Delfina lleva ya medio año sin Alzo en su vida, sin saber nada de él, nada más que lo que le cuenta su hermana. El primer instinto cuando escuchó la puerta cerrarse fue ir tras él, rogarle que se quedase, contarle que lo amaba, aunque consideraba que ya se lo había demostrado, él lo necesitaba, y por eso ella no las había pronunciado. Razonó con rapidez, si lo hacía, si renunciaba al sueño por el que tanto había trabajado, y luego rompían, o discutían, ¿cuánto tardaría en echárselo en cara?, nada, de eso estaba segura. —Me voy a clase —dice Kheira a Delfina. —¿Qué? —pregunta aún atontada sin haberla escuchado. —Que me voy a clase, ¿sigues pensando en mi hermano, verdad? —le pregunta entonces con lástima. En Kheira encontró mucho más que una protegida, o una hermana, encontró una amig
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