—¿Lo oyes?— La niña miró a Benjamin—. Te lo dije y aún no me crees. Anda, vamos a comer—. Benjamin frunció aún más el ceño, incrédulo. —Harrison ya pasa de los setenta. ¿De dónde iba a sacar una hija como tú? ¿A quién quieres engañar?— —¿Y por qué no podría tener una hija a los setenta?— replicó ella con naturalidad. —Porque…— Benjamin mantuvo la cara de póker, pero no dijo nada más. Era absurdo explicarle algo así a una niña de doce o trece años, demasiado pequeña para entender. —¡Bah, vámonos ya, tengo hambre!— Sin ánimo de escucharle más, la niña se agarró de su cintura y tiró de él hacia el interior del patio. —Señorita Campbell, corra despacio, no se caiga—, gritó alarmada la criada que iba detrás. Cuando llegaron al comedor, la niña soltó la mano de Benjamin y se lanzó direc

