La entrada de Tri-Heart Empire parecía un campo de batalla de alta sociedad. Angelina, al bajar de su coche, sintió que el mundo se detenía. Frente a las puertas de cristal, una pareja de señores mayores, vestidos con una elegancia que gritaba "viejo dinero europeo", gritaban a los guardias.
—¡Ingratos de hijos! —gritaba la mujer, una dama de porte imperial y ojos verdes felinos—. ¡Tienen que escucharnos! ¡No se atrevan a ponerme una mano encima!
—Se cubren en todo —rugía el señor a su lado, cuya mandíbula era el calco exacto de la de Alaric—. ¡Incluso nos ocultan lo más importante! ¡No me pienso ir de aquí hasta que uno de esos mocosos me dé la cara!
Un tercer hombre, mucho mayor, con el cabello blanco como la nieve y una mirada que helaba la sangre, se acercó a ellos con un bastón de plata.
—Silencio —ordenó con una voz que hizo que incluso los guardias retrocedieran—. Están dando vergüenza.
Al lado de este patriarca estaba el Abuelo Silas, quien observaba la escena con una sonrisa de absoluta satisfacción. Angelina sentía que la tierra se la tragaba; no necesitaba presentaciones. Los ojos de esos señores eran el sello Vontobel. Eran sus suegros y el abuelo de Alaric. Agradeció al cielo que sus hijos estuvieran en la escuela, lejos de este volcán.
Sus amigas aparecieron a su lado, codeándola.
—Te llegó la hora, Angi —susurró Carla.
—Tus suegros llegaron —rio Sofía—. Y mira a ese hombre mayor... el patriarca no se queda atrás. Me dieron ganas de tener un sugar —soltó, saltando hacia los señores.
Silas, al verlas llegar, ordenó a los guardias:
—Déjenlos pasar. Son invitados de honor.
El hombre mayor asintió hacia Silas. —Gracias, amigo.
__ hola abuelito Silas__ dijo Carla y se pegó como koala
__ hola niñas __ respondió Silas.
Los Vontobel entraron al edificio como una fuerza de la naturaleza. Silas, al pasar junto a Angelina, le guiñó un ojo.
—No sé ustedes, pero yo no pienso perderme lo que se viene ahora —dijo el viejo, saliendo corriendo tras ellos con una agilidad impropia de su edad.
Dentro de la oficina, la atmósfera era muy distinta. Alaric caminaba de un lado a otro, desabrochándose la corbata, con el sudor perlado en su frente. Demián estaba sentado en el borde de un sofá, golpeando el suelo con el pie frenéticamente.
—Todo es tu culpa —gruñó Alaric, señalando a Demián—. Deberíamos haber blindado la información.
—¡Jefe, desde un principio le dije que tenía que decirles! —respondió Demián, levantando las manos—. Ahora no me eche la culpa a mí. ¡Si usted está en problemas, yo también! Y lo peor es que cuando a la señora se le mete el demonio, estamos en el horno.
—¿Crees que mi hermana lo sepa? —preguntó Alaric, deteniéndose en seco.
—Espero que no, porque esa cosa es peor que su madre. Si se entera, pediré un vuelo y me iré a Transilvania —sentenció Demián.
No terminaron la frase cuando la gran puerta se abrió de par en par. Entraron los señores y el patriarca, Lorenzo Vontobel, seguidos por una escolta que hacía que la oficina pareciera una sala de guerra.
—Así los quería agarrar, ¡malditos bastardos! —rugió el padre de Alaric.
La madre, con los ojos echando chispas, se plantó frente a ellos.
—Los crié para que seamos una familia, ¡y tú, Demián, cubriéndole la espalda a este desgraciado! Los enterraré vivos a ambos. ¡Ni se te ocurra intentar escapar, Demián Vontobel! Estás igual de podrido que tu hermano.
Lorenzo Vontobel, el abuelo, golpeó el suelo con su bastón. El silencio fue absoluto.
—Esto es el colmo. Tengo tres nietos. Hasta ayer, estaba convencido de que ambos eran gays. Es más, lo aceptaba porque pensaba que la estirpe terminaba con su felicidad. ¡Pero resulta que se cubren entre hermanos y tienen hijos de siete años que no conozco! —El anciano los miró con asco—. Desde hoy dejan de ser mis nietos. No me digan abuelo, me dirán Señor Lorenzo. No quiero que me miren a la cara hasta que esa niña te acepte, Alaric.
—Pero abuelito, yo... —intentó decir Demián.
—¡Tu nada! Esos ojitos no funcionan conmigo ahora. Hasta que la nieta de mi amigo Silas no tenga un anillo en el dedo y sea una Vontobel ante Dios, ¡son unos desconocidos para mí!
En ese momento, la puerta se abrió de nuevo y una mujer joven, de una belleza gélida y temperamento volcánico, entró: la hermana de Alaric.
—Así que tengo dos sobrinos y una sobrina y no dijeron nada... ¡malditos ineptos! —Gritó ella, lanzándose sobre Alaric y Demián, golpeándolos con sus puños en el pecho mientras ellos bajaban la cabeza, pidiendo disculpas inútiles—. ¡Ni siquiera a mí me lo dijeron! ¡Son escoria!
Fuera de la oficina, pegados a la puerta, estaban Angelina, sus amigas y Silas.
—Esto está bueno —susurró Silas con malicia.
—Se lo tenían merecido —dijo Carla—. Que le den más duro.
FLASHBACK: EL RUGIDO DE SILAS (HACE 8 AÑOS)
Al ver la furia de los Vontobel, la mente de Silas viajó al día en que regresó de un viaje de negocios y encontró su mansión vacía. Se enteró de que su hijo, Robert, había echado a Angelina a la calle bajo la lluvia.
Ese día, Silas Black se convirtió en un demonio. Entró al despacho de Robert como una tormenta de fuego.
—¡¿Dónde está mi nieta?! —rugió Silas, volcando el escritorio de su hijo de un solo golpe.
—Es una zorra, padre —respondió Robert, temblando—. Arruinó nuestros contratos, se entregó a un cualquiera...
Silas lo tomó por las solapas y lo estampó contra la pared, ignorando los gritos de su nuera, Margaret.
—¡Cállate, pedazo de basura! —le gritó Silas a centímetros de su cara—. ¡Esa "zorra" es la única con sangre real en esta familia de mediocres! La echaste a la calle por un contrato de mierda con un imbécil como Víctor. ¡Son unos miserables! ¡Inútiles!
Silas miró a Margaret con un desprecio que la hizo encogerse.
—Y tú, madre de cartón, que te quedaste mirando mientras echaban a tu propia sangre. ¡Me dan asco! Cometieron el peor error de sus vidas. Graben mis palabras: Angelina llegará a la cima, será más grande que todos nosotros juntos, y el día que ella brille, ustedes vendrán arrastrándose como las ratas que son. Y yo me sentaré a reírme mientras ella les cierra la puerta en la cara.
PRESENTE
Silas parpadeó, volviendo al pasillo. Miró a su nieta, que estaba pálida escuchando los gritos dentro. Él sonrió para sus adentros. Alaric era posesivo, sí, pero los Vontobel eran leales hasta la muerte. Sabía que Alaric no dejaría las cosas así; la familia Vontobel no se andaba con juegos, y ahora que Angelina y los niños eran parte de ellos, Robert y Margaret Black estaban a punto de descubrir lo que significaba meterse con el tesoro de un Capo.