El silencio que siguió a la tormenta dentro del despacho de Alaric era pesado. Las paredes de roble parecían vibrar aún con los gritos de la hermana de Alaric, Alessia Vontobel, una mujer de fuego que ahora se secaba las lágrimas de rabia.
La puerta se abrió y Angelina entró con cautela. De inmediato, la madre de Alaric, Isabella Vontobel, se acercó a ella. Isabella era una mujer de una elegancia atemporal, con un collar de perlas que brillaba contra su traje sastre azul medianoche. Al ver a Angelina, sus ojos —esos ojos de tigre que ahora Angelina reconocía en sus hijos— se llenaron de una humildad sincera.
—Querida... —dijo Isabella, tomando las manos de Angelina con suavidad—. Por favor, acepta nuestras más profundas disculpas. Mi nombre es Isabella, y este es mi esposo, Giacomo. Lo que ha pasado... el hecho de que mi hijo te dejara sola con tres niños... no representa a nuestra familia. Si lo hubiéramos sabido, habríamos cruzado el océano hace siete años para estar a tu lado.
—Es cierto —añadió Giacomo, con una voz profunda que recordaba a un trueno lejano—. En nuestra casa, la familia es sagrada. Alaric ha cometido el pecado de la omisión, y te aseguro que pagará por ello.
Angelina suspiró, sintiendo por primera vez que no estaba sola en esta guerra.
—Acepto sus disculpas, señora Isabella. Pero tengo una condición para que conozcan a los niños hoy mismo.
Alaric, que estaba apoyado contra la pared con la mandíbula tensa, dio un paso adelante.
—Angelina...
—Tú no estarás —lo cortó ella con frialdad—. Mis hijos te odian ahora mismo. Creen que eres un intruso que molesta a su madre. No quiero que la primera vez que vean a sus abuelos sea en medio de una pelea contigo.
Isabella miró a su hijo con desprecio.
—Me parece perfecto. Alaric, te quedas aquí. Giacomo y yo iremos con esta encantadora mujer.
—Pero hay algo más —añadió Angelina—. No les diremos que son sus abuelos. No todavía. Les he dicho que su padre es un viajero, alguien que está en misiones lejanas. Por ahora, se presentarán como amigos de negocios de su abuelo Silas.
Giacomo asintió, aunque sus ojos reflejaban el dolor de no poder reclamar a sus nietos de inmediato.
—Entendemos. No queremos confundirlos. Solo queremos verlos.
Alessia, la hermana, se acercó dando saltos. —¡Yo también voy! Soy Alessia, la tía que les enseñará a meterse en problemas. No me perderé esto por nada.
El restaurante elegido era un rincón exclusivo en el Upper East Side, un lugar con manteles de lino blanco y luz tenue donde el sonido de los cubiertos de plata era la única música. Los trillizos llegaron con el chofer, y en cuanto entraron, la mesa de los Vontobel se quedó en un silencio sepulcral.
—¡Mami! —gritó Bea, corriendo hacia Angelina.
Isabella casi se desmaya al ver a la niña. Era como ver una versión femenina y dulce de Alaric. Giacomo apretó el borde de la mesa, sus nudillos blancos.
—Niños —dijo Angelina con voz suave—, quiero presentarles a unos amigos del abuelo Silas. Ellos son Isabella, Giacomo y Alessia. Vienen de Italia.
—¿Italia? —preguntó Evans, sentándose con la espalda recta y analizando a los recién llegados con sus ojos críticos—. ¿Conocen al "señor raro" que está en la oficina de mamá?
Giacomo soltó una risita seca. —Sí, lo conocemos. Es... un empleado un poco despistado.
—Lo sabíamos —murmuró Edans—. Tiene cara de despistado.
La cena transcurrió entre preguntas inocentes y risas. Alessia estaba encantada, mostrándoles fotos de Italia en su teléfono, mientras los niños devoraban sus pastas. De repente, Bea se quedó mirando fijamente a Isabella.
—Señora Isabella... —dijo la niña, ladeando la cabeza—, usted tiene los mismos ojos que nosotros. Tienen lucecitas amarillas adentro.
