Leyó la descripción. Techos altos, cocina abierta de mármol, un estudio con vista al jardín y un cuarto principal con terraza privada. Todo en tonos blancos, grises y madera cálida.
Sin pensarlo demasiado, pulsó el botón de “agendar visita” y dejó sus datos.
Ese sería su nuevo comienzo.
Sonrió para sí, por primera vez desde aquella traición. Se sintió poderosa. El corazón aún dolía, pero ahora tenía una dirección. Una meta. Un plan.
Y no importaba que su historia con Daniel hubiese terminado de la forma más cruel. Ella no se derrumbaría. Ella florecería.
Y esta vez, lo haría sola.
Por suerte para Estrella, era sábado. Solo acudía a la empresa cuando algún diseño quedaba inconcluso, y esta vez, todo estaba en orden. Decidió quedarse un día más en el hotel, regalándose unas horas más de descanso, de distancia… y de reflexión.
Lo que no esperaba era que, apenas dos horas después de haber enviado sus datos de contacto para la posible compra de la casa, su teléfono sonara. Al otro lado de la línea, una voz femenina, cálida y educada, se presentó como la propietaria del inmueble. Le explicó con amabilidad las condiciones de venta, y Estrella, sin pensarlo dos veces, pidió agendar una visita esa misma tarde. Algo dentro de ella le decía que tenía que verla cuanto antes.
Al llegar al lugar indicado, la recibió una pareja de ancianos sonrientes, con aire sereno y nostálgico. Le contaron que pronto se mudarían a otra ciudad, más cerca de sus nietos, y que esperaban dejar la casa en buenas manos.
Pero fue al cruzar el pequeño portón de hierro n***o que Estrella se quedó sin palabras. El jardín delantero estaba aún más hermoso que en las fotografías: setos bien podados, flores en tonos cálidos, una fuente de piedra en el centro y un sendero de adoquines que conducía a la puerta principal. Todo irradiaba paz.
Y al entrar a la casa… simplemente lo supo.
La luz natural invadía cada rincón, los pisos de madera relucían con calidez y el aroma suave a jazmín flotaba en el ambiente. Las paredes blancas, los detalles modernos, y la distribución acogedora la envolvieron en una sensación que no había sentido en mucho tiempo: hogar.
Estrella no necesitó pensarlo más. Quería ese lugar.
Y así, con decisión y una sonrisa tranquila, cerró el trato ese mismo día.
Era su primer paso hacia una nueva vida. Una que, por primera vez en años, le pertenecía solo a ella.
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Cristian Rosales no era un hombre que se permitiera sentir mucho más allá del deber, el control y la estrategia. Su vida era una sucesión de decisiones calculadas, movimientos medidos y éxitos inevitables.
Y aun así, por primera vez en años, se sentía fuera de control.
Desde aquella noche en el hotel, no podía sacarse a Estrella Sánchez de la cabeza. Su piel, su voz entrecortada, sus jadeos… su entrega total.
Pero más que eso, lo que no dejaba de atormentarlo era el milagro que había sucedido esa noche.
Porque lo sabía perfectamente: con ninguna otra mujer había podido llegar tan lejos. Nunca.
Lo había intentado.
Dios sabe que lo había intentado.
Había tenido a modelos, herederas, socialités y mujeres dispuestas a hacer cualquier cosa con tal de estar en su cama.
Y sin embargo, al momento de la intimidad, su cuerpo le fallaba. Su mente se bloqueaba.
Su "gran ventaja", como algunas se atrevían a decir con picardía, se negaba a reaccionar.
Los médicos lo atribuían a una causa psicológica. "Estrés", decían. "Presión emocional".
Pero nada lo ayudaba.
Hasta ella.
Estrella.
La dulce, complicada e inesperada Estrella.
Solo con ella… su cuerpo despertó. Con violencia. Con necesidad. Con furia contenida de años.
Y ahora, no podía dejar de pensar en ella. En cómo había temblado bajo sus manos. En lo húmeda que estaba, en cómo lo había mirado con deseo y con entrega, sin juicio.
Como si solo existieran ellos dos en el mundo.
Cristian se encontraba de pie, apoyado contra el marco de la ventana de su oficina observando el horizonte de la ciudad… y sin embargo, por dentro, sentía que él ya se había rendido a ella.
Sacó su teléfono. El contacto seguía allí: Estrella (Número obtenido por la investigación de Roberto).
Pero no había mensajes. Ni llamadas.
Le había dejado su número. Y ella no lo había usado.
Cristian frunció el ceño. Parte de él estaba irritado. Él no era el tipo que esperaba. Él era el que elegía. El que disponía.
Y sin embargo, ahora… esperaba.
Porque, si era honesto consigo mismo, Estrella no era solo una mujer más.
Era la única.
La que, por una razón que aún no entendía, había desbloqueado algo en él que llevaba años muerto.
Y como si eso no fuera suficiente, ella tenía apellido. Historia. Poder.
