CAPÍTULO 7: PROMESAS DE FUEGO Y SANGRE

1297 Words
El "clic" de la cerradura resonó en el despacho como un disparo. Angelina se quedó rígida tras su escritorio de cristal tallado y base de bronce, un mueble que gritaba autoridad, pero que en ese momento se sentía como una barricada de papel frente a un tanque. La oficina de Angelina era el epítome del lujo moderno: techos de seis metros con molduras artesanales, paredes revestidas de paneles de roble ahumado y una vista panorámica de Manhattan que hacía que cualquiera se sintiera dueño del mundo. Pero Alaric no miraba la vista. Solo tenía ojos para la mujer que respiraba agitadamente frente a él. Él se acercó con la lentitud de un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir. Sus zapatos italianos apenas hacían ruido sobre la alfombra de seda persa. —No te he dado permiso para cerrar mi puerta, Alaric —dijo ella, tratando de que su voz de CEO no temblara. —No necesito permiso en un lugar que ya he marcado como mío, Angelina —respondió él con esa voz ronca que le acariciaba la piel—. Escuché la pregunta de tu amiga. ¿Él es el padre? —Alaric se apoyó en el escritorio, invadiendo su espacio, obligándola a retroceder hasta que su espalda chocó con el ventanal—. Mírame a los ojos y atrévete a decirme que esos tres cachorros de tigre no llevan mi sangre. Angelina sintió que el calor subía por su cuello. Su mente gritaba "niégalo", pero su cuerpo... su maldito cuerpo estaba traicionándola. Sus pezones se endurecieron bajo la seda del vestido y un escalofrío líquido recorrió sus muslos al tenerlo tan cerca. El aroma de Alaric, ese sándalo mezclado con poder, disparó el recuerdo que ella había intentado enterrar bajo capas de contratos y balances. FLASHBACK: LA PROMESA DEL PECADO (HACE 8 AÑOS) La nota negra quemaba en su mano: "Te dejaré sin caminar". Angelina pensó que era una exageración, una fanfarronada de un hombre arrogante. Pero cuando la noche cayó sobre el Caribe y Alaric la llevó a su suite, descubrió que "Leo" no hacía promesas vacías. En cuanto la puerta se cerró, no hubo preámbulos. Alaric la tomó con un desespero salvaje, como si temiera que ella fuera a desvanecerse. La acorraló contra la pared, subiendo su falda con manos urgentes y calientes. —Dijiste que fue poco, ¿no, Elena? —gruñó él contra su oído, mordiendo el lóbulo con una fuerza que la hizo jadear—. Pues prepárate, porque esta noche voy a devorarte hasta que olvides cómo te llamas. Él no hacía el amor; él la estaba consumiendo. La lanzó sobre la cama y se deshizo de su ropa con una violencia contenida que hacía que Angelina vibrara de anticipación. Cuando quedó desnudo sobre ella, su cuerpo era un mapa de músculos tensos y cicatrices que ella recorrió con las uñas, enterrándolas en su espalda. Alaric bajó a sus pechos con un hambre insaciable. No eran besos dulces; eran succiones profundas y mordiscos que la hacían arquearse, suplicando por más. Angelina no se quedó atrás; envolvió sus piernas en la cintura de él, tirando de su cabello, reclamando su boca con la misma furia. —¡Más! —gimió ella cuando él bajó a su entrepierna. Él la tomó con la boca, su lengua trabajando con una maestría que la hizo ver estrellas. La saboreó con una devoción casi religiosa mientras ella gritaba su nombre, sus dedos aferrados a las sábanas negras. Cuando finalmente entró en ella, lo hizo con una estocada tan profunda que Angelina sintió que él estaba tocando su alma. Fue una maratón de piel, sudor y sonidos animales. La tomó de espaldas, de frente, contra los muebles de la suite. Alaric no se cansaba; la mordía, la chupaba, marcando su