CAPITULO 6: ANGELINA GOLOSA

2299 Words
El vestíbulo de la planta ejecutiva de Tri-Heart Empire quedó sumido en un silencio reverencial cuando Alaric Vontobel se detuvo frente a la imponente puerta de madera de nogal del despacho del patriarca. Silas Black no ocupaba la oficina de la CEO; él tenía su propio santuario, un lugar que olía a tabaco de pipa antiguo, cuero caro y secretos enterrados. Alaric entró con su habitual arrogancia, pero en cuanto cruzó el umbral, algo cambió. El despacho era una oda al poder clásico: estanterías que llegaban al techo llenas de libros de leyes y estrategia, y un escritorio de roble macizo que parecía un altar. Detrás de él, sentado en un sillón de ala alta que parecía un trono, estaba Silas Black. A sus ochenta años, Silas no parecía un anciano al borde del retiro. Sus ojos eran dos pozos de sabiduría glacial que no parpadeaban. Alaric, acostumbrado a que hombres poderosos temblaran ante su presencia, sintió por primera vez en décadas un ligero sudor frío en la nuca. —Siéntese, joven Vontobel —dijo Silas. No era una invitación; era un comando. Alaric se sentó, tratando de recuperar el mando de la situación. Comenzó a hablar, desplegando su carisma de depredador. Explicó su interés en la empresa, detalló su trayectoria en Europa, habló de sus inversiones legales y de cómo su capital podría elevar a Tri-Heart a niveles globales. Habló durante diez minutos, usando un tono calculado, pero mientras lo hacía, su seguridad empezó a resquebrajar. Silas no lo interrumpía. No tomaba notas. Solo asentía levemente, con una mirada que decía: "Te estoy estudiando como a un insecto". Por primera vez, Alaric no tenía el control. El silencio de aquel anciano era más aterrador que los gritos de sus enemigos. La frente de Alaric dudó, y su postura, siempre de rey, se volvió rígida. —Se lo que eres en realidad, Señor Vontobel —declaró Silas de golpe, cortando el aire como una guillotina. Alaric se quedó petrificado. Sus ojos de tigre chocaron con la mirada intensa de Silas. El Capo que todos temían, aquel que se creía el dueño del mundo, se sintió de repente al descubierto. —Los años te dan experiencia, Alaric —continuó Silas, apoyando sus manos nudosas sobre el escritorio—. Te enseñan a oler el peligro antes de que llegue, a reconocer la sangre en las manos de otro aunque use jabón caro. Tengo ochenta años... aunque sé que parezco de menos. Silas sonrió con orgullo ante la sorpresa en el rostro de Alaric. —Sé que tu familia es parte de la "Calavera" y que tú eres el jefe. Sé que transportas armas y que muchas van para el ejército. Sé que en aquel crucero hace ocho años estabas cerrando un trato importante. Sé que tus padres te aman, pero también sé que cuando se enteren de que tienen tres nietos, te matarán por no haberlo dicho antes, aunque tú mismo no lo supieras. Especialmente tu abuelo, Lorenzo. Alaric tragó saliva. ¿Cómo sabía todo eso? ¿Acaso Demián lo había traicionado? No, Demián moriría por él. Esto era algo más profundo. Silas se puso de pie con una agilidad sorprendente y caminó hacia el gran ventanal que mostraba el perfil de Manhattan. —Ahora, mi pregunta para ti es... ¿Qué harás si ella no te acepta? Alaric se quedó mudo. En su mente, la imagen de llevarse a Angelina a una isla privada, de encerrarla hasta que volviera a ser suya, cruzó como un relámpago. Ella era su ángel desde que se entregó a él en cuerpo y alma en aquel barco. —Conozco a tu abuelo, ese maldito viejo quería sacarme a mi mujer en los años sesenta —dijo Silas con una sonrisa nostálgica—. Mi empresa no fue levantada de forma limpia, Alaric. He hecho cosas de las que no me enorgullezco para proteger a los míos. Tu abuelo me ayudó en el pasado. Habíamos pactado que nuestros hijos estarían juntos, pero a mí me salió un hijo inútil —Silas señaló hacia afuera, donde se divisaba la antigua sede de los Black—, un hijo que terminó haciendo estupideces y cuya empresa está cayendo poco a poco. Silas se giró, encarando a Alaric. —Pensé en los nietos. Sabía que mi Sienna no era para ti, son tan parecidos que se matarían en una semana. Pero cuando nació mi pequeña Angi... ustedes desaparecieron del radar. Quién iba a pensar que hoy estarías hasta los calzones por ella. Sé que los Vontobel son obsesivos y manipuladores, pero sobre