Mi Dulce PecadoUpdated at May 3, 2026, 15:30
Aria Moretti no es una santa, y el internado "San Judas Tadeo" es su última celda antes de un matrimonio forzado que detesta. Sin embargo, en los pasillos de piedra y silencio, se encuentra con su mayor desafío: el Padre Kyler Lombardi. Joven, de una rectitud que irrita y una belleza que duele, Kyler está a un paso de sus votos definitivos. Él representa todo lo que ella debería respetar, y ella es la tentación que él juró combatir. Lo que comenzó como una guerra de insultos y castigos, se transforma en una obsesión que quema los rosarios. Entre confesionarios estrechos y bibliotecas en penumbra, Kyler descubrirá que el hábito no protege el corazón de un hombre, e Aria entenderá que, por primera vez, alguien la ve más allá de su apellido... aunque ese amor sea un camino directo al infierno. El aroma a incienso y cera de vela llenaba el aire, pero para Kyler, el perfume de vainilla y rebelión que emanaba de Aria era mucho más fuerte. La había citado para reprenderla por su última falta, pero el silencio de la noche se había vuelto espeso, eléctrico. Kyler la tenía acorralada contra la madera antigua, sus manos apoyadas a ambos lados de su cabeza, intentando mantener una distancia que su cuerpo ya había decidido ignorar. -Deberías estar en tu dormitorio, Aria -susurró él, con la voz rota, luchando por no bajar la mirada a los labios desafiantes de la chica-. Esto es un sacrilegio. Estás tentando a un hombre de Dios. Aria soltó una risa suave, cargada de una picardía que le recorrió la columna a Kyler como una descarga. Ella subió una mano, delineando con un dedo lento el cuello rígido de su camisa clerical. -¿Un hombre de Dios, Kyler? -le provocó ella, acercándose tanto que sus alientos se mezclaron-. Porque tus ojos no dicen "Padre nuestro", dicen algo mucho más oscuro. Dime... ¿qué pesa más? ¿Tu voto de castidad o el hambre que sientes cuando me tienes cerca? Kyler cerró los ojos, soltando un gruñido ahogado mientras ella se pegaba a su cuerpo, rompiendo la última barrera de tela. -Si me dejas seguir, Aria... no habrá vuelta atrás. Perderé el cielo por ti. -Entonces caigamos juntos -susurró ella, buscando su boca-. Prefiero arder contigo que salvarme sola. En ese instante, el primer botón de la sotana cedió, y el silencio de la sacristía se rompió con el sonido de una respiración agitada que no sabía de rezos, solo de pecado.