La camioneta rugía por la autopista, pero el corazón de Poliana latía aún más fuerte. Brett conducía como si el asfalto se deshiciera detrás de ellos, los nudillos blancos sobre el volante, los ojos fijos en la carretera.
—Acelera más —suplicó ella, la voz hecha trizas—. Brett… por favor, si algo le pasa…
—Llegaremos, Poliana. Aguanta.
A lo lejos, el cielo ya se teñía de un gris sucio, un humo espeso que se alzaba como un monstruo devorador. El aire olía a miedo y a madera quemada. Cuando doblaron la esquina del viejo camino de los limoneros, la escena los golpeó como un puñetazo en el pecho.
La casa de la abuela estaba envuelta en llamas.
Vecinos gritaban desde la calle, algunos arrojaban cubetas de agua inútiles, otros hablaban con los servicios de emergencia por teléfono, con lágrimas y desesperación. El fuego bailaba por las ventanas del segundo piso como lenguas hambrientas. Poliana se bajó de un salto antes de que el vehículo se detuviera por completo.
—¡¿Dónde está mi abuela?! —gritó, corriendo hacia la verja.
Una vecina, con la cara manchada de ceniza, le sostuvo el brazo con fuerza.
—¡Aún está dentro! ¡No pudimos sacarla! ¡La señora Imelda dijo que iba por su rosario y no volvió a bajar!
El mundo se volvió ruido blanco.
—¡NO! —gritó Poliana, soltándose.
—¡POLIANA, NO! —rugió Brett detrás de ella—. ¡Es una locura!
Pero era demasiado tarde. La puerta crujió al ser empujada y la tragó el infierno.
…
El calor era un látigo que quemaba sin tocar. El humo le nublaba los ojos, le arrancaba toses violentas del pecho. La casa que conocía desde niña, donde aprendió a leer, donde su abuela le tejía historias y la abrazaba con manos ásperas, ahora era una trampa de fuego.
—¡Abuela! —gritó, subiendo las escaleras tambaleantes—. ¡Abuela, dónde estás!
Una voz débil la respondió, casi sofocada:
—Aquí… Poli… aquí…
La encontró junto a la puerta de su antiguo dormitorio, envuelta en una manta y tosiendo sangre.
—¡Vamos, vamos! —dijo, rompiendo a llorar mientras la cargaba contra su cuerpo.
Bajaron como pudieron, pero las escaleras ya estaban devoradas por las llamas. Las vigas crujían, el humo era insoportable.
—¡Brett! —gritó Poliana desesperada desde la baranda—. ¡Estamos atrapadas!
Una ventana lateral, que daba al cobertizo del jardín, estalló con una ráfaga de aire fresco. La voz de Brett llegó como un disparo.
—¡Salta al tejado del cobertizo! ¡Lo resistirá! ¡Lánzala primero, yo la atrapo!
—¡NO PUEDO!
—¡CONFÍA EN MÍ!
Poliana tomó aire, temblando. Sostuvo a su abuela y le besó la frente.
—Te amo —susurró, y con toda la fuerza que tenía, la empujó hacia la ventana.
La caída fue corta. Brett la atrapó con precisión y la llevó lejos del fuego, cubriéndola con su camisa empapada en agua.
—¡POLIANA, AHORA TÚ! —gritó desde abajo.
Ella tomó carrera, pero cuando se impulsó… el suelo cedió.
Un crujido terrible, madera astillándose, y luego el vacío.
El aire le cortó la piel mientras caía.
Fue un segundo. Una eternidad.
El fuego se volvió un rugido lejano. La voz de Brett, el calor de la casa en llamas, la madera astillada… todo desapareció.
La gravedad jaló su cuerpo hacia abajo como si el fuego quisiera devorarla también. Pero justo antes de estrellarse contra el techo del cobertizo, el tiempo se rompió.
Un destello.
Un sonido nítido: campanas de boda, carcajadas falsas, tacones sobre mármol.
Vestido blanco. Perfume caro. Lágrimas detrás del velo.
—Lucien no vendrá —le dijo su madre con una voz temblorosa y furiosa al mismo tiempo—. Canceló todo. Hace cinco minutos. Dice que tu padre lo estafó.
