La lluvia había dejado una fragancia húmeda en los jardines de la mansión Avery. Era temprano, pero la luz pálida que se filtraba por los ventanales ya revelaba el abandono de ese hogar silencioso. Los sirvientes caminaban en puntillas, murmurando entre ellos, como si el regreso de Brett fuera una amenaza tangible flotando en el aire. Y en lo alto, encerrada entre muros de mármol y cortinas gruesas, Poliana se debatía entre el insomnio y el temor.
La noticia llegó como un viento helado: “El señor Avery está de regreso.”
Fue Eulalia, la doncella más joven, quien soltó la frase sin mirarla a los ojos. Poliana apenas asintió con la cabeza, pero cuando la muchacha salió de la habitación, su cuerpo entero se vino abajo. Las manos le temblaban, los labios también. Su corazón, que había aprendido a latir en sigilo, ahora golpeaba con violencia dentro de su pecho. Se sentó al borde de la cama, descalza, envuelta en un camisón que apenas cubría su cuerpo tembloroso, y miró hacia la puerta como si en cualquier momento fuera a abrirse con un estruendo.
Lo veía poco en los últimos tres años. Casi nada desde aquella noche.
La última vez que Brett Avery la había tocado, había sido por efecto de una droga que ella misma, empujada por la desesperación y la presión, había vertido en su copa. Lo que siguió esa noche fue una mezcla venenosa de deseo, ternura e ira. Ella recordaba su mirada en la oscuridad, la forma en que la había tomado con furia y necesidad... y el horror en sus ojos cuando despertó, cuando supo lo que ella había hecho. No le dio tiempo a explicarse. Solo escuchó su rugido de furia, su violencia, su acusación. Desde entonces, cada noche era una repetición muda de ese momento.
Tres años de encierro. Tres años sin palabras. Tres años en que se negó a tocarla o a mirarla. Si quiera a hablarle.
Y ahora había vuelto.
Poliana bajó al salón como una sombra, impulsada por un instinto que ni siquiera comprendía. Su cuerpo no quería obedecer, pero su mente necesitaba verlo. Necesitaba saber si lo que tanto temía era real o solo una imagen distorsionada por su propio dolor. Caminó con dificultad, con los dedos aferrándose a la baranda, y fue entonces cuando lo vio.
Brett estaba de pie junto a la chimenea, con el abrigo aún sobre los hombros, como si ni siquiera se hubiera detenido a deshacer las maletas. Su cabello lucía más largo, más rebelde, y en su rostro había una sombra oscura de barba que lo hacía lucir aún más imponente. Estaba hablando con uno de sus asistentes, pero cuando sus ojos se cruzaron con los de ella, todo el ambiente cambió.
Poliana sintió un pinchazo en el pecho, como si le faltara el aire.
Intentó retroceder, pero su cuerpo no respondió. El mundo giró. La luz desapareció de golpe.
Y cayó.
No oyó su nombre. No sintió el impacto. Solo el abismo.
...
Brett dejó caer la copa al suelo cuando vio a Poliana desplomarse. Su asistente apenas alcanzó a retroceder antes de que él se lanzara hacia ella. La sostuvo antes de que golpeara del todo el suelo, y por un instante —uno breve y cruel— su corazón se detuvo.
—¡Poliana! —gruñó, sacudiéndola.
Pero ella no reaccionaba.
La levantó en brazos como si no pesara nada, y sin decir palabra alguna, la llevó escaleras arriba. El pasado volvió a su mente como un golpe seco: su mirada temerosa, sus lágrimas aquella noche, su súplica muda mientras él se vestía y abandonaba la habitación sin una sola explicación.
La colocó en la cama, con cuidado, como si fuera de cristal. Su rostro estaba pálido, pero su respiración era regular.
—Tráeme agua fría —ordenó con voz grave al asistente que lo seguía nervioso.
Se quedó solo con ella. La miró por primera vez en años. No como un enemigo. No como una traidora. Sino como una mujer rota. Como una esposa a la que había dejado sola por tanto tiempo.
Cuando ella abrió los ojos, parpadeando con desconcierto, él estaba sentado junto a la cama. Poliana dio un respingo, y su cuerpo se echó hacia atrás.
—No... no me toques —susurró.
Brett se irguió lentamente, sintiendo la punzada en el estómago. Su voz, sus ojos llenos de terror... le dolían. Más de lo que quería admitir.
—No voy a tocarte —dijo, apartando la mirada.
—¿Por qué volviste?
El silencio se instaló entre ellos como un muro. Brett se levantó de la silla. Caminó hacia la ventana, como si necesitara escapar.
—Esta es mi casa, Poliana —murmuró perdiendo la paciencia.
