Después de aquella liberación tan intensa como necesaria, Cristian Rosales se recostó unos segundos sobre el respaldo del sillón de cuero. Respiraba con calma, pero su mente era un torbellino. ¿Quién demonios eras tú, ratoncita? Se preguntó, sin poder sacarse de la cabeza el fuego que ella había despertado en su interior. No era solo el sexo. Era su olor, sus gemidos contenidos, la forma en que su cuerpo respondía al suyo como si hubieran sido hechos para encontrarse esa noche.
Un suave golpe en la puerta lo devolvió a la realidad.
—Adelante —ordenó, abrochándose el cinturón con la precisión de quien nunca pierde el control.
Entró Roberto López, su asistente personal. Pulcro, eficiente, discreto. Justo como le gustaban sus empleados.
—Jefe, la encontré —dijo sin rodeos—. La chica con la que estuvo anoche es Estrella Sánchez.
Cristian alzó una ceja, interesado. Se sentó con soltura en su escritorio mientras Roberto le extendía una ficha digital en una tablet. Él la tomó con una mano y deslizó los dedos sobre la pantalla, mientras su mirada se afilaba con cada dato.
—Veamos... veinticuatro años. Diseñadora en la empresa CIA, especializada en automóviles de lujo... Nieta de Augusto Araya, uno de los fundadores de la empresa. Hija de José Sánchez y la fallecida Mariana Araya. Prometida de... —Roberto hizo una breve pausa— de Daniel Serrano, heredero de la otra mitad del emporio.
Cristian soltó una risa baja, profunda, como quien acaba de encontrar una joya en el barro.
—Vaya, vaya… —musitó, entrecerrando los ojos—. Al parecer, nuestra ratoncita no es tan inocente como parecía.
Releyó la información con creciente interés. Había algo fascinante en esa mezcla de fragilidad y fuego que la joven irradiaba. Y ahora, con este contexto... su cercanía a los Serrano, su linaje, y el evidente drama personal que implicaba su escapada a ese bar, todo cobraba sentido.
Cristian Rosales amaba los desafíos. Y Estrella Sánchez acababa de convertirse en uno.
—¿Algo más? —preguntó con calma, sin apartar la vista de la ficha.
—Hay rumores de conflictos internos en la empresa CIA, tras la muerte de Mariana Araya. Algunos dicen que el padre de la joven tomó control de las acciones de forma poco clara. Aparentemente, ella aún posee un pequeño porcentaje, pero no ha hecho uso de sus derechos.
Cristian sonrió con más amplitud. Intriga empresarial, herencias mal manejadas, un compromiso roto y una mujer que, sin saberlo, había sido su medicina y su perdición en una sola noche.
—Perfecto, Roberto. Quiero un informe completo sobre la situación legal de la empresa y un análisis de viabilidad si Estrella decidiera reclamar su parte. Y otra cosa…
—¿Sí, señor?
—Averigua si aún sigue hospedada en el hotel. Pero con discreción. Quiero saber todo de ella… y no quiero que lo sepa todavía.
Roberto asintió con un gesto breve antes de salir de la oficina.
Cristian se quedó solo, con la ciudad a sus pies y la imagen de Estrella grabada en su memoria como una llama difícil de apagar.
El juego había comenzado.
Capítulo 8. Comienzos
El sol ya estaba alto cuando Estrella terminó de vestirse. Se había dado una larga ducha caliente tratando de borrar los rastros de la noche anterior… pero no su recuerdo.
Tan desconocido… tan intenso… tan absolutamente inolvidable. Aún podía sentir la sensibilidad en su piel, como si sus caricias se hubieran tatuado en su cuerpo. Le costaba admitirlo, pero en lo más profundo de sí, había disfrutado cada instante. Cada beso, cada caricia, cada gemido que escapó de sus labios como si hubiese estado esperando toda la vida por ese momento. Era como si su cuerpo hubiese despertado de un letargo larguísimo solo para él.
¿C. R.? Las iniciales escritas en la nota seguían dando vueltas en su cabeza. Al menos tenía su número… pero después de todo lo que pasó, ¿realmente debía llamarlo?
¿Y qué le diría?
“Disculpa, gracias por lo de anoche, estaba ebria y solo buscaba consuelo”...
¿O algo peor?... “Eres muy sexy, ¿repetimos?”
Solo imaginarse iniciando esa conversación la hizo sonrojarse. No estaba lista para enfrentarse a esa mezcla de deseo, vergüenza y curiosidad. Guardó el número en su teléfono con las simples letras “C. R.” y lo dejó ahí… por ahora.
