—¡Esto no puede seguir así Valerie! No sé qué ocurre contigo, pero esta situación es algo que debemos arreglar de inmediato.
Ruedo los ojos al escuchar por décima vez en lo que va de mañana los reclamos de mi padre, al mismo tiempo que un suspiro me abandona, sigo sin poder creer que ésta sea mi vida.
Alivio mi malhumor cuando lo veo estacionar el auto frente a la universidad, la cual está a solo a veinte minutos de mi casa. Tengo mi propio auto, un lindo Mercedes Benz clásico, fue un regalo de mi madre, el último que pudo hacerme antes de morir hace tres años.
Pero no puedo conducirlo. Porque… ¿Adivinen qué?
¡Estoy castigada!
Recién hace unos dos meses cumplí mi mayoría de edad reglamentaria y estoy a punto de graduarme de la universidad más respetada de la ciudad y la segunda de todo el país.
Pero nada de eso importa mientras aún sigas viviendo bajo el techo de tu padre obsesivamente protector y no cumplas unas de sus tantas reglas.
Hace una semana tuve un examen de historia y literatura, el cual sin querer queriendo, reprobé.
Digamos que no se me da muy bien eso de la lectura… Y a la hora de exponer, la embarre.
Me río ante el recuerdo y la voz de mi padre se agudiza.
—¡Valerie! Te estoy hablando, no vas a escapar de esto muchachita.
Cierro la puerta del auto antes de que él me pueda detener y comienzo a caminar.
—Ya no soy una niña papá. ¡Déjame en paz!
—Valerie. ¡Regresa aquí!
Elevo mi pequeña mano y me despido mientras sigo caminando hasta la inmensa puerta principal de la universidad.
Al día siguiente del examen, el profesor me hizo saber mi gran fallo colosal, pero por supuesto que no le dije nada a mi padre para evitarme justamente lo que acaba de suceder.
Imagínense tener que escuchar durante cinco días los reclamos de los padres por una simple falla que tiene solución.
NO. ¡Rotundamente no!
Y me alegra que justamente se haya enterado hoy de mi falla colosal, cuando debo repetirlo.
Entiendo que esté nervioso porque solo me falta menos de medio año para graduarme, pero tampoco es para tanto. Es la primera vez que repruebo en lo que va de año, soy buena estudiante, muy buena en realidad, pero tampoco perfecta.
Tengo mis pelones. ¡Y varios!
Como cualquiera.
Pero mi padre debe aprender a confiar más en mi y dejarme hacer lo mío a mí modo.
Este es mí tiempo, no el suyo.
Soy la menor de todos mis compañeros y eso es porque adelante dos grados de secundaria gracias a mis habilidades.
Así que mi padre debe darme algo de crédito al estar a punto de graduarme de la universidad con tan solo diecinueve años. Cuando lo habitual aquí, es graduarse de veintidós en adelante.
—¡Hola, Valerie!
Una de las chicas del primer semestre me saluda mientras camino por el pasillo que da a los casilleros y más atrás, su pequeño grupo de amigas tontas, también me saludan.
Ladeó una sonrisa falsa y sigo mi camino. Pero mientras lo hago, puedo escuchar claramente como una de ellas suspira y chilla por lo bajo de emoción cuando paso a su lado.
No sé porqué, pero siempre pasa que a los del último semestre, nos ponen en un gran pedestal.
Tengo dos años estudiando en esta universidad y pude ver lo que vivieron los alumnos del último semestre del año pasado.
¡Fue una locura!
Nunca pude entenderlo del todo y ahora, estoy pasando por lo mismo.
A mí, me parece una estupidez.
Pero he de reconocer que junto a mi grupo de compañeros, siempre nos hemos dado a conocer en la universidad, somos los rebeldes del lugar y los que de alguna manera, llamamos la atención.
Siempre.
Y ahora, estando en nuestro último año, la popularidad de todos se fue a las nubes. Los chicos lideran el grupo de fútbol y las chicas dominamos el grupo de porristas u animadoras, como quieran llamarles.
No me gusta mucho eso de saltar de un lado a otro, dando piruetas y rimando frases estúpidas pero no tengo otra opción.
Ya que tampoco soy muy buena con el profesor de educación física.
¡Y ya sé! Lo sé…
Puede parecer algo confuso estar en el grupo de porristas pero al mismo tiempo ser mala en educación física, pero bueno.
