Brett la guió, sin decir palabra, hasta un rincón más apartado de la playa, resguardado por una formación rocosa y sombras que la luna no alcanzaba a disolver del todo. El mar estaba a pocos pasos. La espuma lamía sus pies, como un testigo silencioso de lo que estaba por suceder.
Poliana caminaba delante de él. El viento alborotaba su cabello y levantaba el dobladillo del deseo en cada centímetro de su piel.
Brett la alcanzó por detrás y le tomó la mano. La volvió hacia él con una lentitud reverente. No había prisa, solo un hambre tan antigua como el tiempo que habían pasado separados.
—Estás temblando —murmuró, aunque el calor de la noche envolvía todo menos el miedo entre ellos.
—No tengo frío — susurró ella, pero el escalofrío que recorrió su piel al decirlo era de otra cosa. De anticipación. De un vacío que solo él había conocido llenar.
Él la besó. Al principio fue solo un roce, como la espuma que apenas tocaba la arena en cada ola. Luego, más firme. Sus labios la envolvieron con una mezcla de suavidad y urgencia. Poliana suspiró, rindiéndose, y sus dedos buscaron el cuello de su camisa abierta.
Brett se inclinó para besarle la clavícula, los hombros, bajando con lentitud desesperante por su pecho hasta besarla por encima del bikini. La sujetó de la cintura, y ella sintió cómo las rodillas le flaqueaban.
—Tú me rompiste, Poliana —susurró él entre besos lo suficientemente bajo para que ella no escuchara, mientras bajaba una de las tiras del bikini—. Y aun así... siempre supe que volverías a ser mía.
Ella no respondió. Su respiración era lo único que podía ofrecer. Él se arrodilló frente a ella, en la arena húmeda, y le besó el vientre. Su lengua húmeda y caliente jugueteó por unos segundos sobre su ombligo, haciéndola respingar.
—Déjame mirarte —pidió.
Ella, temblando, asintió. Brett bajó lentamente la parte inferior del bikini. El sonido de la tela deslizándose por su piel la hizo contener la respiración. Luego, con los labios entreabiertos, él la contempló como si viera un secreto revelado al fin.
La tocó con sus dedos primero, suaves, trazando círculos entre sus muslos mientras sus labios seguían la misma ruta. Era una caricia marcada por la sal del mar y la adoración acumulada por años.
Poliana se arqueó hacia él, con un gemido contenido que el mar se tragó. Hundió las manos en su cabello, lo atrajo más cerca, perdió el norte y el pudor. Brett la adoró con la boca como si fuera un rezo pagano, mientras el mundo se reducía a ese instante, ese sabor, ese sonido.
—Brett... —susurró su nombre entre jadeos rotos—. Te necesito...
Él se incorporó sin apartar los ojos de los suyos. Se deshizo del pantalón mojado en un solo movimiento y la abrazó con una urgencia temblorosa. La llevó hasta el suelo con cuidado, sobre su camisa extendida como una manta improvisada.
—No quiero que esto sea solo deseo —dijo él, con la voz ronca. Le acarició el rostro con manos temblorosas. Le parecía imposible que ella le quisiera luego de haberla abandonado por tanto tiempo—. Pero si solo tengo esta noche, quiero que lo recuerdes como si el mundo se acabara aquí, en este instante.
Él bajó la boca por su clavícula, por el arco de un seno que latía bajo el tejido del bikini, deteniéndose justo donde el corazón de ella golpeaba con fuerza.
—Tengo miedo de amarte —susurró contra su piel, mientras sus dientes tiraban con delicadeza de la tira del sostén—. Y aún así… no dejo de anhelarte.
Le besó con suavidad los parpados. Sus manos se aferraron a su rostro, a su cabello, a la nuca, trazando un mapa de nostalgia. Poliana respondió con la misma urgencia, arrastrándolo más cerca, como si el espacio entre sus cuerpos fuera una ofensa.
No era un reclamo. Era un hecho, simple y devastador como el mar que lamía sus pies.
Poliana no pudo responder. El aire le ardía en los pulmones, las palabras se le ahogaban en la garganta. Brett se arrodilló en la arena, como un penitente ante su santa, y le besó el vientre con una devoción que le partió el alma, subiendo por sus costillas hasta volver a su boca y besarla nuevamente. Se inclinó y lo tomó su pezón con la boca entera, lamiendo pezón como si fuera una fruta madura, mientras su mano libre descendía por su abdomen, marcando cada costilla, cada músculo tenso.
Un dedo se deslizó por su centro, lento, midiendo cada centímetro de humedad. Poliana jadeó, con las piernas temblorosas. Hundió un dedo hasta el nudillo. Brett añadió un segundo dedo, curvándolos hacia arriba, buscando ese punto para brindarle más placer, Cuando lo encontró, Poliana abrió los ojos con sorpresa y se sacudió bajo una descarga, dejando las marcas de uñas rojas en sus brazos. Poliana gimió, avergonzada y excitada por igual. Pero él siguió torturándola hasta hacerla quebrarse en un potente climax. Poliana respiró agitada, perturbada por el placer que le atravesaba el cuerpo desde la punta de los pies hasta la coronilla de su cabeza.
