Al entrar unos diez minutos después, encontré a mi padre llorando, realmente no sabía cuál era la razón.
—Sr. Copoa, ¿usted le ha dicho algo a mi padre para ponerlo de ese humor? —cuestioné con mis dudas y acusaciones.
Cuando el dió la vuelta, algo de lágrimas percibí en sus ojos, me sentí extraña.
Mi papá había parado de llorar, ahora se sonrió y me dijo:
—Trae la comida que pedí, y recordá siempre acordarte de la promesa que acabas de hacerme.
—Si —dijo él, se puso de pies y enseguida entraron meseros con un banquete de comida, eran todas comidas favoritas de mi padre.
—¿Qué pasa? —pregunté de vuelta, parecía que ámbos me ignoraban a propósito, entonces dije.
—Ya que no soy parte del convidio, voy a casa a dormir, para que disfruten mejor.
—Si hija mía, nos vemos luego. —dijo mi Padre, pero era una sensación rara, parecía que sus palabras eran como despedida hacia mi, no lo sentía que lo vería luego.
Esa noche dormí muy bien, como que lo que no dormí las últimas semanas me hubieran sacado todo hasta ese momento.
A la mañana siguiente bajé corriendo las escaleras, iba hacia el hospital, yo ya no estaba trabajando, hacia rato había renunciado a mi trabajo.
Al cabo de que había tenido una buena noche de sueños, sonreí, pero tan pronto como vi los arreglos florales, todo cuanto al ambiente, mi mundo se desplomó, anoche lo había dejado comiendo, como era posible que haya muerto mi padre.
Corrí quería hablar con quien fuera, solo vi a Copoa firmar documentos, me volví loca, lloré, grité hasta quedar ronca.
Me había desmayado, según duré así un día y medio, ya había sido sepultado mi padre.
Cuando regresé a casa, todo cuanto era de la familia, era confiscado, corrí de un lado a otro, yo no me apegaba a las cosas, pero eran todo de mi padre.
—Hey, donde llevan todo eso. Son las cosas de mi padre, déjalos —dije gritando, patalee, hice todo cuanto pude, nada fue devuelto.
Caí al suelo a llorar como una mendiga, vi acercarse un par de zapatos encharolados, muy brillantes, no quise ver quién lo portaba, hasta que oí esa voz fuerte y grave.
—¡Vamos! —levanté la vista para mirarlo,
era él, Alejandro Copoa otra vez.
—¡Piérdete! —dije. Se agachó a mi altura y me dijo.
—Estas topada en deudas, a estas alturas no puedes quedarte por aquí. Sonrió maliciosamente y me dijo:
—Cualquiera que esté buscando a tu papá te vende para que le pagues a como ya te imaginas.
—¡Vete a la mierda! —grité.
A esta alturas sentía que lo odiaba mucho, el no me llamó cuando mi Padre murió y también se encargó de sepultarlo cuando me desmayé al día siguiente.
Dió señas a unos hombres vestidos de n***o y me levantaron por los aires, me subieron a un auto y me llevaron sepa la bola de cristal.
Patalee mucho, entonces me pasaron un pañuelo por la boca y nariz, lo que me dejara inerte.
Para cuando volví a despertar, me encontraba en una enorme cama de forma diametral, creí primero que nada de lo que había pasado, era real, así que consideré que era un mal sueño, me levanté de la cama, me sentí algo aturdida volví a ver a todo el alrededor.
Entonces comprendí que estaba encerrada en una habitación áspera y grande, era rústico a la vez única su diseño, miré a todos lados, solo logre salir al balcón, entonces desde una altura de tantos cientos de metros elevados, miré hacia la nada.
—Que rayos es este lugar —me dije.
¿Por qué me habrán encerrado aquí? Pensé con enojada.
Quedé muy quieta al mirar hacia abajo, con toda la depresión y la tristeza que tenía, parecía que Copoa me dejó aquí a propósito.
[ ... ]
Alejandro Copoa
Regresé de un pueblo cercano, me había ido desde el día anterior, no sabía que me pasaba, pero mi mente estaba en casa preocupado por la ingrata mujer que tengo por esposa, está claro para mí que ella no me ama, se encarga de restregarme en la cara a cada momento lo mal que le caigo.
Pero aún así, salí corriendo de adónde había ido, todo por saber cómo estaba ella, al volver, entro a la habitación rápido, mi hombre de confianza me observa, salgo de la habitación rápidamente al no encontrarla ahí. Grito tempestivamente.
—¡¿Dónde está ella?!
—¿Quién? —pregunta la ama de llaves y el resto de la servidumbre me mira con perplejidad.
—¡Mi esposa! ?A quien más buscaría en mi habitación? —resoplo con rabia.
—¡Ella! ¿Es tu esposa? yo creí que...
—¡Tú, tu no tienes que creer nada! Dónde está. —casi pego el grito al cielo, lo cual sorprende a todos. Pues me conocen por ser tranquilo y silencioso.
La ama de llaves que es una mujer de unos 30 y tantos años, ha estado trabajando en mi casa por más de diez, o sea la considero alguien de confianza, me dice:
—Ella está en la habitación de la torre.
—¿Qué has dicho? —dije casi sin respiro.
—Ella está pasando por una mala situación, acaba de perder a su padre, ¿Quieren que se tire del balcón acaso? Ya saben, ustedes serian lanzados detrás de ella si eso pasara verdad? —amenacé con severidad.
Les recrimino y paso a toda velocidad hacia la Torre, espera, ¿A quien se le ocurrió ponerla en esa habitación? Ni que fuera indeseable.
Cuando llego entro rápidamente hacia la habitación, al no hallarla me llevo las manos a mi cabello y me las paso nerviosamente, salgo al balcón para ver y no la veo, pero una voz suave, pero muy envenenada me dice.
—¿Viniste a ver si ya me había lanzado al vacío? —trago saliva gruesa, si ella tan solo viera mi corazón, sabría como acaba de ponerse en su sitio lentamente.
—Tu, ¿estás ahi?
—sigo aquí. Resopla con desdén —se mofa y me dice.
— ¿Querías verme muerta verdad? Pues no te di el gusto, está bien.
Camina hacia la habitación, toma su gabardina que está lista y me dice:
—Me voy de aquí, ump, antes de que intentes matarme. —dice resoplando y trata de salir, pero la retengo.
Sinceramente solo quería abrazarla, pero ella es quisquillosa, se comporta odiosa conmigo.
La abrazo a la fuerza, y quedo así, se ve sorprendida, pero ahora mismo había pensado lo peor, entonces sería doble mi falta y el dolor, por que creo que la amo, además su padre me la confió, jamás podría dejarla libre.
—¡Vamos a casa! —le digo.
—¿Olvidas que no tengo casa? —me recrimina.
La retengo de nuevo y le digo señalando la enorme casa a la vista.
—Esa es nuestra casa. —le digo, mientras ella me mira con saña.
—Me iré. —me dice con algo de distracción.
—Solo me quedaré mientras hago unas llamadas. No tienes que encargarte de mi. —me dice en tono áspero.
Les digo, esta mujer me saca las canas... Ella no es obediente ni sumisa, debo darle lecciones al parecer.