Así soy yo.
Siempre confundo a cualquiera que me conoce.
¡Y sí! También hay porristas en la universidad. No en todas, aunque no hay muchas tampoco ya que geográficamente Luxemburgo es pequeño y solo hay tres universidades en todo el país, pero sí. De esas tres, dos tienen sus animadoras.
Esta pequeña ciudad de Remich es todo un misterio, una caja de Pandora, suelo decirle.
Pero así me gusta.
Amo su tranquilidad cubierta de belleza natural y misterio ambiental.
Abro mi casillero, me coloco un suéter gris con el logo de la universidad y luego, saco dos de mis libros de historia y por último, mi cuaderno.
Cerrando mi casillero, la banda de la universidad me pasa por un lado mientras alguno de los miembros tocan los grandes trombones.
La docena de estudiantes que forman parte de la banda se adentran a la última puerta que da al final del pasillo y el bullicio cesa.
Sonrío al ver pasar a mis compañeros de clase, Esteban y Vanessa, ambos me saludan.
—Hola chicos. —Les correspondo el saludo y el abrazo con una gran sonrisa y los veo seguir su camino hasta el final del pasillo junto a la banda.
Ambos también forman parte de ella. Vanessa toca la trompeta y Esteban el clarinete.
La banda de la universidad tiene alumnos de todos los semestres y, de mi salón solo tiene a dos integrantes y por ser veteranos, obviamente son los más resaltantes.
Así es todo aquí, por increíble y estúpido que suene, quien tiene más tiempo en lo que sea que haga, tiene más poder o influencia.
Al principio, me fue difícil acostumbrarme a tal cosa, pero con el tiempo, fuí cediendo y entendiendo eso de los rangos.
No estoy muy de acuerdo, todos tenemos derecho a encajar y pienso que nadie es más que nadie pero, no soy quien para cambiar las reglas ya establecidas en esta universidad por los propios alumnos.
Y, aunque tampoco soy de seguirlas al pie de la letra en ninguna área de mi vida, aquí debo hacer la excepción porque mi carrera es primero.
Además, se lo debo a mis padres.
Soy rebelde, pero tampoco malagradecida.
Me encamino de nuevo, pero esta vez hacia los salones en la segunda planta, a pesar de ser una ciudad muy pequeña, la universidad es una de las propiedades más grandes. La segunda para ser exactos, después del gran Palacio de la alcaldía.
—Buenos días profesor. —Musito mientras me adentro en el salón treinta y dos.
—Buenos días, señorita Ackerman, tome asiento por favor.
Oh sí… Mi mañana apenas comienza.
Si esta vez no apruebo este exámen, me puedo ir olvidando de la graduación y de todas las fiestas que le acompañan.
Respiro profundo y decido poner toda mi fé y esperanza en mi angelito interno.
Estudié mucho estos últimos seis días, así que sé que lo aprobaré.
Al menos, como mínimo, debo obtener un diez.
Lo prefiero antes que repetir.
★*★*★*★*★
11:45 AM
Al terminar mi pesadilla de exámen mucho más difícil que el anterior, miro al profesor de manera expectante y segundos después de echarle un vistazo a la hoja, eil me devuelve la mirada y haciendo un ademán, me indica que salga del salón.
Pero estoy renuente a hacerlo, así que con la mirada le suplico que me dé alguna señal de aprobación y el parece leer mis pensamientos porque lo veo ladear una sonrisa, fue de manera fugaz. Si no es porque lo estoy mirando fijamente a los ojos, créanme que no me hubiese dado cuenta.
Una sonrisa de punta a punta adorna mi rostro y el profesor Green de inmediato deja de mirarme y luego coloca mi exámen sobre su escritorio.
Al girarse nuevamente, él chasquea los dedos y de inmediato capto el mensaje retirándome del salón.
Bajando las escaleras a toda prisa, escucho que alguien me sigue de cerca y cuando giro mi cabeza para ver de quién se trata, suspiro al ver que es mi queridísimo amigo Rupert.
No me hubiera sentido para nada cómoda si me hubiese topado con alguien del primer semestre.
Son muy intensos.
—¿Muy difícil el exámen? —Me susurra al oído mientras me da un casto beso en la mejilla.
—Dificilísimo. —Asiento la cabeza y sonrío mientras lo abrazo.
