CAPÍTULO 13: EL CÓDIGO DE LOS HEREDEROS Y LA SOMBRA DEL CAPO

1546 Words
El sol apenas empezaba a teñir de rosa el cielo sobre los rascacielos de Manhattan. Faltaba media hora para que la alarma de Angelina sonara, pero en la habitación de los trillizos, el silencio era solo una fachada. Bajo el edredón de una de las camas, tres cabezas rubias estaban juntas, formando un círculo de conspiración. —Tienen los mismos ojos —susurró Bea, rompiendo el hielo. Sus ojos brillaban en la penumbra—. El señor raro, el abuelo Giacomo y la abuela Isabella. Todos tienen las lucecitas amarillas. Igual que nosotros. —No son solo los ojos, Bea —dijo Evans, el estratega, con voz grave—. ¿Vieron cómo caminaban? Ese señor Giacomo se movía igual que el "señor raro". Como si fueran dueños del piso que pisan. Y mami... mami estaba muy nerviosa. —Yo creo que son de su equipo —añadió Edans, apretando los puños—. El "señor raro" dijo que venían de Italia. Y ellos también. ¿No es mucha coincidencia? En el colegio nos enseñaron que las coincidencias no existen en la probabilidad. —¿Creen que él sea nuestro padre? —preguntó Bea en un susurro tan bajo que casi se pierde. Hubo un silencio pesado. Evans suspiró. —Mami dijo que papá era un viajero. Alguien que estaba lejos. Pero ese hombre nos mira como si nos conociera de siempre. Y ayer... ayer cuando ese señor malo le gritó a mami, el "señor raro" se puso como un monstruo. Un monstruo que nos protegía. —A mí me dio miedo, pero después me sentí segura —confesó Bea—. Me dio un beso en la frente y sus manos eran muy grandes. —¡Pues a mí no me gusta! —sentenció Edans—. Si es nuestro padre, ¿por qué tardó tanto? ¿Por qué mami tiene que trabajar tanto si él tiene trajes tan caros? Estaba investigando su reloj ayer, cuesta más que nuestra casa. Es un mentiroso. —Seguiremos investigando —concluyó Evans—. No le diremos nada a mami. No queremos que llore. Si él es nuestro padre, tendrá que explicarnos por qué nos dejó solos. Y si no lo es... tendrá que explicar por qué tiene nuestros ojos. —¡Viene mami! —avisó Bea al escuchar el leve roce de los pasos en el pasillo. Como un mecanismo de relojería, los tres se separaron y se lanzaron a sus respectivas camas, cerrando los ojos y regulando su respiración. Segundos después, la puerta se abrió suavemente. Angelina entró, dejando que la luz del pasillo bañara las figuras de sus hijos. Se acercó a cada uno, dándoles ese beso suave en la mejilla y el abrazo que olía a vainilla que ellos tanto amaban. Los niños se hicieron los dormidos, disfrutando del calor de su madre, aunque sus pequeñas mentes seguían trabajando a mil por hora. Mientras Angelina preparaba el desayuno, el timbre de la residencia sonó. La empleada abrió la puerta para recibir un ramo que bloqueaba la vista por completo. Eran decenas de rosas blancas, puras, pero en el centro, perfectamente diseñadas, las rosas rojas formaban un corazón sangriento. En el medio, una tarjeta de papel n***o con letras doradas: "El blanco es por tu pureza, que aún me deslumbra. El rojo es por mi sangre, que ya corre por tus venas y las de mis hijos. No trates de huir del destino, ángel, porque el destino tiene mi nombre. — A." Angelina sintió un escalofrío. Era un mensaje posesivo, una marca de territorio. Alaric no enviaba flores; enviaba declaraciones de guerra. Una hora más tarde, en la entrada de la empresa, el infierno se desataba. Robert y Margaret Black habían burlado la seguridad de la calle y gritaban en el vestíbulo. Robert estaba fuera de sí, con la marca de los dedos de Alaric aún visible en su cuello, ahora morada. —¡Llamen a esa ingrata! —rugía Robert—. ¡Todo nos está saliendo mal! ¡Mis cuentas están bloqueadas, mis socios no me atienden! ¡Es su culpa por abrirle las piernas a un Vontobel! ¡Esa zorra nos ha arruinado la vida vendiéndose al mejor postor! —¡Es una vergüenza para el apellido! —chillaba Margaret—. ¡Prefirió el sudor de un mafioso que la lealtad a sus propios padres! Arriba, en el último piso, en la oficina de Alaric, el ambiente era letal. Alaric observaba las cámaras de seguridad en una pantalla gigante. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía a punto de romperse. A su lado, Demián sostenía una tablet, revisando los reportes financieros. —¿Por qué no lo matamos de una vez? —preguntó Demián, con una frialdad absoluta—. Es mejor muerto el perro, se acabó la rabia. Está insultando a tu mujer en su propia empresa, Alaric. Mi paciencia se acabó. —Lo pensé —respondió Alaric, sin apartar la vista de la pantalla—. Créeme que lo pensé. Pero sería raro. Ya han "desaparecido" demasiados inversionistas este mes. La policía de Nueva York está empezando a hacer preguntas molestas. Demián soltó una carcajada amarga. —¡Eso es por tus celos enfermizos! El mes pasado hiciste desaparecer a ese tal Sr. Henderson solo porque se quedó mirando el escote de Angelina durante cinco segundos en la gala benéfica. —Le estaba mirando las tetas a mi mujer, Demián —gruñó Alaric, girándose con ojos de tigre—. ¿Qué querías que hiciera? ¿Darle una medalla? No permito que nadie ponga sus ojos donde solo mis manos tienen derecho. —¡No puedes ir matando a todo el que mire a Angelina! —exclamó Demián, harto—. ¡Es una mujer hermosa, la gente tiene ojos! Vas a terminar construyendo un cementerio privado solo para sus pretendientes. —¿Y por qué no? —preguntó Alaric con una calma aterradora—. ¿Dónde dice que no puedo? Mi mundo, mis reglas. Demián se levantó, arrojando la tablet al sofá. —Eres un maldito enfermo, Alaric. Un enfermo de posesión. Me voy abajo a solucionar lo de tus suegros antes de que Angelina los escuche y se rompa más. Pero en serio, busca ayuda. O compra más palas para enterrar cuerpos. EL DELIRIO DEL CAPO (FLASHBACK) Al quedarse solo, Alaric se dejó caer en su silla. El ruido del mundo desapareció y el recuerdo de hace ocho años lo golpeó con la fuerza de un huracán. Recordó las semanas posteriores al crucero, cuando ella desapareció. Estaba hecho un demonio. Había movido cielo y tierra en Europa y América, pero nadie sabía quién era "Elena". No había apellido en el registro del barco que coincidiera con su rostro. Las amigas de Angelina, contactadas por sus hombres, se habían negado a decir una palabra, protegidas por el abuelo Silas en las sombras. Demián era el único que no le temía en esos días, cuando Alaric rompía botellas de cristal contra las paredes de su mansión en Italia. —¡Encuéntrenla! —gritaba Alaric en su recuerdo—. ¡No pudo haberme imaginado! Estaba desesperado. Cerraba los ojos y podía sentir la textura de su piel de porcelana, el aroma a vainilla que se quedaba pegado en sus sábanas. Recordaba cómo la tocaba, cómo sus manos grandes abarcaban su cintura pequeña. Sus besos... esos labios que sabían a rendición y a fuego. Sus ojos verdes, que lo miraban con una mezcla de miedo y deseo que lo volvía loco. Ese sentimiento no era amor convencional; era una obsesión que le quemaba las entrañas. Se sentía incompleto, como si ella se hubiera llevado una parte de su alma. La quería de vuelta no para pedirle perdón, sino para encerrarla en su mundo y no dejarla salir jamás. El lector podría sentir su dolor, esa agonía de un hombre que lo tiene todo —poder, dinero, miedo de los demás— pero que no tiene lo único que lo hace sentir vivo. —Si la encuentro... —susurró el Alaric del pasado mientras miraba el océano—, no volverá a ver la luz del sol si no es a través de mi ventana. PRESENTE Alaric volvió a la realidad en su oficina de Manhattan. Se levantó y caminó hacia el ventanal, mirando hacia abajo, donde sabía que Robert Black seguía escupiendo veneno. —Por ella... —murmuró Alaric para sí mismo, su voz vibrando con una resolución oscura—, por ella mataría hasta a mi propio padre si fuera necesario. Pero ella no me lo perdonaría jamás. Es demasiado pura, demasiado llena de luz. Se ajustó el saco y sonrió, una sonrisa gélida que prometía una destrucción lenta. —Así que no te mataré, Robert. Matarte sería un regalo, un final rápido. Mejor voy a arruinarte. Voy a quitarte el aire, el nombre y el honor. Vas a desear no haber nacido el día que decidiste tocar a lo que es mío. Alaric salió de la oficina. No iba a esperar a que Demián lo solucionara. Quería ver el miedo en los ojos de Robert una vez más. Quería que el hombre entendiera que en Manhattan ya no mandaban los Black, sino la sombra de la Calavera.
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