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Memorias de un friki

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Siempre he sido diferente a los demás. Nunca he compartido sus aficiones, su forma de ser. Siempre me he sentido un bicho raro. Hasta que encontré a más frikis como yo.Esta es mi historia... o el comienzo de ella.

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Óscar
Me presento. Me llamo Óscar Arnau y soy friki. Mi historia comienza hace muchos años. Ya desde pequeño era una persona diferente a los demás. No os penséis nada raro. No tengo tentáculos, ni un tercer ojo en medio de la frente ni nada por el estilo. Pero cuando yo era pequeño había... ciertos estándares de comportamiento que se supone que los niños y niñas seguíamos. Por ejemplo, a los chicos debía gustarnos jugar al fútbol, a la guerra y hacer el bruto. Y las chicas tenían que jugar con muñecas, saltar a la comba y jugar a cosas... más dulces e inofensivas. Y la verdad, yo nunca he comprendido que tiene de divertido dar patadas a un balón. En el colegio al que iba era muy habitual que en los recreos se jugara al fútbol, una clase contra otra, a pesar de que los profesores lo habían prohibido, para evitar que los niños (e incluso ellos mismos) tuvieran que ir esquivando pelotazos cada cinco segundos. Pero eran tantos los que se saltaban la norma, que al final había que hacer la vista gorda (era eso o acabar el curso con más balones requisados de los que se usan en un mundial). Mis compañeros jugaban habitualmente. Pero en mi caso lo más frecuente era que me dedicara a cambiar cromos de una de las decenas de colecciones que salían cada año. Otras veces me sentaba en una esquina del patio a leer algunos cómics que me compraba mi padre de vez en cuando o a jugar con las 'maquinitas de marcianitos' que tan de moda estuvieron en mi infancia (algo así como vídeo-consolas cutres que solo llevaban un juego ya instalado, generalmente con la misma pantalla siempre y solo cuatro o cinco posturas diferentes para los personajes y bichos que salían) hasta que acabara el recreo y tocara volver a clase. El día más feliz de mi paso por el colegio fue cuando abrieron una pequeña biblioteca en una de las aulas que quedaban vacías. Desde ese día, en vez de bajar al patio a pasear o ver como los demás jugaban al fútbol, me metía en la biblioteca a leer nada más terminaba de comerme el almuerzo. Disfrutaba con los libros de Elige tu propia aventura, que me los leía una y otra vez, tratando de sacar todos los finales. Y también con los cómics de Mafalda (aunque no entendía todas las críticas que se hacían), de Tintín y de Asterix, Mortadelo y Filemón, Rompetechos o Zipi y Zape. Vale, la oferta no es que fuera demasiado extensa, pero era mejor que nada. Sin embargo a los profesores tampoco les hacía gracia que hiciéramos esto. Querían que nos moviéramos, que hiciéramos alguna actividad física (sinceramente, ¿alguien era capaz de entenderlos? Yo creía que, hiciéramos lo que hiciéramos, les parecería mal). El tiempo del recreo tampoco era muy extenso, y no podía leer mucho, así que para poder disfrutar de esa biblioteca no me quedó más remedio que quedarme en el colegio después de clase. Aún me acuerdo del día en que les dije a mis padres que quería quedarme todos los días una hora más. Estábamos cenando, cuando saqué el tema. "Mamá, papá, ¿os importa si a partir del lunes vuelvo del colegio una o dos horas más tarde?" pregunté yo. "¿Tú? ¿Quedarte después de clase?" preguntó mi madre, mirándome como si estuviera loco. Y no era de extrañar. O sea, había actividades extraescolares, y algunos de mis compañeros se quedaban a menudo después de las clases, pero se limitaban al fútbol, y como ya he dicho, a mi nunca me había gustado. "Si, es que han abierto una biblioteca, y me quedaré a leer todos los días un poco," le expliqué. "Ah, ya me extrañaba a mi," dijo ella. "Pepe, dice tu hijo que si le damos permiso para quedarse todos los días un poco más en el colegio." "Lo que tu digas, cariño," dijo mi padre, que estaba en babia, como cada vez que había un partido de fútbol en la tele. "Pásala a ese, burro, que eres un burro," le chilló de repente a la televisión, como si pudieran oírle. "¿Y tu hermana que?" dijo entonces mi madre. "Ella aún es pequeña para volver a casa sola." Mi hermana Carol era dos años menor que yo (por aquel entonces, yo tenía trece años y ella once) y siempre volvíamos a casa juntos. "¡No soy pequeña!" se quejó Carol. "Pues no se, que se quede leyendo conmigo también un rato," sugerí yo. "¿¿¿Que??? ¿Leer?" gritó mi hermana. "Jo, que rollazo, no quiero." "Pepe, deja el fútbol un rato y atiende. ¿Que hacemos con los niños?" le dijo mi madre a mi padre. "¿Que pasa con los niños?" preguntó él. Mi madre se lo explicó, pues no se había enterado de nada. "Deja que el chico se quede, ya iré yo a por Carol si hace falta y que se quede en la tienda o en casa de mi madre." Y es que mis padres tenían un comercio en pleno centro de la ciudad, una tienda donde vendían muchos artículos para regalos (perfumes, maquillaje, bolsos, joyeros...). Estaba justo debajo de casa de mis abuelos, así que muchas veces, al salir de clase, en vez de ir a casa, íbamos allí y subíamos a su piso, donde nos quedábamos hasta la hora en que mis padres cerraban y volvíamos