El comentario hizo que Evans y Edans se detuvieran en seco, dejando sus tenedores a medio camino.
—Es verdad —dijo Evans, acercándose a Giacomo—. Usted también los tiene. Y el "señor raro" también. ¿Por qué tienen nuestros ojos?
Alessia intervino rápido, con una sonrisa nerviosa. —¡Oh, es que en Italia mucha gente los tiene! Es algo del agua de allá, ¿verdad, papá?
Giacomo asintió rápidamente. —Sí, es el sol de la Toscana, pequeño.
La armonía se rompió cuando las puertas del restaurante se abrieron de golpe. Angelina sintió un escalofrío que le recorrió la columna. Sus padres, Robert y Margaret Black, entraron con aire de importancia, seguidos por un par de socios. En cuanto Robert vio a Angelina sentada con "extraños" y a los niños, su rostro se transfiguró en una mueca de asco.
Caminó directo hacia la mesa, ignorando la presencia imponente de Giacomo e Isabella.
—Vaya, vaya... —escupió Robert—. La CEO del año cenando con su descendencia maldita. ¿Todavía tienes a estos bastardos contigo, Angelina? Pensé que tendrías la decencia de esconderlos en un internado.
—Robert, cállate —susurró Angelina, poniéndose de pie mientras sus manos temblaban.
—¿Por qué debería callarme? —gritó Robert, llamando la atención de todo el restaurante—. Estos niños son una vergüenza, el fruto de una noche de puta de mi hija con un don nadie. Son un error que nos costó millones en contratos. Mírenlos... son la prueba viviente de que mi hija no es más que una decepción.
Margaret, la madre de Angelina, asintió con frialdad. —Deberías haber seguido nuestro consejo, Angelina. Esos niños nunca serán aceptados en nuestra sociedad.
Los trillizos se habían encogido en sus asientos. Bea empezó a sollozar silenciosamente, y Evans apretó los puños, aunque el miedo brillaba en sus ojos.
Giacomo Vontobel se puso de pie lentamente. Su estatura era imponente y su mirada prometía sangre. —Señor, le sugiero que cuide sus palabras si quiere seguir respirando el aire de Nueva York.
—¿Y usted quién es? —se burló Robert—. ¿Otro de los amantes de mi hija?
Antes de que Giacomo pudiera responder, las puertas del restaurante se abrieron con una violencia tal que uno de los cristales se trisó. Alaric entró como un demonio salido del mismo infierno. Su traje estaba desaliñado, sus ojos estaban inyectados en sangre y el aura de muerte que desprendía hizo que el maitre y los camareros retrocedieran aterrorizados.
No dijo una palabra. Caminó directo hacia Robert Black. Con un movimiento rápido y letal, Alaric cerró su mano grande como una garra alrededor del cuello de Robert, levantándolo del suelo hasta que las puntas de los zapatos del hombre apenas rozaban la alfombra.
—¡Suéltame! —intentó gritar Robert, pero solo salió un quejido ahogado.
Alaric lo arrastró fuera del restaurante como si fuera una bolsa de basura, ignorando los gritos de Margaret. Giacomo e Isabella se quedaron protegiendo a los niños, mientras Alessia les tapaba los oídos.
Afuera, bajo la lluvia fina de Manhattan, Alaric estampó a Robert contra la pared de ladrillos del callejón lateral. Los guardaespaldas de Robert intentaron acercarse, pero Demián y los hombres de Alaric ya los tenían encañonados en las sombras.
—Escúchame bien, pedazo de basura —rugió Alaric, su voz era un siseo que hacía temblar los huesos—. Has cometido el último error de tu miserable vida. Esos "bastardos", como los llamas, son Vontobel. Son mi sangre. Son mis hijos.
Robert abrió los ojos con un terror absoluto. —¡¿Vontobel?! —balbuceó, reconociendo finalmente el nombre de la familia que controlaba el mercado n***o europeo.
