CAPÍTULO 1: EL IMPERIO DE LOS TRES CORAZONES

1941 Words
El sol de Manhattan se filtraba a través de los inmensos ventanales del ático en la Quinta Avenida, bañando la estancia con una luz dorada que parecía rendir pleitesía a Angelina Black. Ella se despertó antes de que la alarma de su reloj de edición limitada marcara las seis. Se sentó en la cama, permitiendo que las sábanas de seda negra se deslizaran por su espalda de porcelana. Sus ojos, de un verde bosque profundo y puro, se fijaron en la fotografía sobre su mesa de noche. Eran sus hijos. Sus tesoros. Su razón de vivir. Se levantó con la gracia de una leona y caminó hacia la habitación de los trillizos. Como era costumbre, la cama de Beatriz (Bea) estaba impecablemente vacía. Angelina sonrió y cruzó el pasillo hacia el cuarto de los varones. Allí, en una cama King Size diseñada con doseles modernos, estaban los tres enredados en un nudo de mantas y peluches. —Arriba, mis pequeños tigres —susurró, sentándose en el borde del colchón. —Mami... cinco minutos más —balbuceó Edans, abriendo un ojo y revelando esa mirada depredadora que a Angelina todavía le daba escalofríos. Era como ver al "Fantasma del Barco" en miniatura. —Nada de cinco minutos. Hoy es el gran día de Tri-Heart Empire. El abuelo Silas ya está esperándolos para el desayuno "especial de campeones". La palabra "campeones" fue el gatillo. Los tres saltaron de la cama con una energía que solo los niños de seis años poseen. En la cocina, el ambiente era un caos controlado. Thiago y Sienna, los hermanos mellizos de Angelina, ya estaban allí. Thiago, con sus 1.88 metros de altura y hombros anchos, estaba terminando de preparar los panqueques, mientras Sienna, siempre impecable incluso en bata de seda, revisaba tres tablets al mismo tiempo. Ellos eran cuatro años mayores que Angie, sus protectores desde que sus padres los repudiaron. —¡Tío Thiago! —gritó Bea, trepando por su pierna—. ¡Dile a Evans que deje de decir que mi vestido de hoy parece una lechuga! —¡Es que es verde y tiene muchos vuelos! —se burló Evans, sentándose a la mesa—. Pareces un repollo, Bea. Los inversores van a pensar que somos una ensalada. —¡Mami! —chilló la niña, haciendo un puchero que haría que cualquier hombre del mundo se pusiera a sus pies. —Evans, deja a tu hermana —intervino Angelina, sirviendo el jugo de naranja—. Bea se verá como una princesa. Y ustedes dos... —miró a sus hijos varones—, más vale que se comporten. Nada de hacerle zancadillas a los hijos de los socios, ¿entendido? —Lo que vamos a vigilar es a los niños de la fiesta —murmuró Evans con una seriedad impropia de sus seis años—. Ayer en el ensayo, el hijo del inversor Miller no dejaba de mirar a Bea. Si hoy lo vuelve a hacer, le tiraré el jugo en su traje de marca. —¡Evans! —reprochó Angelina, aunque por dentro sentía un escalofrío. La posesividad de esos niños era un reflejo exacto del hombre que conoció en el barco. Ellos solo habían sacado de ella el cabello rubio como el sol; todo lo demás, desde la mirada de tigre hasta el temperamento indomable, era herencia de un extraño. Las horas siguientes fueron un torbellino de estilistas y nervios. Angelina sabía que esta noche no solo inauguraba una empresa; inauguraba su nueva vida. Se miró al espejo y el aliento se le escapó. Su cabello rubio caía en ondas perfectas que brillaban como seda tejida. El vestido, una pieza única de seda esmeralda, abrazaba su cintura pequeña y resaltaba la palidez de su piel. No llevaba joyas ostentosas; su mayor adorno era su inteligencia y la frialdad con la que había aprendido a proteger su corazón. —Estás lista, Angie —dijo el abuelo Silas, entrando a la