—Haz las maletas —dijo Brett desde la puerta de la habitación, sin más preámbulos.
Poliana levantó la mirada desde el libro que fingía leer. Hacía semanas que no se dirigían la palabra con algo que no fuera una orden o un gesto seco. Por eso, sus cejas se arquearon.
—¿Perdón?
—Mañana nos vamos. Portugal. Negocios —respondió él, como si lo tuviera todo decidido.
Ella cerró el libro con suavidad, sintiendo cómo el pecho le latía de forma irregular. No era habitual que él la incluyera en nada, mucho menos en algo tan lejano y… ¿vacaciones? ¿Trabajo? ¿Qué significaba eso?
—¿Y yo por qué tendría que ir?
—Porque eres mi esposa —dijo Brett, con un tono que no era ni autoritario ni cruel. Solo… neutro.
Y se fue, como si con eso bastara.
Durante horas, Poliana no supo cómo sentirse. Caminó por su habitación descalza, como un animal enjaulado. ¿Por qué ahora? ¿Qué lo había impulsado a mirarla, siquiera, después de tres años de abandono y castigo silencioso?
Se dijo que debía negarse. Que era absurdo, una provocación, un truco más de su mente retorcida. Pero en su interior, algo la llamaba. Una parte de ella —inútilmente romántica y hambrienta de afecto— se aferró a la idea de que ese viaje podía significar algo. ¿Una tregua? ¿Un perdón?
Al final, hizo la maleta con manos temblorosas y un cosquilleo que no quiso nombrar.
…
El avión privado de Brett despegó al amanecer, envuelto en un silencio incómodo que ni el café ni los murmullos de los asistentes pudieron romper. Poliana miraba por la ventanilla, evitando cualquier contacto visual.
—¿Siempre vas así a tus “viajes de negocios”? —preguntó, sin girarse.
—No siempre llevo compañía —respondió él con tranquilidad.
—Vaya honor, entonces —replicó ella, sarcástica.
Brett esbozó una media sonrisa, de esas que no le llegaban a los ojos.
—Tal vez lo merezcas.
Poliana tragó saliva, confundida. ¿Un cumplido? ¿Una trampa?
No quiso responder. No quería darle el gusto de su desconcierto.
Cuando aterrizaron, un coche los esperaba con las ventanas tintadas y aire acondicionado impregnado de jazmín. El trayecto hacia la villa fue largo, pero el paisaje le quitó el aliento. Acantilados, colinas doradas, el mar extendiéndose como una promesa.
La villa era aún más impresionante: moderna, pero con encanto rústico. Piedra blanca, grandes ventanales, y una vista panorámica del océano. Poliana se quedó sin habla.
—¿“Negocios”, eh? —dijo, bajando del coche.
—Pocas cosas son más importantes que recuperar lo que se ha perdido —dijo Brett, cerrando la puerta tras ella.
Ella lo miró, sin entender.
—¿Qué estamos haciendo aquí, Brett?
Él no respondió. Solo caminó hacia el interior. Una criada portuguesa les dio la bienvenida con un inglés cargado de acento y una sonrisa cálida. Poliana sintió que entraba a otro mundo.
…
Esa noche, cenaron pescado fresco con vino blanco en la terraza, en silencio. El cielo estaba limpio, con miles de estrellas.
—No sabía que te gustaba el mar —dijo ella de pronto, atreviéndose a romper la barrera.
—Hay muchas cosas que no sabes de mí.
—Y muchas que no entiendo.
Brett dejó su copa en la mesa. La miró, sin dureza, por primera vez en mucho tiempo.
—¿Crees que esto es un castigo? —preguntó él.
—No lo sé. ¿Lo es?
—¿Y si fuera una tregua?
Poliana se quedó quieta. El aire se volvió denso.
—¿Por qué ahora?
—Porque estoy cansado —admitió Brett—. Y tú también lo estás. Esto... este infierno que hicimos… No puede seguir así.
Ella lo miró fijamente, con el corazón latiéndole como un propulsor.
—¿Me trajiste aquí para que te perdone?
—No. Te traje porque quiero recordar que no todo fue odio. Porque quiero enmendar un poco el daño que te hice…
Ella ni siquiera me recuerda… es inútil culparla por el abandono. Pensó Brett Avery.
Poliana bajó la mirada. Las palabras le llegaron como una corriente tibia. Era eso lo que ella quería escuchar desde hacía años. Una señal. Una grieta.
—Entonces… ¿esto es real?
Brett se inclinó hacia ella.
—Es lo más real que puedo darte ahora.
…
Luego de cenar, Poliana se puso de pie y regresó al interior, dejando atrás la terraza y el aroma a vino blanco y jazmín. Caminó por el pasillo en penumbra, disfrutando la sensación de tener los pies descalzos sobre las baldosas frescas. Pero al llegar al ala de las habitaciones, se topó con algo que no esperaba: una cinta amarilla cruzaba la entrada de tres de las habitaciones secundarias.
