Ecos del pasado

1420 Words
Siete años atrás. El campus, con sus columnas góticas y jardines perfectamente cuidados, parecía un tablero de ajedrez donde las piezas ya estaban marcadas: los ricos mandaban, los becarios obedecían. Y Poliana Salinas lo sabía. Era una Salinas, después de todo. Caminar con la barbilla en alto, usar tacones incluso en la biblioteca, y nunca —jamás— pedir disculpas, formaba parte del contrato no escrito de su cuna dorada. Aquella tarde, sin embargo, algo cambió. —Ese asiento está reservado —dijo Poliana sin mirar al chico que se había sentado frente a ella en la sala de estudio del ala este, la de los ventanales con vistas al jardín central. El muchacho levantó la vista de su cuaderno. Tenía unos ojos verdes como el musgo húmedo tras la lluvia, y una sonrisa que parecía hecha más de paciencia que de simpatía. —No hay ningún cartel —respondió sin inmutarse—. Y creo que los libros tampoco tienen apellido, ¿no? Poliana frunció el ceño. Estaba acostumbrada a que los becarios bajaran la mirada, no a que le devolvieran la palabra. Se fijó por primera vez en él: ropa sencilla, sin marca visible, cabello revuelto como si no hubiera tenido tiempo para peinarse, y una mochila raída que parecía a punto de rendirse. —Eres nuevo —declaró como si fuese una acusación. —Cuarto semestre. Beca completa. Brett Avery, para que no tengas que llamarme “becario” —dijo, y volvió a su cuaderno. Poliana sintió algo extraño. No molestia. Desafío. Como si alguien acabara de empujar una pieza en su tablero. —Salinas. Poliana Salinas —dijo, y solo entonces se permitió mirarlo bien. No era guapo en el sentido clásico. Tenía un rostro anguloso, casi severo, con una mandíbula fuerte y una cicatriz pequeña en la ceja izquierda que le hacía querer tocarla. Durante semanas, se encontraron siempre en el mismo sitio. Al principio discutían por tonterías: por quién hacía más ruido al escribir, por quién tenía mejores apuntes de estadística, por si la meritocracia era un mito o una realidad. Pero lentamente, la dinámica cambió. —No todo se consigue con dinero, ¿sabes? —le había dicho Brett un día, sin levantar la voz. Poliana lo miró con un aire entre divertida y cruel. —No todo, pero casi todo. El resto se puede alquilar. Él no respondió. Cerró el cuaderno, se puso de pie y le dedicó una mirada fría. —Espero que un día entiendas cuánto daño puede hacer esa forma de pensar. Y se fue. Fue la primera vez que alguien la dejaba hablando sola. Esa noche, Poliana no pudo dormir. Dio vueltas en su cama de sábanas de seda, preguntándose por qué la mirada de ese becario se había quedado clavada en su pecho como una espina. Al día siguiente, él no fue a la biblioteca. Ni al siguiente. El tercero, ella lo encontró afuera del edificio de ingeniería, ayudando a cargar unas cajas. Su camisa estaba manchada de sudor y tierra, y su sonrisa era franca con los demás. Cuando la vio, se le borró el gesto por completo. —¿Vienes a burlarte de mí ahora? —le preguntó con el ceño fruncido. —Vengo a disculparme —dijo ella, como si las palabras le supieran a óxido. Él se rió. —¿Sabes que no tienes que humillarte para hablar conmigo? —No lo hago por ti —dijo ella, tozuda—. Lo hago por mí. Brett la miró entonces de otra forma. No como al hielo que le quemaba los dedos, sino como quien ve una grieta en un yeso perfecto. —¿Y por qué lo haces? —Porque no quiero que seas uno más de los que me odian. —Entonces vas a tener que dejar de actuar como si el mundo te debiera algo, Salinas. —No sé ser de otra forma. —Entonces aprende. Desde ese día, su relación cambió. No se volvieron inseparables —no aún—, pero empezaron a verse fuera de la biblioteca. Caminaban juntos al comedor. A veces discutían de política. Otras veces callaban durante horas, compartiendo libros y silencios. Poliana se burlaba de su forma de vestir; Brett la provocaba hablando de