todos juntos a nuestro hogar. Y de esa forma, conseguí que me dejaran quedarme en la biblioteca todos los días un rato. Desde siempre me ha encantado leer, tanto cómics como libros. Para mi eran mejor compañía que muchas personas. Con ellos vivía aventuras llenas de magia, fantasía y acción. Casi delante de la tienda de mis padres estaba la librería Armengot, que tenía también una sección con material de papelería. De vez en cuando mi padre me enviaba a comprar grapas, celo y otras cosas para la tienda, y yo aprovechaba para sacarle dinero para comprarme algún libro. Un jueves por la tarde, se dio esa circunstancia. "Óscar, hazme un favor," me dijo mi padre. "Ve a Armengot a comprar un paquete de folios y unos rollos de celo, que se nos están acabando." "Vale," dije yo sin dudar. "¿Me das también mil pesetas para comprarme un libro?" "¿Ya estás otra vez pidiendo?" dijo mi madre. "¿Es que no tienes suficiente con la paga que te damos?" "Con eso apenas me da para nada," me quejé yo. "Claro, porque te lo gastas todo en las maquinitas de ahí delante," me reprochó ella. "Y no me gusta que vayas tanto a ese sitio." Mi madre se refería a Play, una sala de recreativos que había delante justo de la tienda y en la que pasaba mucho tiempo, sobre todo los fines de semana y en vacaciones. "Venga, déjalo, que es joven," dijo mi padre. Y me dio dinero de sobra, para que pudiese comprarme el libro. "Tu siempre malcriándolos, Pepe," le recriminó mi madre. Ese día dio la casualidad de que mi abuela estaba también en la tienda, como hacía a veces, que bajaba a echar una mano. "Óscar, ven, ven," me dijo, haciéndome señas. Me acerqué y le di dos besos, momento que ella aprovechó para meterme en el bolsillo disimuladamente otro billete de mil pesetas, a escondidas, como si me estuviese dando algo ilegal y no quisiera que mis padres se enteraran. "No se lo digas a tus padres," me dijo al oído. Al entrar a la librería fui primero a por lo que me había pedido mi padre (porque me conozco y cuando me pongo a mirar libros se me pasa el tiempo volando e igual me olvidaba de por que había ido realmente) y luego me fui a la sección de literatura juvenil, a ver que encontraba. Allí era donde estaban todos los libros de Elige tu propia aventura que tanto me gustaban. Repasé los que tenían y vi que no había ninguno nuevo, ya los había comprado todos. Así que decidí acercarme al mostrador para que el dependiente me aconsejara algo nuevo. Cuando llegué había una señora esperando a ser atendida. "Buenos días, señora," dijo muy amablemente el sr. Armengot. "¿En que puedo ayudarla?" "Busco una colección de libros que mida unos veinte centímetros de alto, quince centímetros de ancho y me ocupe más o menos metro y medio, con las cubiertas de un tono azul pastel." El hombre la miró extrañado. "Disculpe, pero no me suena ninguna colección así," le dijo. "¿Sabe el título?" "Ah, no. Me da igual que colección sea siempre que sea como le he dicho. Es que tengo un hueco en una estantería del salón de esas dimensiones que quiero llenar. Y el color hace juego con el de las paredes." "A ver si lo entiendo, ¿quiere usted unos libros para decorar su salón?" dijo el dueño de la tienda. "Si." "¿No va a leerlos?" "No. A mi no me gusta leer. Pero le darán un toque intelectual a mi casa." "Y ha de ser de veinte centímetros por quince centímetros y que en total todos los tomos ocupen metro y medio." "Si, y de color azul pastel." "Pues me temo que no tenemos ninguna colección de esas características. Ahora, si me disculpa, tengo otros clientes a los que atender. Pero puede usted pegar un vistazo por las estanterías a ver si ve algo que se acople a lo que busca." La mujer se fue murmurando algo que no pude entender, pero no parecía muy contenta. "Menuda paciencia ha de tener a veces," le dije yo al dependiente. "Uff, no lo sabes bien," me respondió él. "Usar los libros como decoración. Vaya herejía. Bueno, Arnau," me dijo dirigiéndose ya a mi por el apellido, como hacía siempre, "¿en que puedo ayudarte?" "Pues busco un libro nuevo, pero no se que coger. Los de Elige tu propia aventura ya los tengo todos." "Ah, pues si te gustan esos tienes otros que son muy parecidos. Puedes empezar otra colección. Por ejemplo, La máquina del tiempo, que además te ayudará a conocer algo de historia, o unos nuevos que han salido ahora, que se llaman Planea tu fuga de Tenopia. O si te gustan los de policías, tienes una colección llamada Resuelve el misterio. Todas esas colecciones son similares a Elige tu propia aventura." Mientras decía eso, se acercó a una estantería y fue sacando los libros que me comentaba. Yo les pegué un vistazo mientras él atendía a otras personas, pero no podía decidirme. Entonces el sr. Armengot terminó de atender a los clientes y volvió conmigo. "¿Que? ¿Te has decidido?" me preguntó. "Pues la verdad es que no," dije yo. "Las tres colecciones me gustan y no se por cual decidirme. Y solo tengo dinero para dos." "Pues vamos a hacer una cosa. Como tú y tu familia sois buenos clientes, te hago una oferta especial y te puedes llevar uno decada colección por el precio de dos." "¡¡¡Muchas gracias!!!" dije yo, con una sonrisa que me llegaba de oreja a oreja. Y más contento que unas pascuas me fui con tres nuevos libros bajo el brazo.

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