todo, que aman a una sola mujer para toda la vida. Lo vi con tu abuelo. Por eso te pregunto de nuevo: ¿Qué quieres? Alaric se puso de pie, su mirada ya no dudaba. Era la verdad cruda lo que salía de sus labios. —Quiero que me ame. La quiero solo para mí. Quiero despertar con esa sonrisa dulce todos los días y ser el hombre con el que se acueste y se levante. Sé que tengo enemigos, sé que mis manos están manchadas de sangre y que no soy un santo, pero por esa mujer iría al mismo infierno. Mataría a quien se le pusiera enfrente, destruiría ciudades enteras si ella me lo pidiera. Ella es mi centro, mi redención. Silas sonrió de una manera que helaba la sangre. —Eso es lo que quería escuchar. Puedes ser un mafioso con mil hombres a tu merced, pero escúchame bien —Silas se acercó a Alaric, quedando a centímetros de su rostro—. Si mis nietos o mi nieta derraman una sola lágrima por tu culpa... yo mismo te meto un tiro en la cabeza. Dejé que llorara una vez por lo que pasó conmigo, porque no estuve allí cuando llegó de ese crucero rota por el rechazo de su padre. Pero eso no volverá a pasar. Tienen un abuelo que mataría por ellos. ¿Entendido? —Entendido, señor —respondió Alaric, bajando la cabeza en un gesto de sumisión que no le daría ni al Papa. —Ahora ve con mi nieta —dijo Silas, palmeándole el hombro—. Y si te dice que no, no te preocupes, yo mismo te ayudaré a entrar aquí de nuevo. Alaric asintió, sintiendo el peso de la responsabilidad sobre sus hombros. Al cerrar la puerta tras de sí, el pasillo de la empresa se estiró ante él, pero sus pies no caminaban sobre mármol moderno, sino sobre la alfombra roja y espesa del Aura de los Mares. El perfume de Angelina, ese rastro de vainilla y rebelión, lo arrastró ocho años atrás, al momento exacto en que sus mundos colisionaron sin retorno. OCHO AÑOS ANTES Después de que Alaric le susurrara aquel "Mañana dejarás de jugar a la niña buena", el aire en el crucero se había vuelto irrespirable para Angelina. Pasó el día siguiente como en un trance, sintiendo la mirada de "Leo" en cada rincón, una presencia invisible que le erizaba el vello de la nuca. Cuando la luna alcanzó su punto más alto, Angelina no pudo más. Se escapó de sus amigas y fue a buscarlo. Lo encontró en la cubierta privada, observando el océano n***o. No hubo palabras. Alaric la tomó de la mano y la guió hacia su suite imperial. En cuanto la puerta se cerró, el hambre contenida estalló. Alaric la acorraló contra la madera, sus manos grandes y callosas enmarcando su rostro con una urgencia que la dejó sin aliento. —Te lo advertí, Elena —gruñó él, su voz vibrando contra sus labios—. Si cruzabas esta puerta, no habría vuelta atrás. —No quiero volver atrás —susurró ella, envalentonada por el deseo. Alaric no esperó más. La besó con una voracidad salvaje, reclamando su boca como si fuera su único sustento. Sus manos bajaron por la espalda de ella, deshaciendo el cierre de su vestido blanco con una destreza peligrosa. La seda cayó al suelo, dejando a Angelina en una lencería de encaje que apenas ocultaba su piel de porcelana. Él se deshizo de su propia ropa con movimientos rápidos, revelando un cuerpo de guerrero, cubierto de cicatrices y músculos tensos. La alzó en vilo, llevándola a la inmensa cama de sábanas negras. Alaric se posicionó sobre ella, atrapándola entre su cuerpo y el colchón, y la devoró con la mirada. No era una mirada de admiración, era una reclamación de propiedad. —Mírate... —susurró, su pulgar acariciando su labio inferior hinchado—. Eres perfecta. Y esta noche, vas a aprender lo que significa pertenecer a un hombre como yo. Empezó a recorrer su piel. Sus besos no eran suaves; eran marcas de posesión. Bajó por su cuello, mordiendo ligeramente la piel sensible, arrancándole un gemido ahogado a Angelina. Sus manos grandes y calientes bajaron por sus hombros, deslizando los tirantes de su sostén de encaje n***o. Cuando sus senos quedaron expuestos a la luz de la luna, Alaric soltó un gruñido de satisfacción pura. Se inclinó para tomar uno de sus pezones en su boca, succionando con una intensidad que hizo que Angelina arqueara la espalda, enterrando sus dedos en el cabello oscuro de él. Su otra mano bajó, recorriendo la curva de su cintura, bajando por su vientre plano hasta llegar al borde de su braga