El silencio en el palacio de Argosía nunca era total. Siempre había un roce de antorchas, el viento silbando entre las columnas de mármol o el eco lejano de los guardias en las murallas. Pero esa noche, el silencio pesaba en mis pulmones como si el aire se hubiera convertido en plomo.
No podía dormir. Cada vez que cerraba los ojos, la imagen de Damon en el lago regresaba para atormentarme. Veía el agua resbalando por sus hombros, la forma en que sus ojos grises me devoraban y esa tensión eléctrica que casi nos hace arder vivos. Me levanté de mi lecho, apartando las sábanas de seda que se sentían como lija contra mi piel sensible. Necesitaba caminar. Necesitaba que el aire nocturno enfriara este incendio que llevaba por dentro.
Caminé descalza por los pasillos de piedra fría, vistiendo solo una túnica transparente que apenas me llegaba a los muslos. Mi cabello rojo caía desordenado sobre mis hombros, y mi respiración era errática. Sin darme cuenta, mis pies me guiaron hacia el ala de los guerreros, la zona donde Damon tenía sus aposentos.
"¿Qué estás haciendo, Eris?", me recriminé en un susurro. "Vuelve a tu habitación antes de que alguien te vea".
Pero mi cuerpo no obedecía a mi razón. Al doblar la esquina, me detuve en seco. La pesada puerta de madera de la habitación de Damon estaba entreabierta. Una tenue luz de vela se filtraba por la rendija, proyectando sombras alargadas en el pasillo. Mi corazón martilleó contra mis costillas con una fuerza violenta.
Me acerqué con la cautela de una cazadora, conteniendo el aliento. Me pegué a la pared, justo al lado del marco, y me asomé por la abertura.
Lo que vi me dejó sin aire.
Damon estaba sentado en el borde de su cama, completamente desnudo. Sus piernas estaban abiertas, revelando su virilidad, que lucía imponente y oscura bajo la luz vacilante. Tenía una mano cerrada alrededor de su polla, moviéndola con una lentitud tortuosa, de arriba abajo. Sus músculos estaban en tensión, cada fibra de su pecho y abdomen marcada por el esfuerzo. Tenía la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, con la mandíbula tan apretada que parecía que iba a romperse.
Sus labios se movían. Estaba susurrando algo, una letanía baja y ronca, pero el sonido no llegaba a mis oídos con claridad. Eran solo jadeos rotos, palabras que se perdían en la humedad de la noche.
—Joder... —alcancé a distinguir en un suspiro profundo.
Verlo así, tan vulnerable y a la vez tan dominante en su propia soledad, me provocó un calambre que nació en mi vientre y se extendió hasta la punta de mis dedos. No podía apartar la vista. Mi mano, actuando por instinto propio, bajó hasta el borde de mi túnica. Mis dedos rozaron la humedad que ya empapaba mi entrepierna.
"Esto es una locura. Es tu hermanastro", me gritó mi mente. Pero mi sangre de semidiosa, ese fuego indomable, se rió de la lógica.
Apoyé mi espalda contra la pared fría del pasillo, justo al lado de la puerta, y cerré los ojos. Imaginé que esos suspiros que escuchaba eran para mí. Imaginé que era su mano la que me tocaba, y no la mía. Deslicé un dedo por mi centro, gimiendo en silencio mientras mordía mi labio inferior para no soltar un grito. El contraste entre el frío de la piedra en mi espalda y el calor abrasador entre mis piernas era embriagador.
—Damon... —susurré para mis adentros, mientras aumentaba el ritmo de mis dedos.
Podía oír el sonido de su respiración volviéndose más pesada dentro del cuarto. El roce de su mano contra su piel, un sonido rítmico y húmedo, se sincronizó con mis propios movimientos. Estaba tan cerca de él, separada solo por unos centímetros de madera, compartiendo un pecado que ninguno de los dos se atrevía a confesar a plena luz del día.
De repente, un sonido rompió el trance.
—...y asegúrate de que el Arconte reciba los informes al amanecer —una voz masculina, clara y autoritaria, resonó al final del pasillo. Eran los guardias de ronda, y venían hacia aquí.
El pánico me golpeó como un cubo de agua helada. Mis ojos se abrieron de par en par. Si me encontraban así, medio desnuda y tocándome frente a la puerta de Damon, mi vida en Argosía terminaría esa misma noche.
Me separé de la pared con un movimiento brusco, arreglándome la túnica como pude. Eché una última mirada por la rendija; Damon parecía haber escuchado también, porque se había detenido, quedándose inmóvil como una estatua de bronce, alerta.
Corrí.
Mis pies volaron sobre las baldosas. No me detuve hasta que crucé el umbral de mi propia habitación y cerré la puerta con el cerrojo, apoyando mi espalda contra la madera, jadeando como si hubiera corrido un maratón. Mi corazón latía tan fuerte que sentía que iba a salirse de mi pecho.
—Gracias a los dioses... —logré articular entre respiraciones entrecortadas.
Me dejé caer al suelo, abrazando mis rodillas. Todavía podía sentir el rastro de la excitación en mi cuerpo, el pulso acelerado en mi centro. Él no me había visto. Estaba segura. Pero yo sí lo había visto a él. Había visto al guerrero invencible reducido a un hombre sediento de placer.
Me toqué los labios, que aún estaban calientes. El odio que sentía por él seguía ahí, pero ahora estaba mezclado con algo mucho más peligroso: la certeza de que Damon, mi hermanastro, era el único hombre capaz de apagar el incendio que yo misma acababa de avivar.
—Mañana... —susurré a la oscuridad de mi cuarto—. Mañana no podré mirarte a la cara sin pensar en cómo te movías, Damon.
Me arrastré hasta mi cama, sabiendo que, aunque el peligro de ser descubierta había pasado, la verdadera guerra acababa de empezar en mi interior.