Ella retrocedió y el corazón le latió con fuerza contra las costillas. No lo reconocía. Ni su rostro marcado por la cicatriz, ni su acento francés cortante como cuchillo. Pero algo en su tono, en la forma en que pronunciaba su nombre, le heló la sangre.
—Disculpe, pero debe confundirme con alguien más —logró decir, aunque las palabras le temblaron al final.
El hombre se rio seco y sin humor. Se quitó las gafas de sol con un movimiento brusco, revelando unos ojos azules tan fríos que parecían de vidrio.
—¿Ah, sí? ¿Entonces no eres Poliana Salinas, la hija del estafador de las Salinas? ¿La misma que juró amarme mientras su padre vaciaba mis cuentas?
El nombre de su padre cayó como un ladrillo sobre su pecho. Poliana abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Ese hombre la conocía. Y, lo que era peor, él había estado prometido a ella. ¿Por qué no lo recordaba? ¿En qué momento había pasado aquello?
—No... no recuerdo —murmuró, pero una punzada de dolor le atravesó los ojos.
—Claro que no —escupió el francés—. Conveniente, ¿no? Tu padre muere, el dinero desaparece, y tú te haces la amnésica. Pero yo no olvido, chérie. Sobre todo, no olvido que me dejaste plantado en el altar como un idiota.
El mundo pareció inclinarse bajo los pies de Poliana. El altar. Esa palabra desencadenó algo: el destello de un vestido blanco, el sonido de cristales rompiéndose, una voz gritando...
—¡Poliana!
Brett apareció a su lado como una tormenta hecha hombre. Su cuerpo se interpuso entre ella y el francés, con los hombros tensos y las manos ya en puños.
—Lucien —gruñó, y el nombre sonó como una maldición.
El francés —Lucien Beauvais— arqueó una ceja, la cicatriz se retorció en su rostro como algo vivo.
—Ah, Avery. Qué sorpresa. Aún sigues a esta... mujer, veo, como su buen perrito faldero —dijo, con una sonrisa que mostraba demasiados dientes—. Aunque supongo que ahora tiene excusa para sus mentiras.
Brett no se inmutó.
—No tienes idea de lo que pasó, Beauvais.
—¡Sé que su padre robó medio millón de euros de mi familia! —rugió Lucien y la máscara de elegancia cayó de golpe—. Y sé que ella huyó cuando todo se derrumbó. ¿O me vas a decir que no lo sabías, pobre diablo?
Poliana sintió que la arena se movía bajo sus pies. Medio millón de euros. Su padre... ¿un ladrón?
Brett se volvió hacia ella, buscando sus ojos con urgencia.
—Poliana, no escuches.
—¡Quiero saber! —gritó ella, y su propia voz le sonó ajena—. ¿Quién es este hombre? ¿Qué... qué hizo mi padre? ¿Qué le hice yo?
Lucien soltó una risa amarga.
—Ah, esto es delicioso. ¿Ni siquiera te acuerdas cómo te supliqué que me devolvieras el dinero todas las noches y llamaba como un loco al despacho de tu padre? —avanzó un paso, pero Brett lo detuvo con un brazo—. Tu padre invirtió mi dinero en negocios volátiles. Cuando lo descubrí, cancelé la boda. Y tú... tú simplemente desapareciste.
Poliana miró a Brett, buscando una negación, una explicación. Pero lo que vio en sus ojos la paralizó: confirmación.
—Es verdad —susurró él—. Pero no como él lo cuenta.
Lucien se ajustó las mangas de la camisa con un gesto fingidamente casual.
—Bueno, esto ha sido entretenido, pero tengo negocios que atender. Poliana... haré que cada maldito centavo que me debes, me lo pagues —hizo una burla de reverencia—. Brett, no cambies: sigues siendo el perro faldero de turno.
—Te los pagaré —aseguró Brett.
Lucien sonrió burlón y se alejó por la playa, pero tras unos pasos, se volvió.
—Ah, y Poliana... —dijo, con una sonrisa que heló la sangre—. Si de verdad no recuerdas, ¿no deberías estar enojada con tu querido Brett por haberte ocultado la verdad? Te manipuló.
Poliana se desplomó en la arena, las piernas se negaron a sostenerla. Brett cayó de rodillas frente a ella, con las manos temblorosas.
—Escúchame —su voz era áspera—. Sí, tu padre perdió dinero de los Beauvais. Pero no lo robó. Fue una inversión fallida. Y cuando Lucien te dejó, tú...
—¿Qué? —las lágrimas le quemaban los ojos—. ¿Qué hice?
Brett tragó saliva. El viento arrancó un gemido de sus labios.
—¿Y por qué no me acuerdo de nada?
—No lo sé, Poliana. Cuando te busqué luego del escándalo de tu padre ya no recordabas ciertas cosas y entre esas ya no estaba yo, ya no me recordabas.
Ella miró sus propias manos, temblorosas. ¿Era eso posible? ¿Borrar tu propia vida porque el dolor era demasiado?
—Fui a detener la boda. —Levantó la mirada, y por primera vez, Poliana vio el dolor crudo en sus ojos—. Sabía que Lucien solo quería tu apellido, tu conexión. Y sabía que tu padre estaba enfermo... que no le quedaba mucho tiempo. No podía dejarte casarte con ese canalla.
Poliana sintió un vacío en el pecho. ¿Había sido así de ciega? ¿Tan egoísta?
—¿Y qué pasó después?
Brett se pasó una mano por la cara.
—Me viste llegar... y me echaste. Dijiste que eras una Salinas, que jamás te rebajarías a estar con un pobre becario.
El golpe fue físico. Poliana se encogió, como si las palabras le hubieran quemado la piel.
—No... —negó, pero era inútil. No lo recordaba, pero algo en su interior reconocía la verdad.
—Sí. Y luego, cuando todo se derrumbó, cuando tu padre murió, desapareciste y finalmente te encontré.
Poliana se llevó las manos a la boca, ahogando un gemido. ¿Cómo podía vivir con esto? ¿Cómo podía mirarlo a los ojos sabiendo lo que había hecho?
—¿Por qué? —la voz le quebró—. ¿Por qué te quedaste? Después de todo lo que hice... después de cómo te traté...
—Quería vengarme, Poliana. Lo juro por Dios que eso quería. Pero no eras la misma, así que era como si estuviera castigando a alguien inocente. Me sentía fatal, pero mi orgullo estaba herido por tu desprecio y solo quería rebajarte como tú lo hiciste conmigo.
Brett se arrodilló frente a ella, pero no la abrazó. Esta vez, tenía que ser ella quien cruzara la distancia.
—¿Qué hago ahora? —preguntó, mirándose las manos como si esperara ver sangre—. ¿Cómo se vive sabiendo que fuiste el monstruo de alguien?
Brett extendió su mano, palma arriba.
—Se vive un día a la vez. Y se elige ser mejor.
—¿Y si la Poliana de antes regresa? —preguntó mientras las lágrimas dibujaban caminos salados en su rostro—. ¿Si vuelvo a ser esa mujer fría que te rompió los poemas y el corazón? ¿Me amarías igual?