revoluciones y derrumbes de imperios. Había una tensión constante, un tira y afloja que los mantenía en una órbita peligrosa. Una noche, en el estacionamiento del campus, mientras esperaban la llegada del chofer de ella, Brett le prestó su abrigo porque hacía frío. —No necesito tu lástima —murmuró ella, con la prenda sobre los hombros. —No es lástima. Es cortesía. Aunque sé que para ti es más fácil aceptar un abrigo de cashmere que uno de segunda mano. Poliana bajó la mirada. No dijo nada. —Y, aun así —añadió él— te lo pusiste. Hubo una pausa. Una larga, eléctrica pausa. —No sé si me gustas, Brett —dijo ella con voz chillona y casi burlándose—. O si solo me gusta cómo me haces sentir. Él la miró fijamente. —Estás... diferente —murmuró—. Casi pareces real esta noche. Poliana alzó una ceja. —¿Y qué soy el resto del tiempo? —Una máscara muy bien hecha. El golpe dolió, pero más porque era cierto. —¿Y tú? —dijo ella—. ¿Siempre tienes que ser tan moralista? —No. Solo contigo. Poliana rodó los ojos y le dio un manotazo en el hombro. —¿Por qué me soportas? —preguntó ella, de pronto—. ¿Por qué sigues hablando conmigo? Brett dio un paso hacia ella. —Porque a veces... cuando bajas la guardia, eres la persona más fascinante que he conocido. Poliana sintió que el mundo se inclinaba levemente. Como cuando estás al borde de algo y no sabes si vas a volar o a caer. —Y tú —dijo ella—. Eres irritante. Me haces pensar. Me haces sentir... demasiado. Y sin pensarlo más, la besó. Fue un beso que comenzó como un susurro, lento, tentador, como si el universo entero se hubiera detenido para presenciarlo. Sus labios se encontraron con una dulzura que derretía cualquier resistencia, explorándose con devoción, saboreando cada instante como si fuera el primero y el último. Poliana entrelazó sus dedos en su cabello con suavidad, mientras su respiración se aceleraba en cada segundo, deseando que aquel instante no terminara. Él la atrajo más cerca, como si el solo hecho de sentir su cuerpo contra el suyo fuera un milagro. Su mano recorrió su espalda con delicadeza, haciéndola temblar en sus brazos. Se sentía tan bien. Cuando al fin se separaron, el aire vibró entre ellos. Poliana entreabrió los ojos, encontrando en su mirada un reflejo de su propio deseo, ahora más dulce, más profundo. Sin palabras, él rozó su nariz contra la de ella. La máscara se había roto. —Eso no debió pasar —dijo Poliana, pero su voz temblaba. —No —susurró él, sujetando suavemente sus mejillas con ambas manos—. Yo no. El sonido de neumáticos sobre la gravilla interrumpió el momento como una bofetada. Poliana se separó de Brett de golpe, con el corazón aún en la garganta y las manos temblando levemente. Un auto n***o —lujoso y reluciente— se detuvo a pocos metros. La puerta trasera se abrió con suavidad. De ella emergió un hombre de traje gris perla, rostro afilado y gesto autoritario: el padre de Poliana. Los ojos del padre se clavaron directamente en ella, luego descendieron hacia Brett. La expresión que cruzó su rostro fue una mezcla de asco y furia —Sube al auto, Poliana —ordenó, sin alzar la voz. Ella tragó saliva. Brett, erguido como si se preparara para una pelea, la tomó de la mano por reflejo, pero Poliana la soltó, con movimientos lentos. No por vergüenza, sino porque sabía lo que venía. —Ahora —repitió el hombre, con un tono que no admitía réplica. Poliana dio un paso atrás. Sus labios aún sabían a Brett, y su cuerpo todavía recordaba la forma en que él la había tocado. Pero su mundo... ese otro mundo de apellidos, promesas rotas y herencias sucias... acababa de recordarle quién era. O quién debía ser. Con lágrimas en los ojos, Poliana subió al auto sin mirar atrás. Aviso: ¡prepararé maratón para el día viernes 30 de mayo! Ese día termina la historia, así que me gustaría que dejen muchos comentarios.
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