No es asunto tuyo

1116 Words
Tres años más tarde... La mansión Avery había envejecido con ella. No en su fachada impecable ni en los candelabros de cristal que colgaban como testigos mudos del tiempo, sino en la forma en que la luz dejaba de calentar los rincones. Tres años habían pasado desde aquella noche en que todo cambió. Desde entonces, Poliana Salinas vivía encerrada en su ala, en un rincón olvidado del caserón, como una prisionera de lujo. La puerta de su habitación tenía doble cerrojo. No por seguridad, sino por control. Solo podía salir con permiso. Solo podía hablar si se le preguntaba. Su vida se había vuelto una rutina de silencio, bordados sin propósito y libros que leía una y otra vez. Cuando Brett se marchaba de viaje —y eso era la mayoría del tiempo—, nadie se ocupaba de disimular el desprecio que sentían por ella. —No se le ocurra salir al comedor, señora —decía la ama de llaves, sin molestarse en ocultar la hostilidad en su voz—. El señor Avery no ha dejado órdenes para usted. Poliana asentía con la cabeza baja. Ni siquiera contestaba. Había aprendido que hablar era inútil. La cocinera ahora rara vez le llevaba comida caliente, y las criadas no hacían el menor esfuerzo en ocultar sus burlas. —Mírala, siempre encerrada como una muñeca rota. Qué desperdicio de apellido —susurraban. Ella se aferraba a lo único que aún conservaba intacto: su dignidad. A veces, mientras cosía en la ventana, se preguntaba cómo habría sido su vida si aquella noche no hubiera cometido el error de seguir el consejo de su abuela. Si no hubiera tocado su cama. Si no hubiera provocado al monstruo que dormía bajo la piel del hombre que la había desposado. Desde entonces, Brett apenas le dirigía la palabra. Se cruzaban pocas veces. Una sombra cruzando otra. Él viajaba constantemente por negocios, volviendo cada cierto tiempo solo para encerrarse en su estudio o dormir en la habitación principal, como si nada de lo que ocurrió entre ellos hubiera dejado huella. O peor aún, como si hubiera dejado una cicatriz tan fea que prefería no mirarla. [...] El cielo de Dubai ardía con su azul hirviente, y el reflejo de los cristales de los rascacielos cegaba por momentos a los transeúntes que se apresuraban entre autos de lujo, trajes caros y conversaciones de millones. En la terraza privada del hotel más exclusivo del centro, Brett Avery servía whisky en dos vasos sin mirar al otro hombre frente a él. —Tres años casado y aún no la has tocado —soltó con una risa incrédula Mathias Deveraux, cruzando una pierna sobre la otra mientras se acomodaba en el sillón. Llevaba un reloj que valía lo que un viñedo en la Toscana y una sonrisa que podía desarmar hasta a la condesa más frígida de Europa. Brett apretó la mandíbula. Su mano se tensó alrededor del vaso. —No es de tu maldito interés. —Oh, vamos, viejo. No me digas que todavía estás enojado con la pobre niña. ¿Cómo se llamaba? ¿Paulina? ¿Patricia? —Poliana —escupió él, con voz seca. El nombre le quemaba en la lengua como un recuerdo que no quería volver a saborear. Mathias soltó una carcajada y alzó su vaso. —Eso, Poliana. Vaya nombre de princesa de cuento. Y tú ahí, encerrado en un castillo y sin querer abrirle la puerta. Te juro, si yo fuera tú… —¡Pero no lo eres! —interrumpió Brett, alzando la voz por primera vez. Su copa golpeó la mesa con un tintineo agudo que cortó el aire caliente de la terraza. Su mirada, helada, se clavó en los ojos de su amigo—. Ella me drogó, Mathias. Me envenenó con su dulzura falsa. Y casi… casi me dejo engañar. Mathias lo observó en silencio, más sobrio de lo habitual. Luego bajó la vista a su vaso. —No es la primera mujer que juega sucio, Brett. Pero no me digas que no pensaste en ella alguna vez. Tres años es mucho tiempo para vivir con un fantasma. Brett se quedó callado, mirando hacia el horizonte difuso de la ciudad. La imagen de Poliana, su mirada antes del miedo, la ternura que creyó fingida, todo volvió como un golpe seco al pecho. —A veces me despierto en mitad de la noche —admitió, con voz baja—, y creo que está a mi lado. Luego recuerdo lo que hizo, y me juro no volver a caer. —¿Y si no fue como piensas? —preguntó Mathias, y esa vez su tono fue más serio, menos burlón. —No me importa. Pero el puño de Brett se cerró con fuerza, porque sí le importaba. Porque el rencor era lo único que le quedaba para no quebrarse del todo. ... La firma del contrato quedó atrás. Los acuerdos estaban sellados, el poder de Brett Avery, consolidado. Pero en lugar de celebrar, él apretó el vaso de whisky hasta que los nudillos palidecieron. —¡Finalmente acabamos con eso! —Mathias, su amigo de siempre y provocador profesional, dejó caer el maletín sobre la mesa—. ¿Qué sigue? ¿Un brindis? ¿Mujeres? Brett ni siquiera lo miró. —El jet despega en una hora. Mathias se inclinó, una sonrisa pícara en los labios. —Ah, claro… Poliana. —Pronunció su nombre como un desafío—. Varios años de distancia y aún te hace temblar el solo mencionarla. El vaso de Brett golpeó la mesa con un clik peligroso. —Cierra la boca. —O qué, ¿me golpearás? —Mathias rio—. Sería la primera vez que pierdes el control por algo que no sea un negocio. Brett se levantó de un salto. La silla se estrelló contra el suelo. —No es tu asunto. —Pero sí el tuyo. —Mathias bajó la voz—. ¿Cuánto más vas a huir de ella, Brett? El aire en el vestíbulo del hotel se espesó. Brett respiró hondo, pero no pudo contener la imagen extraña que lo asaltó: Poliana, de pie en el invernadero, con los dedos manchados de tierra, mirándolo como si él fuera el fantasma. —Regreso a la mansión —masculló, agarrando su abrigo. —¿Y luego? —Mathias lo interceptó—. ¿Seguirán viviendo como extraños? Porque déjame decirte… —Una pausa calculada—. No me sorprendería que ahora mismo, un abogado de divorcios esté tomando té en el jardín. Brett se paralizó. El corazón le latió con violencia en el pecho. ¿Divorcio? No, era imposible. Poliana no se atrevería… ¿O sí?
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