La erección de Brett saltó libre, gruesa y curvada hacia el vientre, con la punta ya brillante. Brett se frotó contra su entrada, embadurnándose de su humedad, pero sin penetrarla. Él sonrió al sentir cómo se abría para él, como una flor nocturna que solo florecía bajo sus manos.
Él se hundió de un empujón. El grito de Poliana se perdió en el rugido del mar. Brett se quedó inmóvil, incómodo, con los dientes apretados, dejando que se adaptara a su tamaño. Cuando por fin empezó a moverse, lo hizo con embestidas profundas.
—Aquí… —jadeó Poliana, guiando sus manos hacia sus pechos—. Aprieta…
Brett obedeció, pellizcando los pezones al ritmo de sus empujes, haciendo que ella se doblase como un arco. El sudor les cubría la piel, mezclándose con la sal del mar.
Poliana lo envolvió con piernas y brazos, clavando las uñas en su espalda, marcándolo como si temiera que se esfumara. No se movieron de inmediato. Solo respiraron juntos, latiendo al mismo ritmo.
Él la acariciaba con la palma entera, como si quisiera memorizar su geografía. Poliana lo envolvía, con los ojos entrecerrados por el placer.
—Eras mía —susurró él junto a su oído—. Siempre lo fuiste.
Él embistió más fuerte, más hondo. El oleaje golpeaba cerca, como un aplauso salvaje a su unión. Poliana gritó su nombre cuando la ola del clímax la partió por dentro, y él vino con ella, enterrando el rostro en su cuello, con los dientes apretados y el alma hecha pedazos entre sus manos.
Brett la agarró de las caderas y se hundió hasta el fondo, sin ritmo, sin control, hasta que Poliana se rompió en dos.
—Ahora— ordenó, y ella explotó en un grito que partió la noche.
Brett la sostuvo mientras convulsionaba, siguiendo, moviéndose dentro de ella para prolongar su espasmo. Cuando finalmente se dejó llevar y enterró la cabeza su cuello y descargó toda su simiente. Quedaron ahí, enredados, bajo la luna, sobre la arena, con la sal de sus cuerpos mezclada con la del mar.
El silencio posterior no fue incómodo.
Brett se acostó de lado, observándola con ternura. Su mano trazaba líneas suaves sobre su espalda desnuda, como si no quisiera dejar de memorizarla. Poliana estaba recostada sobre su pecho, en silencio, con la mirada perdida en el cielo estrellado.
—Estás muy callada —murmuró él.
Ella tardó en responder. La voz se le formaba en la garganta, pero no sabía por dónde empezar. Hasta que lo hizo. Despacio, con miedo.
—Hay algo que debo decirte… algo que debí haberte dicho hace mucho.
Brett la miró con atención, notando cómo su cuerpo se tensaba, como si se preparara para ser herida.
—Lo que pasó… aquella noche, la primera vez que estuvimos juntos… —susurró ella—. Cuando te drogué.
Él no se movió. No frunció el ceño ni se apartó. Solo la miraba.
—No lo hice por crueldad, Brett. No porque quisiera lastimarte. —Su voz se quebró apenas—. Lo hice porque tenía miedo. Porque estaba desesperada. Porque ese matrimonio, al que me arrastraron, era mi única opción de sobrevivir. Y tú… tú eras un extraño que podía convertirse en mi peor infierno. Solo quería tener una pequeña ventaja. Algo de control. Quería que funcionara… aunque fuera un engaño.
Brett cerró los ojos por un instante. No habló. Solo dejó que el viento hablara por él.
Poliana tragó saliva, la vergüenza le subía por la garganta como agua salada.
—Sé que estuvo mal. Sé que fue una traición. Pero no sabía qué más hacer. Estaba sola, y me sentía atrapada. Pensé que si… si podía empezar esa noche con un poco de poder sobre ti, el resto no sería tan terrible.
—¿Y lo fue? —preguntó él al fin, con voz baja.
Ella giró el rostro para mirarlo. Sus ojos brillaban con lágrimas que no caían.
—Sí. Lo fue. Porque tú no eras el monstruo que yo temía… pero yo sí me convertí en algo que no quería ser.
Brett soltó el aire que había contenido. Sus dedos, que seguían acariciándola, se detuvieron por un momento, y luego reanudaron su recorrido con una suavidad aún más consciente.
—No tienes idea de cuánto me dolió esa noche —dijo finalmente, con la voz ronca—. No solo por lo que hiciste… sino porque quería estar en mis cinco sentidos la primera vez que te hiciera mía y no fue así. Pero te prometo que, no tendrás que planear más cosas para hacer que me meta en tu cama, Poliana…
Poliana se incorporó un poco, apoyándose en su codo. El cabello caía sobre su hombro desnudo, enmarañado por el viento.
—Siento algo muy extraño contigo, Brett… algo que no sé nombrar —susurró—. Como si… en otra vida ya nos hubiéramos encontrado. Como si esta conexión estuviera escrita en otro tiempo… ¿te pasa lo mismo?