Nacen dos héroes
Frente a mí estaba la heroína más fuerte del mundo, la mujer más hermosa e inteligente que había visto jamás. La mujer cuyo cuerpo conocía a la perfección, pero a quien nunca tuve la oportunidad de tocar de la manera en que quería. De sus labios escuché muchas cosas hermosas, declaraciones de amor que no sonaban como declaraciones de amor; era algo que solo yo podía entender.
Nunca fuimos nada, pero nuestra relación llegó a tal nivel de intimidad que ya no necesitábamos palabras para entendernos. Sin embargo, tuvimos mucho tiempo para poner en palabras nuestros sentimientos sin temor... y aun así no fue suficiente.
Su sangre mancha mi camisa. Sus bellos labios pierden el color mientras ella se despide de mí con una sonrisa. Sus ojos se ven cansados y yo no dejo de llorar y lamentarme. No puedo creer que nunca tuve el valor de robarle un beso, de acariciarla mientras curaba sus heridas. Quisiera morir aquí y ahora junto a ella, pero no puedo. Debo seguir esta lucha que parece no tener fin.
Recuerdo cuando la vi por primera vez. Teníamos apenas ocho años. Muchos niños fueron vendidos por sus padres a la corona para someterlos a entrenamientos especiales. Todos éramos niños pobres, nacidos con habilidades útiles para afrontar la gran guerra que se aproximaba. El objetivo de la corona era formar un escuadrón de élite capaz de hacer caer reinos enteros.
Yo era el menor de siete hermanos. Creo que aún recuerdo el rostro de mi madre; no lo sé, la verdad. Recuerdo más su espalda, porque es lo último que vi antes de que dos guardias me llevaran hacia un gran carruaje donde había muchos niños. Unos lloraban, otros jugaban y charlaban, y yo tenía una sensación de incomodidad en el estómago, como un agujero que se hacía más grande con cada trote de los caballos.
Después de unos dos días de viaje, llegamos a un lugar parecido a un castillo, con grandes muros.
Hacía frío y un guardia nos dijo que entráramos a nuestro nuevo hogar. Era un pasillo largo con muchas camas, paredes blancas y luces brillantes. Niños y niñas estábamos en el mismo cuarto y compartiríamos el mismo baño y el mismo entrenamiento, sin diferencias.
Apenas llevábamos una semana ahí cuando se escucharon ruidos afuera de los muros. Orcos de fuego intentaban entrar. Todos empezaron a correr, pues no podíamos enfrentar algo así. Cuando intentamos buscar ayuda, nos cerraron la puerta en la cara y se escuchó una voz que exclamó:
—Solo los fuertes sobreviven al final. Son los únicos útiles en este mundo.
Eran simplemente Orcos de fuego hasta el guardia más débil podría acabar con todos y ellos eligieron simplemente observar.
La desesperación empezó a invadir a algunos; otros se resignaron a llorar. Recuerdo haber gritado:
—¡Todos vuelvan al dormitorio!
Todos corrieron hacia allá. Justo cuando iba a entrar, escuché a un niño de unos cinco años, el menor de todos, caído y llorando. Mi cuerpo reaccionó sin darme cuenta mientras corría hacia él. No podía dejar de pensar en todas las veces que ignoraron nuestros gritos, nuestros llantos, nuestro sufrimiento. Ni siquiera los niños estábamos a salvo en un mundo tan jodido como este.
Jamás en mi vida había sentido algo así. Era impotencia, rencor… ¿pero hacia quién? ¿A mis padres? ¿A mi reino? ¿A las personas? ¿A mí por existir? Sentía un ardor en el pecho que me quemaba.
De pronto, el muro se rompió y los Orcos entraron. Justo cuando uno de ellos levantó su mazo para acabar con el niño, llegué y me puse frente a él. Llamas azules salieron de mi cuerpo, haciendo al Orco caer hacia atrás. No entendía nada de lo que pasaba, así que tomé al niño y corrí, pero el suceso anterior puso la atención de los Orcos sobre mí.
Ya no tenía hacia dónde correr, así que me detuve y puse al niño detrás de mí. Le dije que todo estaría bien, que pronto acabaría y que, después de eso, nunca más volvería a sufrir. Él se limpió las lágrimas y asintió.
Lo abracé, cerré los ojos y me preparé para recibir el golpe.
Entonces escuché un sonido seco. Era como si algo estuviera rompiéndose. Abrí los ojos y una roca muy extraña me cubría como un escudo.
Y luego la vi.
Una niña de cabello castaño rizado y piel blanca. Su rostro estaba sucio y tenía una expresión de ira que no podía ocultar. Empezó a sacar rocas puntiagudas del suelo, que se clavaban en los Orcos y los inmovilizaban. Después se dirigió a las puertas del castillo e intentaba abrirlas usando rocas mientras lloraba.
Ese día nadie lo sabía, pero estaban viendo a la guerrera más fuerte de la Nación del Fuego. Quizás la más fuerte de toda la humanidad y, sobre todo, al amor de mi vida.
Mi heroína.
Mi mejor amiga.
Mi todo.