Después de todo, no fuí la única bruta que debió repetir el exámen, mi amigo Rupert y tres compañeros más también debieron repetirlo.
Juntos bajamos las escaleras con calma hasta la primera planta de la universidad y cuando estamos pasando por la puerta que da entrada a los tras bastidores del teatro, ambos nos detenemos al escuchar un insoportable pitido de alguna prueba de sonido.
Me sobresalto al sentir como alguien me abraza por detrás y mi amigo de inmediato se gira para ver de quién se trata.
—¿Dónde estaban? ¡Tengo más de una hora tratando de dar con ustedes!
—¡Samantha! —Chillo exasperada y me giro para confrontarla— Me asustaste, deja de hacer eso. No puedes andar llegándole por detrás a las personas.
—¡Ay! —Ella hace una mueca de ofensa y luego palidece al ver algo tras de mí.
O mejor dicho, alguien.
Así que, siguiendo la dirección de su mirada, me giro de nuevo para ver quién la a hecho palidecer y mi amigo Rupert también hace lo mismo.
Unos tres chicos de unos aproximadamente veinticinco años de edad, vestidos de n***o en su mayoría y con un estilo Rockstar muy moderno, salen de los tras bastidores del teatro.
Los tres chicos demuestran de inmediato que no andan de ánimos para socializar y sus caras de culo los delatan sin dudar.
La amargura brota por sus ojos.
Mi amiga Samantha se gira en su dirección para seguir mirándolos y yo, simplemente decido seguir mi camino hacia la salida que da al jardín trasero de la universidad, Rupert me sigue de cerca y cuando ya estamos por llegar a la puerta, ésta se abre de par en par.
Los rayos del sol chocan sin piedad y sin previo aviso contra mis ojos sensibles, los cuales están sumamente adaptados a la claridad interior de la estructura y de inmediato cubro mi rostro con ambas manos.
El sol del medio día suele ser despiadado a veces y esta entrada tan abrupta no fue para menos.
No fue de ayuda en lo absoluto.
Cuando dejó de cubrir mis ojos unos segundos después, Rupert está de pie junto a mí y mi amiga Samantha está en mi otro costado.
—¿Estás bien? —Le escucho decir y asiento de inmediato en respuesta.
Al momento en que me giro hacia la puerta nuevamente, la mirada de dos chicos se clavan sobre mí y de inmediato noto que tienen el mismo estilo Rockstar de los otros tres chicos que vimos hace un minuto atrás.
Me tomo unos segundos para detallar con total plenitud a ambos chicos, pero en especial a uno de ellos.
Tiene los ojos tan oscuros que no logro definir si son marrones o negros. De este último no estoy tan segura. Pero su cabello, puedo jurar que es del mismo color que el mío.
Castaño claro, muy claro.
Es notablemente alto, tal vez mide un metro ochenta y su compañero también. Ambos son de tez blanca y se nota por encima que no son de la ciudad.
Mi piel se entumece al darme cuenta que ninguno de los dos aparta la mirada de mí.
En especial, él.
El chico de ojos indescifrables.
Su amigo es sumamente atractivo y tiene unos lindos ojos grises muy llamativos, bueno, ambos son muy atractivos a pesar de sus estilos Rockstar.
Sus vestimentas podría decir fácilmente que son muy similares a la de los motoristas.
No les noto tatuajes a la vista, aunque sus chaquetas y bufandas no es que dejen ver mucho tampoco.
Tal vez sean una banda de rock y estos dos chicos sean los vocalistas.
Bueno, lo que sean. No me importa, ni debe importar.
¡Tengo cosas que hacer!
Oh Dios… Debo dejar lo analista por una vez en la vida.
Suspiro.
Dejo de mirarlos y cuando voy a dar un paso hacia la salida, escucho a mi amigo Rupert decir:
—Deberían ser más atentos a la hora de abrir alguna puerta de las instalaciones.
Trago saliva con fuerza al ver cómo el chico de ojos bonitos camina con lento desdén hacia nosotros y se detiene frente a mi amigo.
Su mirada es fría, pero sarcástica al mismo tiempo. Aunque no más fría que la de su compañero de ojos indescifrables.
—¿Si no qué?
—No me intimidas. —Rupert saca pecho y me sorprendo por su valentía, es igual de alto que el chico que tiene en frente, pero mi amigo suele ser muy tranquilo— Todos pagamos una buena mensualidad para mantener las instalaciones. Y por supuesto que no me gusta ver como alguien externo a nuestra universidad, bate lo que es nuestro contra la pared.