Ya decidiría más adelante qué hacer con él.
No podía quedarse anclada a lo que había sido solo una noche. No ahora. Tenía que pensar con claridad. Su mundo se había derrumbado en apenas 24 horas: descubrió la traición de su prometido, fue humillada por su madrastra y enfrentó la cruda verdad de que ya no tenía un verdadero hogar al cual volver. Todo lo que antes era seguro, ahora no era más que una fachada quebrada.
Sentada en la pequeña terraza privada de su suite, con una taza de café caliente entre las manos, miró hacia la ciudad con los ojos entrecerrados. La brisa le agitaba el cabello y por primera vez en mucho tiempo se sintió libre. ¿Dolida? Sí. ¿Confundida? También. Pero libre. Y con esa libertad, venía una nueva fuerza: la de reconstruirse desde cero.
Abrió su laptop con manos decididas pero ligeramente temblorosas. La noche anterior todavía palpitaba en su cuerpo como un eco difícil de ignorar, pero ahora su mente se enfocaba en otra clase de necesidad: retomar el control de su vida.
Había comenzado revisando algunos correos laborales, como cada mañana, pero pronto se encontró sumergida en una carpeta antigua de archivos. Era una colección que había mantenido intacta desde hacía años, como si tuviera miedo de profanar un recuerdo. Documentos escaneados, actas, viejos balances financieros… vestigios de un tiempo en el que su madre aún vivía y la empresa CIA no era solo un lugar de trabajo, sino una parte esencial de su historia familiar.
Suspiró con nostalgia mientras abría uno de los documentos legales. Las palabras "Acciones heredadas" resaltaban en el encabezado, casi como si el pasado la estuviera llamando a gritos. Sabía que tenía una participación minoritaria en la empresa, algo que había heredado directamente de su abuelo materno, Augusto Araya. Mariana Araya, su madre, había sido la principal heredera, pero tras su muerte, todo pareció diluirse como tinta en el agua.
Desde entonces, su padre había asumido el control, o al menos eso había dado a entender. Estrella nunca se involucró demasiado en los aspectos legales ni financieros. Por aquel entonces, su duelo había sido más fuerte que cualquier ambición. La tristeza la había sumido en una especie de inercia, permitiéndole a su padre tomar decisiones en su nombre sin oponer resistencia.
Pero ahora algo había cambiado.
Quizá era la sensación de independencia que comenzaba a florecer dentro de ella tras mudarse a su propia casa. Tal vez la intensidad con la que la vida parecía empujarla últimamente —desde encuentros inesperados hasta viejas heridas que volvían a sangrar—. O tal vez, simplemente, se había cansado de vivir bajo las decisiones de otros.
Miró la pantalla con detenimiento. Revisó contratos, observó fechas, nombres de accionistas, estructuras internas de la empresa. Todo estaba ahí, como un rompecabezas desordenado que de pronto tenía sentido. Y con cada documento que leía, algo crecía en su interior: un fuego. No de rabia, sino de claridad.
Si voy a reconstruir mi vida, pensó, tengo que empezar por recuperar lo que me pertenece. Por entender de verdad el legado que mi madre dejó.
El apellido Araya no era solo historia. Era identidad, era fuerza. Era algo que ella debía honrar, no dejar que otros manipularan a su antojo.
Cerró el último documento con una mezcla de determinación y vértigo. Aún no sabía exactamente cómo iba a enfrentar lo que venía, pero por primera vez en mucho tiempo tenía la sensación de estar dando un paso hacia adelante.
Hizo una lista rápida en su cuaderno de cuero:
Buscar asesoría legal sobre su parte accionaria en CIA.
Revisar el testamento de su madre.
Cambiar de residencia.
Ese último punto fue el que más le emocionó.
No podía —ni quería— seguir en ese hotel, por más lujoso que fuera. Y mucho menos volver a la casa donde vivía su madrastra, o al penthouse que había compartido con Daniel. Necesitaba su propio espacio. Su lugar. Su refugio.
Y entonces lo vio.
Había entrado por curiosidad a un sitio de bienes raíces de alto nivel. En la tercera página, ahí estaba: una pequeña casa de dos plantas, moderna, elegante, rodeada de ventanales, con un jardín discreto pero lleno de vegetación y una pérgola donde caía la luz del atardecer. Estaba ubicada en una zona residencial tranquila pero sofisticada, rodeada de arte, diseño y buenos cafés. No era una mansión, no era un castillo… era perfecta.