Olivia se echó en sus brazos y su voz salió apagada: —¿Cómo qué?— —Por ejemplo, hoy es el día en que viniste a este mundo. Sin este día, no te habría conocido. —También conocerías a alguien más—. Olivia lo provocó con una sonrisa irónica: —Como Viola u otra mujer. Si yo no existiera, ¿no te habrías casado con otra? Tal vez tu hijo ya habría nacido hace tiempo—. —¿Qué estás intentando decir exactamente?— Edward frunció el ceño. Su tono se volvió frío, aunque sus ojos seguían llenos de ternura. Esta mujer siempre sabía cómo lanzar un dardo envenenado. Olivia parpadeó y, con fingido pesar, dijo: —Perdón por haberte impedido tener un matrimonio con otra. Lo siento mucho—. Su gesto astuto la hacía parecer un pequeño gatito juguetón. Edward la observó en la penumbra, pero en la oscurida

