—Quiero el divorcio.
La frase de Poliana aún flotaba en el aire como una daga suspendida. Brett no respondió. Solo la miró. Ella esperaba gritos, negaciones, incluso burlas… pero no el silencio. Ese maldito y profundo silencio.
Sin una palabra, él giró sobre sus talones y salió de la habitación, dejando la puerta entreabierta, como si no supiera cerrarla del todo.
Poliana se quedó sola, temblando. Ni siquiera entendía si eso era una victoria o una sentencia.
Pasaron dos días.
Ella no lo volvió a ver.
Pero la casa comenzó a cambiar.
Primero fue su cama. Una mañana se despertó y las sábanas habían sido cambiadas. Ya no olían a humedad, sino a lavanda y vainilla. Sus favoritas.
Luego, encontró un libro en su escritorio. No uno cualquiera. Era una edición limitada de la novela que leyó cuando tenía trece años y juró que jamás olvidaría. Nadie más lo sabía. Nadie…
—¿Qué clase de juego es este? —susurró, tocando la tapa dura con manos desconfiadas.
La siguiente tarde, un vestido apareció colgado en su armario. Azul profundo. Su color preferido. Ceñido a la cintura, elegante sin ser ostentoso. Etiqueta intacta.
El jardín que daba a su ventana, antes lleno de maleza, fue podado. Plantaron jazmines.
—¿Qué está haciendo…? —preguntó a una de las criadas.
La mujer la miró con compasión, pero bajó la cabeza y siguió caminando.
La noche del tercer día, no pudo dormir.
Caminó de un lado a otro de su habitación, descalza, con los dedos congelados.
—Esto no tiene sentido —decía entre dientes—. No puede pretender cambiar ahora. No puede.
Se asomó a la ventana. El jardín ya estaba regado. La fuente reparada. Había luz en el ala oeste de la mansión, donde él solía dormir.
¿Él estaba allí?
A la mañana siguiente, bajó a desayunar. Por primera vez en meses. Sentía el corazón en la garganta.
Encontró la mesa servida. Café caliente. Pan de masa madre. Mermelada de higos.
Entonces entró él. Impecable, como siempre. Camisa blanca remangada, la barba un poco crecida, los ojos clavados en los suyos como si intentaran perforarla.
—No sabía que bajarías.
—Tampoco yo —respondió ella, firme.
Él se sirvió café.
—¿Estás jugando a ser un buen esposo ahora?
—No estoy jugando.
—¿Y qué es todo esto? —preguntó, señalando la mesa, el jardín y su ropa nueva—. ¿Un intento de lavado de conciencia?
Él la miró un largo rato antes de responder.
—Poliana quiero que entiendas que, ya he recapacitado. Me di cuenta de que eres mi esposa y que lo ideal es que te trate ahora como tal. Ahora eres dueña de este lugar, ya no necesitas esconderte… he despedido al antiguo servicio y…
Ella lo sostuvo con la mirada. Y lo interrumpió abruptamente.
—Te pedí el divorcio.
—Lo sé.
—¿Entonces?
—Estoy pensando en darte algo mejor que un papel firmado.
Poliana se tensó.
—¿Y qué sería eso?
—Libertad real. No quiero que te vayas con rabia. Quiero que si te vas… no mires atrás. Te devolveré todo lo que te quité, Poliana.
Ella apretó los labios.
—Muy noble. Después de años de tenerme encerrada.
—Ya lo sé —dijo él. Su voz se quebró apenas, pero se recompuso—. No vine a pedir perdón. Solo vine a cambiar las cosas… aunque sea tarde.
Ella lo observó, incrédula. Algo en su pecho se movió, pero se negó a nombrarlo.
—Una carta. Un vestido. Un jardín. ¿Eso compensa lo que me hiciste?
—No —dijo él.
—¿Entonces por qué lo haces?
Brett la miró con esos ojos opacos que antes habían brillado con rabia y ahora estaban llenos de… ¿remordimiento?
—Porque no quiero que me odies hasta el último día de tu vida. Y porque… quizás, no sé cómo dejarte ir… no sé cómo olvidarte. Completó en su mente, sin atreverse a decirlo en voz alta.
Poliana tragó saliva. Le ardía la garganta.
—Yo sí.
Brett se paró rápidamente y se impulsó hasta ella. La apresó con su cuerpo, arrinconándola en la pared. Poliana tembló, al tenerlo tan cerca.
—Dame una sola oportunidad, déjame remediar mis errores y si luego, todavía quieres el divorcio, entonces te lo daré.
