Capítulo 6. Ecos del placer (Cristian)

526 Words
Cristian Rosales exhaló una bocanada de humo mientras observaba, desde el piso 45 de su oficina en la Torre Rosales, cómo la ciudad palpitaba bajo sus pies. Las luces de los edificios brillaban como constelaciones artificiales, y el vaivén de los autos parecía marcar el pulso de una metrópolis que nunca dormía. Tenía apenas dos noches de haber regresado. Años atrás se había marchado al extranjero, primero para estudiar, después para expandir los negocios de su familia en Europa y Asia. Pero ahora estaba de vuelta, no por nostalgia… sino por poder. Desde hacía apenas una semana, había asumido formalmente el cargo de CEO del Grupo Rosales, un emporio hotelero de alcance internacional con inversiones en turismo, bienes raíces y, recientemente, en movilidad de lujo. Sin embargo, ese ascenso no fue sin condiciones. Su padre, Don Hernán Rosales, un empresario implacable, le había impuesto dos exigencias antes de cederle el control total: casarse antes de cumplir 31 años y producir un nieto en menos de cinco años. La presión era más que evidente. Su hermano menor, Óscar, de 28 años, no perdía oportunidad para dejarle claro que estaba listo para ocupar su lugar si fallaba. Y Cristian, aunque seguro de sus capacidades empresariales, tenía un talón de Aquiles que no compartía con nadie. Las mujeres. O mejor dicho, su cuerpo frente a ellas. No importaba cuán atractivas, seductoras o dispuestas fueran. Siempre que intentaba intimar, su cuerpo le fallaba. Médicos, terapeutas, incluso hipnosis… nada funcionó. El diagnóstico era claro: no era físico. Era psicológico. Una desconexión inexplicable entre su mente y su deseo. Una frustración silenciosa que lo atormentaba más de lo que aceptaba. Y sin embargo… la noche anterior había sido distinta. Estaba en el bar del hotel, solo, bebiendo sin expectativas, cuando ella apareció. Cabello oscuro, mirada herida y labios que suplicaban olvido. No intercambiaron muchas palabras, pero la química fue instantánea. No entendía cómo ni por qué, pero su cuerpo reaccionó a ella con una intensidad casi salvaje. No solo pudo… lo disfrutó. Cada segundo, cada gemido, cada temblor de su cuerpo contra el de ella. Y ahora, al recordarlo, una oleada de deseo subió por su espina dorsal como un incendio incontrolable. Sintió el bulto endurecido en su pantalón luchar contra la tela, buscando escape. “Maldición…” murmuró entre dientes, apagando el cigarrillo con fuerza. Caminó con paso rápido hacia la sala privada contigua a su oficina. Cerró la puerta tras de sí y se apoyó contra la pared, respirando con dificultad. Se llevó una mano al rostro. ¿Qué diablos le estaba pasando? Pasó de años de impotencia emocional a estar obsesionado por una mujer cuyo nombre ni siquiera conocía. ¿Qué tenía ella? ¿Su aroma? ¿Sus gemidos? ¿La forma en que lo miraba sin miedo ni expectativa? Cristian bajó la mirada hacia su pantalón, ya evidentemente tenso. Con un gruñido reprimido, abrió el cinturón, y mientras se dejaba llevar por el recuerdo de su piel suave, sus labios húmedos y su entrega absoluta, se dejó caer sobre el sofá de cuero. No era solo sexo. Era liberación. Y por alguna razón desconocida, ella lo había despertado.
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