Era nieta de Augusto Araya, parte del linaje que fundó la empresa automotriz más fuerte del país.
Prometida del maldito Daniel Serrano, sí. Pero eso podía cambiar.
Cristian apretó el teléfono con fuerza.
Marcó su número.
Una vez.
Dos.
Y colgó antes de que sonara siquiera.
—Maldita sea —murmuró, pasándose una mano por el cabello.
Su orgullo era un ancla. Pero el deseo lo estaba devorando.
Y no era solo físico. Era visceral. Era mental. Era necesidad.
Si Estrella era la única que podía hacerlo sentir hombre de nuevo… entonces haría lo que fuera para tenerla.
Porque esto ya no era un simple capricho.
Esto era algo más. Y esa noche en el hotel, lo había cambiado todo.
—No me hagas ir por ti, Estrella —murmuró, con una sonrisa ladeada—. Porque si voy… no pienso soltarte.
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Estrella se miró una última vez en el espejo del ascensor mientras subía al piso 17, donde se encontraba el área de diseño de la empresa CIA. Iba vestida de manera impecable: un pantalón de tela ajustado color crema, una blusa de seda negra y su cabello recogido en una coleta alta que dejaba ver su cuello largo y elegante. No quería parecer vulnerable. No después de todo lo que había vivido los últimos días.
El edificio le traía recuerdos contradictorios. La empresa la había visto crecer. Allí, desde muy joven, había acompañado a su madre y a su abuelo en juntas y presentaciones. Pero ella jamás quiso ser solo “la nieta de Augusto Araya” ni la “prometida del heredero Serrano”. Ella amaba el diseño automotriz, el olor del metal, la precisión de las líneas, la potencia de un motor que nacía primero en su cabeza como un boceto.
Aunque tenía acciones, nunca usó su apellido como carta de presentación. Prefería estar en los talleres, ensuciándose las manos, soñando con crear el próximo modelo revolucionario. Ese era su verdadero mundo.
Al llegar a su cubículo, fue recibida con algunas miradas curiosas. No se había presentado desde hacía algunos días y, aunque intentaron fingir normalidad, sabía que los rumores ya volaban como hojas en un vendaval. Pero no le importó. Encendió su computadora, abrió su tableta de diseño y se concentró en su trabajo.
Al cabo de una hora, decidió subir al piso 21, donde se encontraban algunos documentos técnicos que necesitaba para su proyecto. Pero al doblar por uno de los pasillos del corredor, se encontró con él.
—Estrella —dijo Daniel, sorprendido pero rápido para recomponerse. Su mirada oscura era la misma de siempre, pero había algo más en ella. Urgencia. Desesperación.
Ella lo miró como si no lo reconociera.
—No tengo nada que hablar contigo —le dijo con frialdad, y quiso seguir caminando.
—Espera, por favor. Solo escúchame un segundo —rogó él, y en un movimiento inesperado, la sujetó del brazo y la arrastró hacia una oficina vacía. Cerró la puerta con seguro.
—¡Estás enfermo! —gritó Estrella, zafándose de su agarre.
—Solo quiero hablar… ¡No fue lo que pensaste! —dijo, acercándose más, jadeante.
—¿Tener sexo con mi media hermana en nuestra cama no fue lo que pensé? —espetó ella con los ojos encendidos—. ¿Decirme mojigata? ¿Decirle que solo estás conmigo por obligación?
Daniel intentó tocarle el rostro, acariciarle el cabello como tantas veces antes. Pero esta vez ella retrocedió con firmeza.
—¡No me toques! —gritó, pero él no se detuvo.
—Te amo, Estrella. Fue un error, una estupidez. Estaba confundido. No quería lastimarte. ¡Te juro que tú eres la única!
Y sin más, se abalanzó hacia ella e intentó besarla.
En ese instante, algo explotó dentro de Estrella. La furia, la humillación, el dolor. Todo lo que había reprimido desde aquella noche lo convirtió en fuerza pura. Con una agilidad inesperada, levantó la mano y le cruzó una bofetada que resonó por toda la oficina.
—¡Eres un maldito traidor! —escupió con voz temblorosa.
Daniel la miró aturdido. Pero cuando quiso sujetarla de nuevo, Estrella levantó la pierna y le dio una patada directa entre las piernas.
Él se dobló sobre sí mismo, con el rostro rojo y gimiendo de dolor.
—Y eso —dijo ella, abriendo la puerta de la oficina con el rostro en alto— es por querer besarme con esa boca sucia.
Sin mirar atrás, Estrella caminó con paso firme por el pasillo. Algunos empleados se asomaron por los cubículos, sorprendidos por el escándalo, pero ella no se detuvo. No más sumisión. No más fingir que todo estaba bien.
Al regresar a su estación, tomó su bolso. Necesitaba aire. Libertad. Y tal vez… un nuevo comienzo.
Porque si algo había aprendido esos días, era que ella no pertenecía a nadie.
Y mucho menos, a un hombre como Daniel Serrano.