territorio en sus hombros y muslos como si quisiera tatuar su nombre en ella. El placer era tan intenso que rozaba el dolor, una agonía deliciosa que la dejó exhausta, temblando violentamente cada vez que él volvía a embestirla. EL DÍA DESPUÉS: LA SONRISA DE LA LUNA A la mañana siguiente, Angelina apareció en la mesa del desayuno con una sonrisa que no podía borrar, aunque sus piernas se sentían como gelatina. Caminaba con una lentitud evidente, cada paso un recordatorio de la noche anterior. —¡Ahora sí que te dieron para que tengas! —gritó Carla, soltando una carcajada que hizo que varios pasajeros se giraran. —Hasta las piernas te siguen temblando, mujer —añadió Sofía, señalando el ligero temblor en las rodillas de Angelina cuando intentó sentarse. Sienna, observando a su hermana con orgullo y diversión, intervino: —Chicas, dejen a mi hermana. Pero hermanita... esa sonrisa dice que te dieron hasta llegar a la luna y de regreso. Angelina se puso roja como la seda de un capote, pero sus ojos brillaban con una luz traviesa. —Basta... —susurró—. Necesito un buen baño y no levantarme más en todo el día. Estoy... acabada. En ese momento, el mismo mesero de la bandeja de plata apareció con un ramo de rosas rojas tan grandes que casi lo cubrían. En el centro, una nota en papel n***o: "Descansa, mi pequeño ángel, porque aún no tengo suficiente de ti. Guárdame la noche." Las amigas y Sienna leyeron la nota por encima del hombro de Angelina y se sonrojaron al unísono. —¡Demonios, Angi! ¿Quién es ese hombre? —preguntó Valeria, abanicándose con la mano. —Necesito uno así para mi cumpleaños —bromeó Elena (la amiga). Angelina abrazó las rosas, sintiendo el aroma del hombre que la había poseído. Una chispa de celos posesivos, la misma que heredaría Alaric años después, brilló en ella. —Pues este es mío, así que no pregunten —sentenció con un tono que no admitía bromas. Sienna se puso seria un momento. —¿Por lo menos te estás cuidando, Angi? —Sí, yo me cuido. Y él también... es muy cuidadoso con eso —respondió Angelina, recordando cómo él siempre se aseguraba de protegerla, sin saber que el destino ya tenía otros planes. Caminó feliz de regreso a su cabina, con el ramo en brazos, sintiéndose la mujer más deseada del océano. PRESENTE: MANHATTAN Alaric estaba tan cerca que su aliento acariciaba los labios de Angelina. Ella podía ver las vetas amarillas en sus ojos, el mismo fuego que vio en el crucero. —¿Vas a seguir mintiendo, Angelina? —Él bajó una mano y la apoyó en la curva de su cadera, apretando con esa misma fuerza que ella recordaba—. Sé que te estás cuidando... —dijo él, citando sus propios pensamientos del pasado con una ironía cruel—, pero parece que la última noche en ese barco, el destino fue más fuerte que nosotros. Él deslizó su otra mano por el cuello de ella, atrapando su pulso acelerado. —Tus amigas preguntaron quién era ese hombre. Es hora de que les des la respuesta. Y es hora de que me des a mis hijos. Angelina lo miró, el deseo luchando contra el miedo. Su cuerpo le gritaba que se entregara, que volviera a ser esa "Elena" que él devoraba, pero la CEO tenía que proteger su imperio. —Tus hijos están a salvo, Alaric —susurró ella, su voz apenas un aliento—. Pero si quieres entrar en sus vidas, tendrás que pasar por encima de la mujer que hiciste caminar como Bambi hace ocho años. Ya no soy esa niña. Alaric sonrió, una sonrisa de posesión absoluta. —No quiero pasar por encima de ti, Angelina. Quiero estar dentro de ti. Y esta vez, no habrá rosas para pedir perdón. Habrá un anillo y un trono.
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