—¿Qué…?
Brett apareció detrás de ella, también confundido.
Una joven del personal los alcanzó apresurada, con un leve rubor en las mejillas.
—Señor Avery, mis disculpas. La villa tuvo una filtración esta mañana en las cañerías del piso superior. El técnico vendrá dentro de cuatro días, pero por ahora solo una habitación es habitable.
Brett entrecerró los ojos con irritación controlada.
—¿Una habitación? ¿En toda esta maldita villa?
—Sí, señor —dijo ella con una reverencia rápida—. Lo lamento mucho. La habitación principal está lista para su uso. Tiene una cama king size, aire acondicionado y baño privado.
Brett ya estaba sacando su teléfono del bolsillo.
—Voy a llamar a la arrendataria. Esto es inaceptable. Una habitación para dos personas que apenas se soportan es…
—Es suficiente —interrumpió Poliana, levantando la mano tímidamente. Sus mejillas se tiñeron de un rojo sutil, pero su voz no tembló del todo—. No pasa nada. Podemos compartirla.
Brett giró hacia ella con una ceja alzada.
—¿Compartirla?
—Bueno, no… compartirla exactamente. —Se aclaró la garganta y bajó la mirada, como si hablara consigo misma más que con él—. Quiero decir… tú puedes dormir en el suelo. Y yo en la cama. Como… civilizados.
Una pausa. Brett la observó con esa mezcla de incredulidad y diversión que le aparecía a veces cuando Poliana decía cosas fuera de libreto.
—¿Tú me vas a poner a dormir en el suelo?
—No estoy poniéndote nada —resopló ella, cruzándose de brazos—. Sólo digo que no hace falta una llamada llena de quejas ni drama. No me molesta. No tanto como antes, al menos.
—Qué considerada.
—Y tú qué dramático —le lanzó, levantando el mentón, aunque la sonrisa se le asomaba en las comisuras.
Brett suspiró, guardando el teléfono con resignación.
—Bien. Pero solo porque tengo una espalda de acero —gruñó, avanzando hacia la habitación principal—. Y porque no tengo ánimos de discutir con una mujer testaruda vestida de lino blanco.
—Gracias por notar el conjunto —murmuró ella mientras lo seguía.
La habitación era amplia, con un ventanal que daba al mar y una cama enorme que dominaba el centro como un trono blanco. Brett inspeccionó el espacio con una mirada rápida y luego señaló una alfombra mullida junto a la cama.
—Esto servirá.
—Si roncas, te echo al balcón —advirtió Poliana mientras tomaba su bata del respaldo de una silla.
—Si tú hablas dormida, grabo todo y lo uso en tu contra.
Ambos se quedaron mirándose por un segundo. Era un juego, una especie de tregua sarcástica. No eran los mismos de hace semanas. No del todo.
—¿Vamos a sobrevivir esto? —preguntó ella al fin, mientras se sentaba al borde de la cama.
Brett se encogió de hombros y tomó una almohada de respaldo.
—No sería la primera vez que duermo en condiciones incómodas. Pero sí la primera que tengo una esposa civilizada que me exilia con una sonrisa.
Poliana rió suavemente, bajando la vista al cobertor.
—No me parece justo que siempre seamos enemigos.
—Tal vez eso cambie. O tal vez mañana me tires por la ventana —bromeó él, mientras se acomodaba en el suelo.
—No lo haría. Esta villa es demasiado bonita para mancharla con un cadáver —respondió con una sonrisa pícara.
De repente, el silencio se instaló con la misma delicadeza que el vaivén de las olas allá afuera. Brett ya estaba acostado sobre la alfombra, con un brazo por detrás de la cabeza y la otra mano sobre el pecho.
Poliana giró sobre sí misma, de lado, con la sábana hasta la cintura. Desde la cama, lo observó en silencio unos segundos.
Inspiró hondo. Dudó. Y luego lo dijo.
—La cama… es muy grande —susurró.
Él no respondió.
Ella tragó saliva, sintiendo su propio pulso en las sienes.
—Si quieres —añadió, aún más bajo—… puedes subir.
Un segundo. Otro. El tiempo se estiró como un hilo tenso entre los dos.
Entonces, Brett giró el rostro hacia ella. Sus ojos se volvieron más oscuros. Eran pozos profundos que Poliana no podía leer. Le aterraba Brett, pero quería realmente entenderlo y conocer al verdadero hombre con el que se casó antes de… pues, de pedirle el divorcio definitivo.
La voz de Brett Avery sonó más ronca y potente que nunca. Tan adictiva y caliente, que Poliana estuvo a punto de retractarse.
—¿Estás segura de lo que estás diciendo, Poliana?
Pd: chicas, no llegaron a la meta para maratón. Pero les traje otro capítulo para que no se despeguen de la historia. Les tengo otra propuesta... (vean la nota de autor)