habitación con su bastón de ébano—. Eres una Black, pero de las de verdad. No como los cobardes de tus padres. Al llegar al Grand Majestic Hall, el estruendo de los flashes fue ensordecedor. El Rolls-Royce n***o se detuvo con precisión quirúrgica. La puerta fue abierta por un chofer uniformado, pero fue Thiago quien extendió su mano para ayudarla a bajar. Angelina emergió del auto con una elegancia que dejó a la prensa en silencio por un segundo antes de que los gritos estallaran. Caminó por la alfombra roja con paso firme, sintiendo el peso de las miradas. Detrás de ella, Thiago y Sienna caminaban como sus guardaespaldas personales, y los trillizos, vestidos con mini-esmóquines a medida, llevaban todos los suspiros del público. Sin embargo, el aire se volvió denso cuando Robert y Margaret Black intentaron bloquearle el paso. —Angelina, hija... —comenzó su madre, Margaret, con una sonrisa plástica—. Qué maravilla de evento. Sabíamos que volverías al redil. Angelina se detuvo. Sus ojos verdes, puros y gélidos, recorrieron a sus padres de arriba abajo. —No soy su hija, Margaret. Y este no es un redil. Es mi imperio. Por favor, apártense, están bloqueando la vista de los fotógrafos hacia la verdadera dueña del lugar. El desprecio en su voz fue como un látigo. Robert Black se puso rojo de furia, pero antes de que pudiera decir algo, un silencio sepulcral invadió la entrada. No fue un ruido lo que anunció su llegada, sino un cambio en la atmósfera. Como si el oxígeno se hubiera vuelto más caro. Dos camionetas blindadas de color n***o mate se detuvieron frente a la alfombra. Un grupo de ocho hombres de gran estatura, vestidos con trajes oscuros y auriculares, bajaron primero, formando un cordón de seguridad humano. Los trillizos, desde atrás, los miraron con ojos abiertos. —¡Mira, mami! —susurró Bea—. ¡Son gorilas de verdad! Entonces, él bajó. Alaric Vontobel. Medía más de 1.90 metros de pura potencia masculina. Su esmoquin, hecho a mano en Italia, se ajustaba a sus hombros anchos y su pecho firme de una manera casi pecaminosa. Tenía el cabello oscuro peinado con una elegancia descuidada y rasgos tan afilados que podrían cortar el diamante. Pero lo que detuvo el corazón de Angelina fueron sus ojos. Eran los ojos de sus hijos. Ese verde esmeralda con motas amarillas que ella había intentado olvidar durante siete largos años. Alaric no caminaba, acechaba. Cada paso que daba hacia la entrada del hall era una demostración de poder absoluto. Ignoró a la prensa, ignoró a los políticos y a los padres de Angelina como si fueran simples hormigas. Sus ojos estaban fijos en una sola persona: la mujer rubia que se veía como una diosa esmeralda en medio de la alfombra. Siete años atrás, en aquel barco, ella le dijo que se llamaba "Elena" y él le dijo que era un simple "viajero". Se dieron placer mutuo bajo las estrellas, creyendo que el amanecer borraría sus nombres. Pero él nunca la olvidó. La buscó por tres continentes hasta encontrarla. La música de cámara seguía sonando, pero para Angelina, el mundo se había quedado en un silencio sepulcral. Aquel hombre caminaba hacia ella con la seguridad de un monarca que regresa a reclamar una tierra conquistada. Cada paso que daba, sus zapatos de cuero italiano resonando contra el mármol, hacía que el aire en los pulmones de Angelina escaseara. —Thiago... —susurró ella, apenas moviendo los labios, sintiendo el pánico trepar por su garganta. Thiago Black, su hermano mayor por cuatro años y mellizo de Sienna, reaccionó al instante. Como siempre, su instinto de protección se encendió al notar el temblor casi imperceptible en la mano de su hermana pequeña. Él echó un vistazo