CAPÍTULO 39 La tarde se había teñido de un tono dorado cuando Aron, Marion y Sara entraron en la sala principal de la hacienda. Afuera, el viento movía con suavidad los árboles del jardín, como si el mundo no estuviera a punto de complicarse en más de un frente. Diana levantó la vista desde el libro que sostenía en las manos. Conocía demasiado bien a sus hijos para no notar cuando algo importante estaba por salir de sus bocas. —Esa cara no es de examen universitario —dijo, dejando el libro sobre la mesa—. ¿Qué sucede? Sara empujó ligeramente a Aron hacia adelante, divertida pero nerviosa. —Habla tú —murmuró. Aron respiró profundo. Sus manos sudaban, pero su decisión era firme. —Mamá… como ya te había contado estoy enamorado de Marion. El silencio no fue escandaloso, pero sí

