecerse...
OCHO AÑOS ATRÁS
La sede de la corporación Black era un laberinto de cristal y acero frío. Angelina, de veintisiete años, estaba sentada tras un escritorio de caoba que le quedaba grande. Su cabello rubio estaba recogido en una coleta perfecta, y sus ojos verdes, aún llenos de una dulzura que el mundo no había logrado apagar, recorrían una montaña de contratos.
Angelina era la hija perfecta. Inteligente, gentil y siempre dispuesta a complacer. Leía cada cláusula, buscaba cada beneficio para su padre, creyendo ingenuamente que su esfuerzo le compraría un poco de amor genuino.
De pronto, la puerta de su oficina se abrió de golpe. El estruendo de risas y tacones rápidos rompió la monotonía del ambiente laboral.
—¡Basta de papeles! ¡El mundo se está acabando y tú sigues contando centavos para tu padre! —gritó Carla, su amiga más impulsiva, lanzando un folleto brillante sobre el contrato que Angelina estaba leyendo.
Detrás de ella entraron Sofía, Elena y Valeria. Sus cuatro amigas de toda la vida, herederas de otras fortunas, pero con un espíritu mucho más libre que el de Angelina. Entraron como una ráfaga de color y alegría, vestidas con las últimas tendencias de la temporada.
—¡Chicas, estoy trabajando! —rio Angelina, ajustándose las gafas—. Se viene el contrato con la naviera y papá me pidió que...
—Papá esto, papá lo otro —la interrumpió Valeria, sentándose en el borde del escritorio—. Angi, mira esto. Es el Aura de los Mares. El crucero más exclusivo que ha zarpado en la última década. Sol, cócteles, y ni un solo contrato a la vista por quince días.
—No puedo —suspiró Angelina, aunque sus ojos brillaron al ver las fotos de las cubiertas de madera y las piscinas infinitas—. Tengo reuniones pactadas. Es imposible.
—Nada es imposible —una voz firme sonó desde la puerta.
Era Sienna, su hermana mayor. Sienna entró con la elegancia de una pantera, cruzándose de brazos mientras miraba a Angelina con una mezcla de lástima y determinación. Como melliza de Thiago, Sienna siempre había tenido un carácter más fuerte para enfrentarse a la tiranía de su padre.
—Te vas, Angelina —sentenció Sienna—. Ya hablé con Thiago. Él se encargará de cubrirte en las reuniones menores. Necesitas sol, necesitas dejar de ser la secretaria de lujo de papá y empezar a vivir.
—¡Sí! —gritaron las amigas al unísono, saltando de alegría. Sabían que cuando Sienna Black tomaba una decisión, ni siquiera el patriarca de la familia podía cambiarla fácilmente.
Los días siguientes fueron un torbellino de risas y excesos. Las cinco amigas y Sienna se lanzaron a las avenidas más exclusivas para las compras. Entraban en las boutiques de diseñador, probándose bikinis diminutos que hacían que Angelina se sonrojara, y vestidos de noche que costaban lo que un coche de gama media.
—¡Este! —decía Carla, lanzándole un bikini rojo fuego—. Angelina, con esto vas a causar un naufragio.
—Es demasiado... —decía ella, pero terminaba riendo mientras se probaba sombreros de ala ancha y gafas de sol de montura dorada. Se divirtieron como nunca, bebiendo champán entre probadores, olvidando por unas horas las sombras que acechaban en su casa.
Sin embargo, la realidad volvió a golpearla el día antes de la partida. Su padre, Robert Black, la llamó a su despacho. El lugar olía a whisky y a decisiones unilaterales.
—He oído que te vas de viaje —dijo Robert, sin levantar la vista de sus papeles—. No estoy muy contento con que dejes el trabajo, pero me han informado que el hijo de mi socio más importante, Víctor, también estará en ese crucero.
Angelina sintió un nudo en el estómago.
—¿Y qué tiene que ver eso conmigo, padre?