—Si vuelves a mirar a esos niños, si vuelves a insultar a la mujer que los crió, no te mataré —Alaric presionó más fuerte, disfrutando el sonido de la tráquea de Robert crujiendo—. Haré que desees estar muerto. Te quitaré cada centavo, quemaré tus propiedades y te dejaré mendigando en las calles donde echaste a mi mujer hace ocho años.
Margaret salió corriendo, gritando, pero se detuvo en seco al ver la mirada de Alaric. Era la mirada de un monstruo que finalmente había encontrado una razón para destruir.
—¡Lárguense! —rugió Alaric, lanzando a Robert al suelo. El hombre se arrastró hacia su coche, con la madre de Angelina siguiéndolo, ambos temblando como hojas.
Angelina salió al callejón minutos después. Encontró a Alaric apoyado contra la pared, respirando con dificultad, con los puños aún cerrados. Sus ojos seguían siendo los de un asesino, pero cuando la vio a ella, el fuego pareció transformarse en una tristeza infinita.
—Te dije que no vinieras —susurró ella, aunque sus propias piernas no dejaban de temblar.
Alaric se acercó a ella. Ya no era el Capo agresivo, sino un hombre roto por la culpa.
—Lo siento... —dijo él, su voz quebrada—. No tenía que venir, quería verlos de lejos, desde el coche... Pero cuando escuché a ese infeliz insultarlos... cuando escuché lo que te dijo... No pude contenerme. Nadie toca a mis cachorros. Nadie te toca a ti.
Angelina lo miró. La lluvia mojaba el cabello oscuro de Alaric y las gotas rodaban por sus facciones duras.
—¿Cómo estás? —preguntó ella suavemente.
Alaric soltó una risa amarga. —¡¿Cómo estoy yo?! Angelina, deja de preocuparte por mí. Mira cómo estás... —Él tomó sus manos, que estaban heladas y temblorosas—. Sigues temblando. Ese hombre te ha hecho tanto daño que el miedo vive en tus huesos. Eso me pone peor que cualquier cosa.
Sin pedir permiso, Alaric la envolvió en sus brazos. Fue un abrazo posesivo, pero también protector. Angelina escondió el rostro en su pecho, aspirando el aroma a lluvia y sándalo, permitiéndose por un segundo dejar de ser la CEO fuerte y ser simplemente la mujer que necesitaba ser cuidada.
FLASHBACK: EL REFUGIO BAJO LA TORMENTA (HACE 8 AÑOS)
Hacía tres semanas que Angelina vivía en un motel de mala muerte a las afueras de la ciudad. El dinero que había logrado rescatar de sus ahorros secretos se estaba terminando. Sus padres no solo la habían echado; se habían encargado de que ninguna de sus "amistades" le diera alojamiento. Thiago y Sienna, presionados por Robert, no se atrevían a decirle al abuelo Silas dónde estaba ella, temiendo que el anciano reaccionara con la misma violencia y desprecio que sus padres.
Esa noche, la lluvia caía con una furia implacable. Angelina estaba sentada en el borde de la cama desvencijada, con la mirada perdida y las manos temblando. En su mano derecha, sostenía un pequeño objeto de plástico blanco: un test de embarazo. Dos líneas rosas brillaban bajo la luz parpadeante de la lámpara.
—¿Qué voy a hacer? —susurró, sintiéndose más pequeña que nunca.
De repente, un golpe violento y rítmico sonó en la puerta de madera podrida. Angelina se sobresaltó, ocultando el test tras su espalda. Pensó que sería el dueño del motel pidiendo la renta o, peor aún, algún enviado de su padre para seguir humillándola.
Al abrir la puerta, el aire se le escapó de los pulmones.
Allí, bajo la lluvia torrencial, sin paraguas y con el abrigo empapado, estaba el Abuelo Silas. Su rostro, siempre severo, estaba surcado por la angustia y el agua, pero en cuanto sus ojos se cruzaron con los de ella, su expresión se rompió.
—¡Abuelo! —gritó Angelina, y sus lágrimas brotaron con una fuerza que rivalizaba con la tormenta.