de encaje. —Leo... —gimió ella, su voz quebrada por el placer. —No —la cortó él, subiendo para besarla de nuevo, un beso profundo y posesivo—. Mírame a los ojos, Elena. Quiero que sepas exactamente quién te está haciendo esto. Alaric bajó de nuevo, besando su vientre, bajando por sus caderas, separando sus piernas con una firmeza que no admitía réplica. Se deshizo de la última prenda de ropa de ella y se posicionó entre sus muslos. Angelina tembló, abrumada por la intensidad de su presencia. Él la recorrió con la mirada una vez más, saboreando su vulnerabilidad. Se adentró en ella con una estocada lenta y profunda. Angelina soltó un grito que él ahogó con un beso salvaje. Alaric se detuvo, permitiéndole acostumbrarse a su tamaño, a su fuerza. —Eres mía... —susurró contra sus labios, su voz llena de una posesión ancestral—. Desde esta noche, eres mía. Empezó a moverse. Fue una danza de fuego y sudor, una coreografía de gemidos y promesas silenciosas. Alaric era insaciable; la quería de todas las formas posibles, marcando su piel con besos y mordiscos suaves, demostrándole que, a partir de esa noche, su cuerpo le pertenecía. La hizo suya una y otra vez, hasta que ambos quedaron exhaustos, envueltos en las sábanas negras, con el corazón latiendo al mismo ritmo. Al amanecer, cuando los primeros rayos de sol tiñeron el mar de púrpura, Angelina se despertó sola. Las sábanas aún conservaban el aroma de él, pero Alaric no estaba. Asustada por la intensidad de lo vivido, se vistió y huyó a su propio camarote. EL DESAYUNO DE LAS CONFESIONES Horas más tarde, el comedor principal del crucero era un hervidero de gente. Angelina caminaba hacia la mesa de sus amigas con pasos lentos, sintiendo una molestia deliciosa entre sus muslos. Cada movimiento era un recordatorio de la fuerza de "Leo". —¡Por fin apareces! —exclamó Carla, pero se detuvo al verla acercarse—. Espera... ¿por qué caminas como Bambi recién nacido? —preguntó mientras soltaba una carcajada que atrajo miradas. Angelina se sentó con cuidado, sintiendo sus mejillas arder. Solo pudo esbozar una sonrisa tímida mientras tomaba su jugo. Sienna, que la conocía mejor que nadie, se inclinó hacia ella con una mirada cómplice. —Tienes cara de que te dieron el revolcón de tu vida, hermanita. Estás radiante, pero parece que tus piernas olvidaron cómo funcionar. Angelina se puso roja como un tomate. Se inclinó hacia adelante y, en un susurro que creía inaudible, confesó: —Pero fue poco... Las cuatro amigas y Sienna se quedaron congeladas por un segundo antes de estallar. —¿Poco? —preguntó Sofía, casi atragantándose con su croissant. —Te dejaron sin poder caminar derecho y para ti, ¿es poco? —añadió Valeria, escandalizada y divertida. —¡Angelina golosa! —sentenció Carla, señalándola con el tenedor mientras todas reían. En ese momento, un mesero joven se acercó a la mesa de forma solemne. Llevaba una bandeja de plata con una pequeña nota de papel n***o doblada. —Para la señorita Elena —dijo, retirándose de inmediato. Con las manos temblorosas y bajo la mirada inquisitiva de su hermana y amigas, Angelina abrió la nota. La caligrafía era elegante, firme y cargada de una promesa oscura: "Así que fue poco para ti... Pues prepárate, mi pequeño ángel, porque esta noche te dejaré sin caminar de verdad, y veremos si después de eso te atreves a decir que es poco." Angelina cerró los ojos, sintiendo un calor abrasador recorrerle el vientre. Estaba perdida. Completamente perdida. PRESENTE: MANHATTAN Alaric salió del trance justo cuando sus dedos rozaban el pomo de la puerta del despacho de Angelina. El recuerdo de aquella primera noche y de la promesa cumplida (porque esa segunda noche la había dejado, efectivamente, incapaz de levantarse) le hizo apretar la mandíbula con un hambre renovada. Ocho años después, ya no quería solo una noche. Lo quería todo. Escuchó la voz de Carla a través de la madera: —¡Angie! ¡Responde! ¿Él es el padre? Alaric no esperó más. Empujó la puerta de golpe. Las amigas de Angelina se giraron, asustadas, pegándose a la pared ante la imponente figura que acababa de invadir el despacho. Alaric ignoró a todo el mundo. Sus ojos de tigre se clavaron en Angelina, quien estaba de pie tras su escritorio, pálida y hermosa.
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