Poliana tragó saliva, intentando mantenerse firme. Quiso preguntarle si venía a castigarla, si la iba a encerrar de nuevo, si pretendía llevarla a juicio por un crimen del que ella misma se sentía culpable todos los días de su vida. Pero no lo hizo. Porque por primera vez, él no tenía esa expresión de odio en el rostro. Por primera vez, no parecía un verdugo.
—Estoy bien —susurró, sentándose en la cama.
Él giró el rostro, la miró con seriedad, y asintió. Pero no dijo nada más. Se marchó, cerrando la puerta con cuidado.
...
Horas más tarde, el doctor Muray —un hombre joven, de cabello rubio y voz grave— llegó a la mansión llamado por Brett Avery. Una criada lo guió hasta la habitación de Poliana, donde ella yacía ahora durmiendo pácidamente.
Se acercó a la cama y comenzó a revisar a la joven. Le tomó el pulso, observó sus ojos bajo los párpados, inspeccionó sus muñecas, su cuello. En silencio. Su expresión era la de alguien que no se sorprendía… pero sí se decepcionaba.
—¿Cuánto tiempo lleva así? —preguntó sin mirarlo, mientras volvía a guardar su estetoscopio.
—¿Así cómo? —contestó Brett, con voz baja, algo áspera.
El doctor Muray se giró lentamente hacia él.
—En este estado. Tan delgada. Palidez extrema, signos de insomnio prolongado, carencia de vitaminas básicas… pero lo que más me preocupa no se mide con una jeringa. —Lo miró, directo, sin temblor en la voz—. Esta mujer vive bajo un estrés constante. Me atrevería a decir que padece ansiedad severa, tal vez incluso depresión. ¿Ha notado que evita el contacto físico? ¿La mirada? ¿Se encoge cuando alguien se le acerca?
Brett tragó saliva. No dijo nada.
—No es una reacción repentina. Esto no ocurre de un día para otro —continuó el médico, dejando el maletín cerrado sobre la mesa—. Es el resultado de meses, años, de aislamiento emocional, de vida en tensión. Usted la conoce mejor que yo, pero, señor Avery, esto no es solo físico. Es emocional. Es humano.
El silencio en la habitación se volvió denso.
Brett sintió que algo le apretaba el pecho con dedos invisibles. Sus ojos volvieron hacia Poliana, que dormía con el rostro vuelto hacia la pared. Parecía más niña que mujer. Un ser marchito.
"¿Eso había provocado él?"
[...]
La luz matinal se filtraba por los visillos con suavidad, bañando la habitación en un tono pálido y dorado. Poliana abrió los ojos lentamente, con la garganta seca y una sensación punzante detrás de las sienes. Por un momento, creyó estar sola.
Pero entonces lo vio.
Brett.
Sentado en el sillón junto a la ventana, con la camisa desabrochada en el cuello y la mirada perdida. La misma figura imponente, el mismo rostro tallado en piedra. Solo que esta vez... había algo roto en sus ojos.
El corazón de Poliana dio un salto, como si su cuerpo reconociera antes que su mente el peligro.
—¿Qué haces aquí? —su voz salió más ronca de lo que esperaba, pero firme.
Brett giró apenas el rostro hacia ella. No dijo nada. Ni una disculpa. Ni una excusa. Solo la miró.
Poliana se incorporó con esfuerzo, cubriéndose con la sábana.
—Sal de mi habitación.
—No es solo tuya —respondió él, con voz seca.
Ella apretó los dientes.
—Lo ha sido durante tres años, ¿no? ¿Y ahora vienes a ocuparla como si nada hubiera pasado?
—Tuviste un colapso. Me preocupé —murmuró él, sin moverse.
—¿Preocupado? —soltó una risa sin humor—. ¿Tú?
—No estoy aquí para discutir.
—¿Entonces para qué estás?
Él se puso de pie, caminó hacia la mesa y apoyó las manos sobre la superficie con los nudillos tensos.
—Tal vez para entender qué demonios estás haciendo contigo misma.
—¿Conmigo? —ella lo miró, incrédula—. Estoy sobreviviendo, Brett. Sobreviviendo en la prisión que tú mismo me construiste. Pero gracias por notarlo… tres años tarde.
Él frunció el ceño. El silencio se tensó.
—No sabes lo que dices.
—Sí. Sí lo sé. —Sus ojos se llenaron de un brillo húmedo, no de tristeza, sino de dignidad—. Y lo he pensado mucho.
Brett la miró por fin, con dureza.
—¿Qué?
Ella respiró hondo. Su voz se quebró, pero no dudó.
—Fue un error casarme contigo... Por favor, considera esto como una salida a nuestro problema. De alguna forma siento como si te hubiese hecho algo antes, como si me guardaras rencor incluso antes de casarme contigo...
Brett frunció mucho más el ceño. ¿Qué quería decir? ¿Acaso ella....? ¿Ella lo recordaba?
Pero ella le respondió después, como si le leyera la mente. No precisamente lo que quería escuchar.
—Quiero el divorcio.