Olivia sintió que la cabeza le pesaba. Era como si flotara y se hundiera rítmicamente, igual que quien cae al agua. Entre la niebla de su mente, percibía cómo alguien la cubría con una manta y cambiaba el pañuelo húmedo de su frente por uno más frío para bajarle la fiebre. Sabía que había una presencia junto a ella, pero no pudo evitar dejarse arrastrar hacia un sueño que había tenido muchos años atrás. En aquel recuerdo, su abuelo agonizaba por un fallo cardíaco. Ella, aún pequeña, estaba tumbada a su lado, sosteniendo la mano del anciano, huesuda y marcada por las venas. Sus ojos, llenos de preocupación, la miraban mientras repetía con voz entrecortada: —Olivia, sé una buena chica cuando vuelvas a casa. Pero no tengas miedo de hacer lo correcto. Tu padre aún te lleva en su corazón. Si

