Regresando en el tiempo

1074 Words
El silencio dentro del auto era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Poliana tenía las manos cruzadas en el regazo, como una niña castigada. El patriarca de los Salinas, a su lado, revisaba su reloj de pulsera con impaciencia. No la miraba, pero el juicio pendía en el aire como una sentencia. —¿Sabes lo que has hecho? —preguntó por fin, sin levantar la voz. Ella no respondió. Lo sabía. Lo sentía. No por el beso, sino por cómo su corazón había querido quedarse en esa banca con Brett, en ese instante suspendido de realidad. —Ese muchacho —continuó, con el tono meticulosamente venenoso— es un becado. Vive en una residencia que apesta a sudor y sopa de sobre. No tiene apellido, no tiene recursos. Solo tiene hambre. Y tú acabas de invitarlo a nuestra mesa con esa boca sucia de deseo. Poliana apretó los puños. Quería gritar. Decir que Brett no era como los otros. Que la había escuchado, visto, que la había hecho reír de verdad. Pero cada palabra moría contra la coraza que su padre le había moldeado durante años: las Salinas no se rebajan. —No volverás a verlo —decretó—. Mañana mismo hablaré con el rectorado para que lo asignen a otro campus. Y si tienes una pizca de vergüenza, lo olvidarás como olvidas todo lo que no te conviene. Ella giró la cabeza hacia la ventanilla, sintiendo que algo dentro de ella se rompía. El cristal reflejaba su rostro, pero los ojos no parecían suyos. Se vio fría. Hermética. Casi idéntica a su padre. Al día siguiente, Brett ya no estaba. Y en su lugar, llegaron las citas con Lucien Beauvais, los acuerdos entre las familias, las cenas formales donde Poliana tenía que sonreír mientras firmaba con sangre invisible los contratos que sellarían su destino. … La noche en la villa estaba en silencio. Después de su encuentro con Lucien, Poliana se había encerrado en la habitación. Brett la escuchaba caminar de un lado al otro, a veces detenerse frente al ventanal que daba al mar, otras veces llorar, apenas audible. Sabía que esa noche marcaría un antes y un después. Se quedó sentado en el sofá, con las manos entrelazadas y la mirada clavada en la puerta cerrada. No la seguiría. No esta vez. Si ella lo necesitaba, tendría que ser ella quien abriera la brecha. Y cuando lo hizo, casi a medianoche, lo sorprendió. Poliana apareció descalza, con un suéter robado del armario de él, con el cabello suelto, y los ojos cansados. —¿No vas a preguntarme nada más? —dijo con voz apagada. Brett negó con la cabeza. —Solo lo que tú quieras contarme. Ella tragó saliva, se sentó a su lado, sin mirarlo. —Mi padre te sacó del campus —murmuró Brett—. Hizo que te cambiaran de sede. Te hizo creer que yo eras un oportunista, que solo estabas tras tu apellido. Ella no respondió. Solo lo escuchaba. … La brisa del mar parecía menos cálida esa mañana. La arena ya no los recibía como un refugio, sino como una despedida inevitable. Poliana guardó la última toalla húmeda en la maleta mientras Brett cerraba las ventanas de la villa. Ninguno lo dijo en voz alta, pero ambos sentían el nudo en la garganta: regresar significaba enfrentar todo lo que habían dejado atrás. Durante el trayecto en carretera, se mantuvieron en silencio, entrelazando los dedos de vez en cuando. Poliana se recostó sobre el hombro de él, sus pensamientos girando como ropa en una lavadora: el pasado que no recordaba, el presente que la asfixiaba, y ese futuro incierto que Brett parecía querer construir con ella. Pero apenas pusieron un pie de vuelta en la ciudad, el aire cambió. Lo supieron apenas bajaron de la camioneta. —Poliana Salinas... —una voz femenina la llamó con nostalgia detrás de ella—. ¡No puedo creerlo! Poliana giró. Tardó un segundo en reconocerla. Rubia, vestida como si saliera de una sesión fotográfica, con gafas enormes y labios carmesí: Amanda Ferrer, su excompañera del internado suizo, y una de las pocas personas que sabía lo peor de ella... y que aún vivía para contarlo. —¡Mandy! —fingió una sonrisa, aún confundida. Amanda la abrazó con demasiado entusiasmo. —¡Qué bueno verte! Supe por todos lados que habías desaparecido después del escándalo de tu padre. Dicen que estás viviendo con… —miró de reojo a Brett— ¿tu guardaespaldas? Brett apretó la mandíbula, pero no dijo nada. —No es mi guardaespaldas —corrigió Poliana, seca—. Es Brett Avery. Amanda arqueó una ceja. —Oh, claro. El becado. Te recuerdo hablándonos de él. Decías que olía a lavandería barata y poesía de segunda. Poliana se congeló. Brett también. Esa frase no solo era cruel, sino que… había sido dicha por ella, en otro tiempo. Uno que creía enterrado. Amanda rió, sin notar el temblor en el ambiente. —¡Pero mírate ahora! Han cambiado tanto. Ahora es Brett todo un magnate cotizado… Hay una galería nueva en la ciudad, inauguramos este viernes. Tienes que venir. Será como los viejos tiempos. —No creo que pueda —dijo Poliana, fría—. Estoy... ocupada. Amanda torció los labios. —Pues qué pena. Algunas cosas no cambian, ¿no? Sigues huyendo. Y se fue, con las caderas balanceándose como una amenaza. Brett no dijo nada mientras subían al apartamento. Pero el silencio ahora no era cómodo. Era denso, eléctrico. —¿Tú decías esas cosas de mí? —preguntó por fin, sin mirarla. Poliana tragó saliva. —Supongo que sí —susurró avergonzada—. Era una niña, Brett. Quería encajar. Quería que me vieran como alguien inalcanzable. —Y lo lograste —respondió él. Antes de que pudiera responder, su teléfono vibró. Un mensaje. Sin remitente. Solo un número desconocido. “Pensaste que podías esconderte de mí mientras yo lo perdía todo otra vez. No, chérie. Esto no ha terminado.” Adjunta venía una foto. Un edificio. La casa de su abuela. En llamas. Poliana sintió que el alma se le escapaba del cuerpo. El nombre vino como una maldición: —Lucien... Brett se acercó al verla pálida. Ella le mostró la pantalla. Él la miró con una furia helada. —Está jugando sucio. —No, Brett... —susurró Poliana—. Está avisando que ya empezó.
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