Un fantasma reaparece

1262 Words
La arena se les desprendía de la piel mientras subían la colina hacia la villa, riendo como cómplices de un crimen perfecto. Ahora ella iba desnuda bajo la camisa, por lo que Brett la vistió con su camisa y empezaron a regresar a la villa. —Tienes el pelo lleno de sal —murmuró Brett, arrancándole una sonrisa a Poliana al soplarle una mota blanca que brillaba bajo la luna. —Y tú tienes mi bikini destrozado en tu bolsillo —respondió ella, fingiendo un tono de reproche que nadie creería. Se detuvieron en medio del sendero, sin razón alguna más que las ganas de seguir tocándose. Brett la empujó contra un olivo y sus manos encontraron su cintura como si ya pertenecieran ahí. Poliana le mordió el labio inferior, jugando a quejarse cuando él la levantó en brazos como si pesara menos que el viento. —Brett… —protestó entre risas, aunque sus piernas ya se enredaban alrededor de él. —Cállate —susurró él, pero la sonrisa en su voz delataba que esta era una orden que nunca obedecería. La puerta de la villa se abrió con un chirrido. Ambos entraron a tropezones, se oyó un fuerte golpe y finalmente ambos cayeron en la cama, luego una risa larga de Poliana y finalmente los suspiros de ambos entre jadeos. El sol de la mañana se colaba entre las persianas, pintando rayas cálidas sobre la piel desnuda de Poliana. Brett ya estaba despierto, apoyado en un codo, mirándola como si temiera que el recuerdo se desvaneciera con el sueño. Ella abrió un ojo, luego el otro, y su boca se curvó en una sonrisa lenta, perezosa. —¿Cuánto tiempo llevas ahí espiándome? —su voz era ronca y sueño. Brett le pasó un dedo por el hombro, dibujando caminos invisibles. —Hora y media. Estabas roncando como un motor de barco. —¡Mentiroso! —Poliana le lanzó una almohada, pero él la esquivó con una risa baja, atrapándola de muñeca y tirando de ella hacia su pecho. —Buenos días, princesa. Ella le respondió con un beso suave. … La cocina se convirtió en su territorio. Brett, con nada más que un pantalón de lino blanco colgando de sus caderas, revolvía huevos en la sartén como si fuera un chef de cinco estrellas. Poliana, envuelta en su camisa, robaba trozos de fruta del plato. —¡Ladrona! —él le dio un leve golpe con la espátula—. Espera tu turno. —No sé qué dices —murmuró ella, con la boca llena de mango—. No hay pruebas. Brett la miró con falsa severidad. —Tienes jugo en la barbilla. Criminal convicta. —¿Y qué piensas hacer al respecto, guardián de los huevos? Él se inclinó y le lamió el jugo de la barbilla con un gesto exagerado, haciéndola reír mientras lo empujaba. Huyendo de él, se acercó a la estufa y miró las tortillas de huevo. —Dios mío, ¿estás haciendo tortitas en forma de...? —No —cortó él, volteando rápidamente la tortita con la espátula—. Son círculos imperfectos. Defecto de fabricación. Poliana se colocó por detrás y le abrazó la cintura, apoyando la barbilla en su hombro. La tortita en la sartén tenía el contorno sospechosamente de un corazón —Mentiroso patológico —susurró, mordisqueando su oreja—. Es un corazón. Brett resopló y volteó la tortita con violencia exagerada, partiéndola justo por la mitad. —Ahora son dos semicírculos. Problema resuelto. Poliana negó entre risas y se estiró para alcanzar la miel y el dobladillo de la camisa que traía puesta se enganchó en el cajón. —¡Ay! —la tela cedió con un desgarro dramático, revelando un moretón en su muslo derecho con forma sospechosa. —Vaya —Brett silbó, sirviendo el café—. Parece el mapa de Portugal. —¡Es tu culpa! —Poliana intentó cubrirse con una mano—. Esas rocas de ayer... —¿Las rocas o lo que hicimos sobre ellas? —él le pasó una taza, riendo con burla. Ella tomó un sorbo y tosió. —¿Qué demonios es esto? —Café. Con un toque de... algo portugués. —¡Es sal! —escupió sobre el suelo. Brett se encogió de hombros. —Lo pediste anoche. "Cafézinho diferente", dijiste. A lo mejor era el orgasmo hablando. Poliana intentó vengarse. Agarro la jarra de leche con aire triunfal. —Quero... mais... leite... por favor? —dijo, destrozando el portugués con acento de telenovela mexicana. Brett se llevó las manos al pecho. —Dios mío. Eso fue tan errado que casi me duele físicamente. —¡Pregúntale a tu amigo João! ¡Seguro él me entiende! —insistió, arrojándole un vaso de agua en la cara. —João se retiraría a un monasterio si te oyera. Poliana se apresuró en terminar el desayuno. Estaba hambrienta. —Vamos, Poliana. Tengo un plan increíble para hoy. —Sí, ¿qué es? —preguntó intrigada. Brett dejó el folleto sobre la mesa de noche, junto a un par de botas de montar nuevas con la talla exacta de Poliana. —¿Caballos? —arqueó una ceja. —Es excitante montar a caballo—respondió él. Poliana se quedó inmóvil. Ese detalle no estaba en ningún diario. —¿Sí? —preguntó dudosa. Brett se acercó y le tomó la mano, colocándola sobre el folleto. —Vamos, lo haremos juntos. Luego de media hora, Brett y Poliana entraron al rancho del viejo Joao. Los caballos no eran blancos. Eran fantasmas de sal, con crines trenzadas y ojos que reflejaban el horizonte rosado. El guía, un viejo con acento, le pasó las riendas a Poliana: —Él se llama "Saudade" —señaló el macho—. Y ella "Fado". Como la música. Brett sonrió. —Monta —le dijo a ella, ayudándola a subir—. Antes de que preguntes: sí, sé que tienes miedo a las alturas. Por eso elegí esta playa. La bajamar es plana como un espejo. Poliana lo miró desde arriba, mientras el viento movía su pelo como un estandarte. —¿En serio crees que me asustaría con algo que tú controlas? Y entonces, sin aviso, azuzó al caballo. Brett la siguió con los músculos tensos por el esfuerzo de no alcanzarla demasiado pronto. Quería verla libre, riendo como no lo hacía desde hacía años. Cuando por fin los caballos se nivelaron, él gritó sobre el viento: —¡Sigue así! —¿Cómo? —ella giró el rostro, radiante. —¡Incontrolable! ¡Y yo siempre iré detrás, como un idiota! Poliana soltó las riendas y extendió los brazos como alas. Brett contuvo el aliento. Era la misma pose de la foto que llevaba en su billetera desde la universidad. Horas después, mientras desmontaban, el guía les ofreció un sobre amarillo. —Para la dama. Dentro había una foto polaroid de ellos cabalgando, tomada desde lejos. En el margen, escrito con letra temblorosa: "Saudade es nostalgia. Fado es destino. Ustedes son ambos." Poliana guardó la foto en su bolsillo trasero. Sin darse cuenta, dejó la mano ahí todo el camino de vuelta. Sin embargo, alguien la detuvo abruptamente. Brett había quedado atrás, todavía hablando con el viejo Joao y el guía. —¿Poliana? ¿Eres Poliana? ¡Definitivamente eres la zorra que intentó estafarme! Un hombre alto, con gafas de sol y una cicatriz que le serpenteaba desde la ceja hasta la mandíbula, se acercaba con expresión molesta. Poliana retrocedió instintivamente. ¿Quién era ese hombre?
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