Cap 1
El sol de Argosía no solo calentaba la tierra; parecía consumirla. A sus dieciocho años, Eris sentía que su propia sangre hervía con una intensidad que rivalizaba con el astro rey. El linaje de su padre, el Arconte Teseo, le había otorgado no solo la belleza de una estatua de mármol, sino también una herencia divina que se manifestaba en su temperamento volátil y en una fuerza que asustaba a sus propias hermanas. Pero ese día, el calor era insoportable, una tortura física que exigía un alivio inmediato.
Eris corría por el sendero secreto que llevaba a la Fuente de las Ninfas, un lago escondido entre acantilados de piedra caliza y olivos centenarios. Era su refugio, un lugar donde las reglas del palacio no existían. Se había despojado de su pesada túnica de lino, quedando solo con una fina stola de seda blanca que apenas le cubría el cuerpo. Sus pies descalzos conocían cada piedra del camino, y su respiración era rápida, no por el esfuerzo, sino por la anticipación del agua fría.
"Un chapuzón más, y podré soportar el banquete de esta noche sin gritarle a nadie", se dijo, con su voz suave pero cargada de una determinación que sus enemigos conocían bien.
Cuando el lago apareció ante ella, un oasis de aguas turquesas y tranquilas, Eris no dudó. Se deshizo de la stola en un movimiento fluido, quedando completamente desnuda bajo la luz del sol. Su piel pálida brillaba, un lienzo perfecto salpicado por el rojo ardiente de su cabello enredado. Se lanzó al agua con un salto gracioso, sintiendo el impacto frío como una bendición que apagaba el incendio de su cuerpo.
Nadó hacia el centro del lago, sumergiéndose y emergiendo, dejando que el agua acariciara cada centímetro de su piel. Era la única vez que se sentía libre, lejos de las expectativas de su rango y de la mirada severa de su padre. Se quedó flotando de espaldas, con los ojos cerrados, disfrutando del silencio perfecto que solo era roto por el canto de las cigarras.
Pero el silencio no duró.
Un chapoteo repentino y ruidoso rompió la calma del lugar. Eris se incorporó de golpe, con el agua cubriéndole solo hasta el pecho, y su mirada ámbar se clavó en la orilla opuesta. El corazón le dio un vuelco, no de miedo, sino de pura y ardiente irritación.
Ahí estaba él. Damon.
Su hermanastro, dos años mayor que ella, se había convertido en la pesadilla de su existencia desde que su madre se casara con Teseo. Damon era todo lo que ella no era: oscuro, disciplinado, un guerrero que ya llevaba cicatrices de batalla y que pasaba más tiempo entrenando con la espada que en los banquetes. Y lo peor de todo, era que él parecía disfrutar provocándola.
Damon estaba de pie en una roca, dándole la espalda. También se había despojado de su armadura y túnica, quedando solo con unos calzones cortos de cuero que se ceñían a sus caderas. Su espalda era ancha, musculosa, un testimonio de horas de entrenamiento brutal bajo el sol. Eris apretó los dientes. Por supuesto que él también conocía este lugar.
—¿Acaso el gran guerrero de Argosía no tiene batallas que pelear, o solo se dedica a espiar a las mujeres indefensas en sus baños privados? —gritó Eris, con una voz que cortó el aire como un látigo.
Damon se giró lentamente, sin prisa, como si su presencia no le afectara en lo más mínimo. Sus ojos, grises como la tormenta, se clavaron en ella, recorriendo la distancia que los separaba. No había sorpresa en su expresión, solo una especie de diversión cruel.
—Indefensa es la última palabra que usaría para describirte, Eris —respondió él, con su voz ronca y profunda—. Y no te estaba espiando. Este lago es tan mío como tuyo, aunque parezcas olvidar que soy parte de esta familia.
Él caminó hacia el agua con paso firme, sin dejar de mirarla. Eris sintió una punzada de algo que no pudo identificar. No era odio, no exactamente. Era una tensión que la hacía estremecerse más que el agua fría.
—Vete de aquí, Damon. He reclamado este lugar primero. Mi padre no estará contento si sabe que estás acosándome.