Uhh...
El chico asiente muy atento a lo que mi amigo le ha dicho, pero segundos después, ríe de manera juguetona y se echa hacia atrás para mirar a su amigo.
—¿Escuchaste eso Ryan?
—Me temo que sí. —Su voz tan suave me deja helada.
Así que su nombre es Ryan…
—Para tú información, no fuimos nosotros. —El chico de ojos bonitos vuelve hablar— Estábamos abriendo la puerta cuando una ráfaga de viento nos embistió y empujó la puerta haciéndola chocar contra la pared. —El camina de nuevo hacia mi amigo y finaliza diciendo— Gracias por el dato. Trataremos de no tocar nada la próxima vez, no queremos quejas de los papis.
Mi boca se abre de par en par ante lo escuchado, eso fue un golpe bajo.
Muy bajo.
Rupert frunce el ceño y por un segundo su mirada sostiene la mía.
—Te espero afuera.
Asiento y lo veo abandonar el pasillo para salir por la puerta que da al jardín, la cual aún sigue abierta después de la dramática entrada de los Rockstars.
Mi amiga Samantha se va detrás de Rupert a toda prisa y yo como tonta, me quedo paralizada en medio del pasillo frente a estos dos monumentos.
Los cuales aún no me quitan la mirada de encima.
¡Vamos! ¿Por qué mi cuerpo no responde a mis reclamos?
Muero por salir de aquí, tengo cosas que hacer.
—Te espero en bastidores. —De nuevo la voz de el chico de ojos bonitos se hace presente mientras da dos paso hacia mí— Hola, bonita. —Su tierna sonrisa me toma por sorpresa y no evito ruborizarme— No tardes Ryan, recuerda que los chicos no están de humor por tu grandiosa escena en el bar, anoche.
—Cállate, Danny.
—Que conste…
El chico de ojos grises ahora con nombre para identificar ‘Danny’ Me sonríe de nuevo antes de irse y mi vista regresa al amargado mayor frente a mí.
Cinco grandes pasos nos separan. Mejor dicho, cinco grandes pasos me separan de la puerta.
Pero aún no tengo el valor para irme, por alguna extraña razón juro que no lo tengo.
Aunque no lo demuestro en lo absoluto.
Soy muy buena aparentando lo que siento y lo que no siento también.
Aprendí hacerlo cuando mamá murió. Y creo que lo haré por el resto de mi vida. Así nadie podrá saber lo que realmente estoy sintiendo en el preciso momento y así nadie podrá lastimarme.
Podrá sonar algo cliché, pero créanme, es efectivo.
Al menos, para mí.
El da dos pasos hacia mí y su mirada de un momento a otro divaga por mi cuerpo de arriba abajo sin disimulo alguno.
Tal acción hace que me sulfure internamente.
—¿Qué me ves? —Espeto.
—Lo mismo que tú me viste a mí. —Replica sin dudar y su mirada fría y vacía se encuentra con la mía otra vez.
Tal respuesta me noquea, no sé qué decir, así que decido callar porque él tiene toda la razón. Yo también lo miré de la misma forma y, estoy segura de ello.
El da otro paso, invadiendo mi espacio personal y un sofoco me invade de pies a cabeza.
—Retrocede. —Susurro casi en un hilo de voz.
—¿O qué?
—Estás siendo invasivo.
—¿Invasivo? —Arquea una de sus hermosas cejas de manera juguetona y tal cosa me hace enojar más.
¡Es un atrevido!
—Sí. —Afirmo— Espacio personal… ¿Sí sabes lo que es?
—¡Pff! —Bufa— Ya quisieras.
Escuchar eso sí que me hace reír y dejando el enojo por completo a un lado, la confianza regresa a mí como por arte de magia.
Este tipo está loco.
¿De dónde tan siquiera imagina tal cosa?
Vuelvo a reír y sin dudarlo, espeto:
—En tus sueños, iluso.
Lo miro asqueada y pasándole por un lado, salgo de allí de inmediato.
Me alegra mucho que mi cuerpo por fin haya respondido a mis reclamos.
La tensión, ya era insoportable.
Y espero sinceramente, nunca más toparme con ese atrevido de nuevo.