rápido al hombre que se aproximaba y su mandíbula se tensó; reconoció el peligro de inmediato. —Llevo a los niños. Ahora —ordenó Angelina en un susurro urgente, sin apartar la vista de la figura imponente que se abría paso entre los invitados. Thiago no hizo preguntas. Sabía que si su hermana, la mujer que había levantado Tri-Heart Empire de la nada, estaba así de aterrada, era por una razón de peso. Con un gesto rápido, le hizo una señal a Sienna. —Vamos, pequeños tigres —dijo Thiago, rodeando los hombros de Evans y Edans mientras Sienna tomaba la mano de Bea—. El abuelo Silas nos espera en la suite de arriba para probar el pastel antes que nadie. Es una misión secreta. Los niños, emocionados por la idea del pastel, se dejaron guiar rápidamente hacia la salida lateral de servicio, desapareciendo tras las cortinas de terciopelo justo antes de que el extraño acortara la distancia. Thiago se detuvo un segundo antes de cruzar el umbral, inclinándose hacia Angelina con una sonrisa cargada de picardía y advertencia. —Está bien, Angie, me los llevo —murmuró Thiago al oído de su hermana—. Pero ese hombre tiene cara de que finalmente ha encontrado a su presa y dudo mucho que te deje ir. Vaya, hermana... ese hombre te mira con un hambre voraz- y salió con los niños -Ojalá alguien me mirara a mí con esa intensidad. Te pones roja como un tomate, Angie. Suerte, porque creo que la vas a necesitar.- dice su hermana y se va detrás de su hermano Angelina sintió que el calor le subía al rostro, tiñendo sus mejillas de un carmín intenso que resaltaba el verde bosque de sus ojos. Estaba nerviosa, expuesta. Se quedó sola frente a la corriente de gente, tratando de recomponer su máscara de frialdad mientras él finalmente llegaba a su posición. Alaric Vontobel se detuvo frente a ella. De cerca, su presencia era abrumadora. Medía más de 1.90, obligando a Angelina a inclinar la cabeza hacia atrás para sostenerle la mirada. Su traje n***o, de un corte impecable, acentuaba la potencia de su físico. Pero eran sus ojos, esos ojos verdes con vetas amarillas de tigre, los que la mantenían anclada al suelo. Él no miraba a nadie más. Para Alaric, los quinientos invitados, los flashes de las cámaras y los padres de Angelina que acechaban cerca, no existían. Solo existía la mujer rubia que se veía como una visión esmeralda frente a él. —Siete años, mi bella "Rose"... —la voz de Alaric era un barítono profundo, un rugido contenido que vibró directamente en el pecho de Angelina, haciendo que sus piernas flaquearan bajo el peso de los recuerdos. Dio un paso más, invadiendo su espacio personal sin permiso, obligándola a retroceder apenas un milímetro hasta que ella pudo sentir el calor abrasador de su cuerpo y el roce de su aliento en la frente. Angelina inhaló el aroma a sándalo y peligro que siempre lo acompañaba. —Siete años buscándote por cada puerto y cada ciudad de este maldito mundo —continuó él, su mirada bajando hacia sus labios por un segundo antes de volver a sus ojos con una promesa de posesión absoluta—. Por fin te encontré. Alaric estiró una mano, rozando apenas un mechón de su cabello rubio que caía sobre su hombro desnudo. El contacto eléctrico hizo que Angelina soltara un jadeo ahogado. —Y espero que estés lista, Angelina Black —pronunció su nombre real con una satisfacción oscura, revelando que ya sabía quién era ella—, porque no pienso dejar que te escapes esta vez. Lo que es mío, siempre vuelve a casa. Angelina lo miró, atrapada entre el deseo y el miedo de que él descubriera el secreto que acababa de esconder tras esas cortinas. La cacería acababa de empezar.
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