—Estás preciosa. Escuché que Kingsley mandó a hacer tu vestido con un diseñador italiano, ¿cierto? ¿Vale más de doscientos mil? ¿Puedo tocarlo? — Michelle rió suavemente mientras acariciaba su vestido. —No está mal. Doscientos mil no es gran cosa. Lo importante es que este diseñador no trabaja para cualquiera. Kingsley, que había sido completamente ignorado, se apartó con expresión cada vez más molesta. Salió del camerino, encendió un cigarro y caminó por el pasillo del segundo piso mientras fumaba. Desde allí, observaba con aburrimiento la escena animada que se desarrollaba abajo. A su expresión le faltaba todo rastro de entusiasmo. —Oye, futuro novio, ¿por qué la cara larga? — Su mejor amigo, Humbert Jerome, le pasó un brazo por los hombros y bromeó: —¿No estarás arrepintiéndote, v