—Mucho. Aprovecharás este viaje para conocerlo. He hablado con su padre y hemos decidido que un compromiso entre ustedes sería el sello perfecto para nuestra alianza empresarial.
Angelina sintió que el mundo se detenía.
—¿Un compromiso? ¡Ni loca! Ni siquiera lo conozco, papá. No puedes obligarme a casarme con un hombre por un contrato.
Robert Black se levantó lentamente, apoyando las manos sobre el escritorio. Su mirada era de acero.
—No te estoy preguntando, Angelina. Te estoy ordenando. Para esto te preparé. Para esto te di la mejor educación y los mejores lujos. Eres una Black, y tu deber es asegurar el futuro de este apellido. Víctor es el candidato perfecto. Conócelo, sedúcelo y vuelve con un anillo en el dedo.
Angelina salió del despacho con el corazón roto. Se sentía como una mercancía, un activo más en el balance de su padre. Buscó a sus hermanos, pero Thiago estaba fuera de la ciudad por negocios y su abuelo Silas, el único que siempre la defendía, estaba en uno de sus largos viajes por Europa. Su madre, Margaret, solo se limitó a decirle: "Es lo mejor, hija. Víctor es un buen partido y harás feliz a tu padre".
El día de la partida, Angelina no lucía como la heredera sumisa. Llevaba un vestido blanco de lino, vaporoso y elegante, que resaltaba su piel bronceada. Su maquillaje era suave, casi natural, y su cabello rubio ondeaba libre al viento.
Mientras se acercaban al puerto de Miami, donde el majestuoso crucero esperaba como un gigante de metal blanco, una chispa de rebeldía se encendió en su interior.
—No voy a hacerlo —dijo de pronto, mirando a sus amigas y a Sienna en la lujosa camioneta.
—¿Qué no vas a hacer? —preguntó Sienna, apretándole la mano.
—No voy a ser la prometida de Víctor. No voy a ser la pieza de ajedrez de mi padre. Durante este viaje, Angelina Black no existe.
—¿Ah, sí? —rio Carla—. ¿Y quién eres entonces?
Angelina miró hacia el mar, donde el sol brillaba sobre las olas.
—Soy Elena. Solo Elena. Una mujer que ha venido a divertirse, a bailar y a besar a quien quiera. No pienso cruzarme con ese tal Víctor, y si lo veo, no sabrá quién soy. Prométanmelo. Nadie dirá mi apellido.
Sienna sonrió con orgullo y la abrazó con fuerza.
—Es hora de la diversión, Elena. Bienvenida a tu libertad.
Las seis mujeres bajaron del vehículo y caminaron hacia la pasarela del crucero. Los fotógrafos y el personal de servicio las miraban pasar con admiración. Angelina, ahora Elena, sentía que se quitaba un peso de encima con cada paso.
Pero, mientras subía la rampa, un escalofrío le recorrió la nuca. Se detuvo un segundo y miró hacia una de las cubiertas superiores, donde las áreas VIP estaban resguardadas por cristales ahumados.
No pudo verlo claramente, pero sintió una mirada. Una mirada pesada, depredadora, que la recorría de pies a cabeza. Era como si un tigre estuviera acechando a su presa desde la maleza, evaluando cada uno de sus movimientos, saboreando el momento del ataque.
Angelina se estremeció y apretó el paso, siguiendo a sus amigas hacia el interior del barco, sin saber que en ese mismo instante, su destino acababa de ser sellado por un hombre que no conocía reglas, ni límites, ni piedad.
PRESENTE
Angelina abrió los ojos de golpe en su despacho de Manhattan. El aroma del perfume de Alaric seguía allí, recordándole que el pasado nunca se queda donde lo dejamos.
Se miró al espejo, se retocó el labial rojo y enderezó la espalda. La niña asustada de hace ocho años había muerto en ese crucero, pero la mujer poderosa de hoy sabía que la verdadera batalla acababa de comenzar.