Veintisiete minutos. Veintisiete minutos han pasado y no hay ni rastro de él. Tampoco sé si está retrasado o si vendrá. La incertidumbre me está matando. Comienzo a preguntarme cuánto tiempo de espera es necesario para perder mi dignidad. Otras preguntas frecuentes son: ¿ya la habré perdido?, ¿parezco tan tonta como me siento?... también hay otra, que carece de explicación porque no la tiene y no quiero averiguar la respuesta. ¿Por qué no dejo de esperarlo? Sé que tarde o temprano tendré que analizar mi respuesta a esa cuestión, y para mí es mejor tarde. No tengo intención de indagar en mis sentimientos por él sentada en el porche esperando a que se digne a materializarse aquí. La latente posibilidad de que no aparezca va cobrando fuerza. Eso es malo no solo por la extraña mezcla de emo