El recuerdo le estalló en el pecho como un disparo. Poliana, de pie frente al altar vacío. Lucien no estaba. Nadie explicaba nada. Solo miradas de lástima, cuchicheos venenosos, flashes de cámaras buscando escándalo.
“¿Quién se atreve a dejar plantada a una Salinas?”
Ella huyó. No se detuvo a escuchar. Ni siquiera esperó a que el chofer abriera la puerta. Tomó el auto del padrino de bodas y condujo sin rumbo.
Kilómetros sin llorar. Kilómetros apretando el volante hasta dejarlo blanco. Y entonces, el puente.
Lo vio.
Detuvo el coche al borde del abismo. Bajó. Caminó hasta la baranda oxidada. El viento era fuerte. Las lágrimas, por fin, se soltaron.
—No tengo nada. Ya no tengo a nadie…
El mundo era un murmullo distante, su vestido ondeaba como una bandera vencida. Subió un pie a la baranda. Cerró los ojos.
Y saltó.
El frío del agua fue un puñal.
No pensó en nadar. No pensó en vivir. Solo cerró los ojos mientras el río la devoraba.
Y entonces…
La luz.
La luz de las llamas volvió a envolverla.
Poliana jadeó, sus pulmones se llenaron de aire sucio y caliente. El fuego. El tejado. El impacto.
Brett.
Sus ojos se abrieron de golpe. El rostro de él estaba sobre el suyo. Su voz la llamó con desesperación.
—¡Poliana! ¡Poliana, mírame!
Parpadeó. Lloró. Tosió. Y en medio del dolor y el humo, se aferró a él como si pudiera evitar que la realidad se hiciera pedazos otra vez.
—Salté —susurró, temblando—. Brett… salté. En el puente. Lo había olvidado. Quise morir.
Él la abrazó con fuerza, protegiéndola del humo y del recuerdo.
—Pero no lo lograste —susurró él, con un nudo en la garganta—. Porque tenías que encontrarme otra vez.
El humo aún danzaba en el aire cuando los bomberos terminaron de sofocar el último vestigio de llamas. El cobertizo crujía por dentro, y Brett sostenía a Poliana con fuerza mientras los paramédicos se acercaban corriendo con una camilla. Ella, sin embargo, no parecía notarlo. Estaba completamente inmóvil, con la mirada perdida en el cielo.
—Poliana, tienes que dejar que te revisen —le dijo Brett, la voz rota entre la preocupación y el miedo—. Te golpeaste muy fuerte. Por favor, deja que te ayuden.
Ella lo miró. Pero no era la mirada desorientada de alguien confundido o en shock. Era la de una mujer que acababa de atravesar un abismo y volvía entera, renacida.
—Recuerdo todo —susurró con voz firme.
Brett parpadeó.
—¿Qué?
Poliana se incorporó despacio, sus piernas aún temblaban, pero su expresión estaba llena de algo nuevo: fuego.
—Mi padre. Lucien. El altar. Lo que me hiciste. Lo que te hice. Aquella vez en la universidad... y aquella noche en el puente.
Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no retrocedió. Se arrodilló frente a él y tomó su rostro entre sus manos.
—Fui una cobarde. Una estúpida arrogante. Te hice pedazos por no poder aceptar que te amaba. Que eras lo único real entre tantas mentiras. Que eras lo único verdadero.
Brett la miraba, atónito. El sonido del fuego extinguiéndose, de las sirenas y de los pasos alrededor desapareció por completo.
Poliana lo besó.
Lo besó como si el tiempo se hubiera detenido, como si su alma recordara cada rincón del cuerpo de Brett. Fue un beso desesperado.
Sus labios buscaron los suyos con hambre. No había dulzura, solo una urgencia animal. Lo rodeó con los brazos, y le clavó los dedos en la espalda como si temiera que él se desvaneciera.
Brett respondió como si hubiese estado esperando ese momento toda su vida. La alzó, la abrazó con fuerza, sin importarle quién los viera, sin importarle el mundo. Solo importaban ellos dos.
Pero en la distancia, entre las llamas sofocadas y las luces rojas de las ambulancias, una figura solitaria los observaba desde un callejón.
Un mechón de cabello rubio asomaba bajo su gorra.
Lucien sonrió con una calma asesina.
—Que recuerdes, chérie —murmuró para sí—. Solo hace más dulce mi venganza.