Brett se alejó de ella y Poliana se dio media vuelta, subió las escaleras sin mirar atrás. Pero esa noche no pudo dormir. Porque había empezado a preguntarse… ¿y si él hablaba en serio? ¿Por qué ahora si quería cambiar? ¿Por qué no lo hizo antes?
El eco de los pasos de Poliana desapareció por el pasillo.
Luego suspiró hondo, como si el aire le pesara, y se dirigió a su despacho.
Empujó la puerta con el hombro, sin encender la luz. Solo se dejó caer en el sofá de cuero junto a la ventana, donde la ciudad parecía un reflejo lejano de algo que ya no le pertenecía.
Apoyó la cabeza en el respaldo. Cerró los ojos.
Y ahí vino el recuerdo.
Implacable. Nítido. Como si estuviera ocurriendo de nuevo.
El pasado, en cambio, regresó como una tromba.
La universidad estaba rodeada de árboles anaranjados por el otoño, y las hojas crujían bajo los zapatos. Brett siempre caminaba con prisa, con el morral colgado de un solo hombro, las ojeras marcadas y los libros usados llenos de anotaciones en los márgenes.
Ella era lo opuesto.
Poliana Salinas. Famosa por su apellido, sus vestidos perfectos y el auto rojo que la esperaba cada tarde. Tenía una risa fácil, una arrogancia deliciosa y el tipo de seguridad que solo daba el dinero viejo. La miraban todos. Ella lo sabía.
Y, sin embargo, una tarde, le habló.
—Estás en la clase de filosofía, ¿verdad? —le preguntó, con una sonrisa demasiado blanca.
Él se quedó quieto. Nadie como ella le había dirigido la palabra hasta entonces.
—Sí.
—¿Puedo ver tus apuntes?
Se los dio, sin preguntar por qué.
Desde ese día, comenzaron a coincidir. En la biblioteca. En la cafetería. En los pasillos. Él nunca buscaba, pero ella siempre aparecía. Ella era como una mancha de perfume dulce en su aire gris.
No entendía por qué lo hacía. Él era becado, invisible, un tipo serio, sin apellidos que dijeran nada. Ella era un torbellino de privilegios.
Pero se rieron juntos. Mucho. Hablaban de libros, de política, de música vieja. Ella lo escuchaba. A veces, hasta parecía admirarlo.
—¿Sabes? —le dijo una tarde, mientras compartían una manzana—. Contigo puedo ser otra.
—¿Otra cómo?
—Alguien que no tiene que demostrar nada.
Él se enamoró ese día. Estúpidamente. Con todo.
Cuando la besó por primera vez, fue en la biblioteca cerrada, entre anaqueles. Ella temblaba.
—Eres peligroso, Avery —le susurró, con las mejillas ardiendo—. Me haces olvidar quién se supone que soy.
Él pensó que el mundo era de los dos. Hasta que, de pronto, ella dejó de aparecer. Ni un mensaje. Ni una palabra.
Se enteró por terceros: Poliana Salinas se comprometía con el heredero de una naviera multimillonaria.
Brett no lo creyó al principio. Pensó que era un error. Una trampa. Hasta que la vio, una semana después, en una gala. Vestido largo. Sonrisa de portada. Del brazo del otro.
Ella lo miró… y no lo saludó. Ni siquiera un gesto. Como si ellos dos nunca hubieran existido en el pasado.
…
Brett regresó al presente con un suspiro quebrado. El vaso de whisky tembló entre sus dedos. Se había jurado que no volvería a pensar en eso. Que lo había enterrado.
Pero verla ahora. Escucharla pedirle el divorcio. Sentir su desprecio frío. Y lo peor: su olvido. Ella no lo recordaba. Nada. Ni el pasado. Ni sus besos de biblioteca.
Golpeó la mesa con fuerza. Una grieta fina se abrió en el vaso.
Él no la quería de vuelta por capricho. La quería de vuelta porque había sido suya antes de que el mundo los rompiera. Y ahora ella era un fantasma que caminaba por la misma casa sin saber quién era él. Sin saber que ya le había roto el corazón una vez.
Sin saber… que quizás lo volvería a hacer.
Se inclinó hacia el escritorio, con el ceño fruncido.
—¿Por qué…? —murmuró para sí mismo—. ¿Cómo puedes haberme borrado así de tu vida?
Pd: estoy planeando maratón. Comenten mucho este capítulo. Mas de 15 comentarios y para mañana en la noche tienen maratón de capítulos.