—Tu padre está demasiado ocupado con la política como para preocuparse por tus caprichos de niña mimada —replicó Damon, entrando al agua. El lago apenas le llegaba a la cintura, revelando un pecho cincelado y una línea de vello oscuro que desaparecía bajo el cuero—. Y yo no estoy acosándote. Solo quiero refrescarme.
Nadó hacia ella con brazadas potentes, acortando la distancia en segundos. Eris se quedó quieta, negándose a retroceder, aunque su cuerpo reaccionaba de forma extraña a su cercanía. El calor que el agua había apagado estaba volviendo, pero esta vez con una intensidad diferente.
Damon se detuvo a solo un metro de ella. El agua apenas les llegaba a los hombros a ambos. Eris podía ver el reflejo del cielo en sus ojos grises, y también una chispa de provocación que la hacía querer abofetearlo.
—Estás muy lejos de tu palacio, Eris —dijo él, en voz baja, casi en un susurro—. ¿Qué pasaría si algo te sucediera aquí, sola y desnuda?
—Soy una semidiosa, Damon. Puedo cuidarme sola. Y si algo me sucediera, Teseo se encargaría de que tu vida fuera un infierno.
—Teseo es un hombre poderoso, sí. Pero no es eterno. Y yo soy su heredero en espíritu, si no en sangre. Algún día, yo seré el Arconte.
—En tus sueños, guerrero. Mis hermanas y yo tenemos más derecho a este trono que tú. Eres solo el hijo de una mujer que tuvo suerte de casarse con mi padre.
Las palabras salieron de su boca antes de que pudiera detenerlas. Sabía que había cruzado una línea, pero la satisfacción de ver la mandíbula de Damon apretarse fue instantánea. Él dio un paso más hacia ella, y ahora la distancia entre ellos era casi nula. Eris podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo, un calor que el agua no podía disipar.
—Vuelve a decir eso, y te juro que... —comenzó él, con una voz cargada de amenaza.
—¿Que qué, Damon? ¿Me vas a golpear? ¿Me vas a castigar como si fuera una de tus esclavas? —lo desafió ella, echando la cabeza hacia atrás y mirándolo directamente a los ojos.
La tensión entre ellos era tan gruesa que casi se podía tocar. Eris podía sentir la respiración rápida de Damon en su rostro, y el olor de su piel, una mezcla de sol, sudor y el aroma del cuero húmedo, la rodeaba. Por un momento, olvidaron que eran hermanastros, que se odiaban, que había leyes que prohibían lo que ambos estaban sintiendo.
Damon bajó la mirada a sus labios, y Eris sintió que el mundo se detenía. Sus propios labios se entreabrieron, invitando un contacto que ella misma no entendía. El odio y el deseo eran dos caras de la misma moneda, y en ese momento, la moneda estaba a punto de caer.
Pero antes de que nada sucediera, un ruido de pasos apresurados se escuchó en el sendero. Ambos se separaron de golpe, como si hubieran sido tocados por un rayo. Eris se sumergió más en el agua, y Damon se giró hacia la orilla.
—¡Eris! ¡Damon! ¿Están ahí? —era la voz de Leda, la hermana mayor de Eris.
Damon maldijo entre dientes y se alejó de ella, nadando hacia la orilla opuesta. Eris lo vio salir del agua, con su cuerpo brillante bajo el sol, y sintió una punzada de arrepentimiento. ¿Qué había estado a punto de suceder? ¿Y por qué se sentía tan decepcionada?
—Estamos aquí, Leda —gritó Damon, sin girarse para ver a Eris. Se puso su túnica con movimientos rápidos y se alejó por el sendero, sin mirar atrás.
Eris se quedó sola en el lago, sintiendo que el agua fría ya no era suficiente para apagar el incendio de su cuerpo. Sabía que ese encuentro había cambiado algo entre ellos, algo que no podía ser borrado. El veneno de la fuente había entrado en su sangre, y ya no había vuelta atrás.
—¿Estás bien, Eris? —preguntó Leda, apareciendo en la orilla con una expresión preocupada.
Eris salió del agua y se puso su stola de seda, con movimientos temblorosos. Miró hacia el camino por donde se había ido Damon y sonrió, una sonrisa que no llegó a sus ojos ámbar.
—Sí, Leda. Estoy bien. Solo que el calor está insoportable.