Silas entró a la habitación y la envolvió en un abrazo que olía a hogar, a tabaco y a seguridad. Angelina lloró contra su pecho mojado, sollozando con todo el dolor de las últimas semanas.
—Shhh... Ya está, mi pequeña. Ya te encontré —decía Silas, acariciando su cabello con manos temblorosas—. Perdóname por tardar tanto. Esos idiotas de tus hermanos no querían decirme nada, tenían miedo de que yo te juzgara como lo hicieron esos miserables de tus padres.
Silas se separó un poco y tomó el rostro de Angelina entre sus manos.
—Mírame, Angelina. Tú no tienes la culpa de nada. Eres una niña buena, la mejor nieta que un hombre podría desear. Lo que hiciste en ese barco... lo que viviste... fue vida, fue libertad. Y nadie, escucha bien, nadie tiene derecho a llamarte de otra forma que no sea "reina". Robert es un imbécil que no merece llevar nuestro apellido.
—Abuelo... —Angelina hipó, tratando de recuperar el aliento—. Tengo... tengo una noticia.
Silas la miró con curiosidad, limpiándole las lágrimas con sus pulgares. —¿Qué pasa, mi ángel?
Con un gesto lento, Angelina le mostró el test de embarazo. Silas se quedó en silencio por un largo minuto, mirando las dos líneas rosas. Angelina temió por un segundo que él también la rechazara, pero entonces, el anciano soltó un suspiro profundo y una sonrisa llena de orgullo iluminó su rostro.
La volvió a abrazar, esta vez con más fuerza.
—Es la mejor noticia que me han dado en décadas —susurró Silas con la voz quebrada—. Vas a ser madre, y yo voy a ser bisabuelo.
—¿No estás enojado? —preguntó ella, incrédula.
—¿Enojado? ¡Estoy eufórico! —Silas se separó y la miró con una determinación feroz—. Escúchame bien: de ahora en adelante, el mundo conocerá a los nuevos Black desde la cima. No volverás a pasar hambre, ni frío, ni humillaciones. Vamos a construir un imperio para ti y para ese pequeño que viene en camino. Tus padres se arrastrarán a tus pies un día, te lo prometo.
Angelina no entendía del todo cómo lo harían, pero en ese momento, bajo la lluvia que antes la aterraba, sintió que ya no tenía miedo. Confiaba en su abuelo más que en nadie en el mundo.
PRESENTE
Angelina parpadeó, volviendo al presente. La lluvia seguía cayendo, pero ahora estaba rodeada por el aroma de Alaric y sus brazos protectores. El recuerdo de Silas dándole fuerzas hace ocho años se mezcló con la imagen de Alaric enfrentando a su padre hace unos minutos.
Se separó de Alaric, mirándolo con una nueva luz en los ojos.
—Vete, ángel —repetía Alaric, dándole ese beso en la frente que la dejó desarmada—. Yo me encargo de limpiar el rastro de esas ratas.
Angelina asintió, sintiendo que el círculo finalmente empezaba a cerrarse. Entró al restaurante y vio a sus hijos riendo con Giacomo e Isabella. Silas estaba allí, sentado a un lado, guiñándole un ojo mientras tomaba una copa de vino tinto.
La sangre llama, sí. Pero la lealtad... la lealtad de hombres como Silas y ahora Alaric, era lo que realmente estaba construyendo el trono sobre el cual sus hijos reinarían.
—¿Mami, por qué estás mojada? —preguntó Bea, acercándose con una servilleta para secarle la cara.
—Es solo lluvia, mi amor —respondió Angelina, besando la frente de su hija—. Solo lluvia que está limpiando el camino.
Giacomo miró hacia la puerta, viendo la silueta de su hijo Alaric alejarse en la penumbra del callejón, y luego miró a Angelina con respeto.
—Ese hijo mío es un demonio, Angelina —dijo el patriarca italiano—, pero es un demonio que solo se arrodilla ante una diosa. Y creo que finalmente ha encontrado su altar.
Angelina sonrió, una sonrisa genuina que por primera vez no ocultaba miedo, sino una promesa de guerra que estaba dispuesta a ganar.