—¿Quién? —digo en tono somnoliento pero gruñón, la persona que está al otro lado de la línea ya consiguió que esté de mal humor. Un bostezo largo y cargado de sueño sale de mi garganta. Odio que me despierten en las mañanas. ¿A qué ser tan malvado y descorazonado se le puede ocurrir interrumpir mi sueño un sábado en la mañana? —¡Levántate, Theresa! El sol ya salió, las aves cantan, el cielo está azul y yo te obligaré a bajar si no estás afuera en diez minutos —dice Kieran. ¿Por qué no consigue a alguien más que molestar? —¡No grites! —Me froto los ojos—. Y basta de amenazas. Lo único que vas a conseguir es que te estrangule. Ignora mi orden por completo y me aturde con sus gritos —Tú aceptaste el trato, ahora, ¡quiero que vengas a...! —le corto. Tapo mi cabeza con la almohada y suelto un quejido. Luego de mi drama matutino, me levanto y me visto con jeans y un sweater. Me hago un trenza de lado, me pongo un poco de rimel y tomo mi bolso. Afuera, el auto de Kieran está estacionado en la entrada, entro en el auto y lo observo con desprecio en mis ojos. —¿No podías esperar a una hora coherente para despertarme? Arranca el auto. —¿Te parece temprano las diez de la mañana? — usa ese tono que aspira a ser superior y que yo odio con toda mi alma. Odio a Kavinsky con toda mi alma—. Tienes que venir porque averigüé que Lindy va a estar en el centro comercial hoy. —¿Cómo sabes eso? —pregunto. —Tengo mis contactos. —¿Los mismos contactos que te dieron mi número? Porque no recuerdo habértelo dado. —Apoyo mi brazo en la ventana y observo hacia afuera. —Los mismos —asegura—. Solo tienes que decirme cómo actuar para acercarme a ella y te podrás ir. Estaciona entre una fila de autos. Bajo del coche, me coloco mi bolso, preparo mi mente para el largo día que me espera, me digo a mi misma que sobreviviré y no camino un paso hasta que las quejas de Kavinsky llegan a mis oídos. —¡Vamos, Tessa! Acelera el paso. —toma mi mano y me arrastra por el primer piso hasta las escaleras mecánicas. —¡Tú me trajiste! Tendrás que aguantarme el resto de la mañana. Y no sé si lo sepas pero, aunque vayas más rápido llegarás al mismo lugar antes o después. —Sí, seguro. ¡Apúrate! —Prácticamente corre a través de las tiendas conmigo detrás de él y se detiene frente a un Starbucks. Nos escondemos tras una columna y espío discretamente. Ella está ahí, Lindy está ahí sentada mirando su celular y charlando con una amiga. —Bueno, ahí está —señalo—. ¿Qué esperas? ¡Háblale! —¿Qué le digo? Dijiste que ella quiere un príncipe azul, ¿qué hace un príncipe azul? —Para empezar, tal vez deberías sacarte esa chaqueta de cuero, es muy de playboy, dámela. —Me la entrega quedándose con solo una camiseta gris que marca sus músculos—. Péinate un poco —paso mi mano por su pelo, él alza una ceja y yo ruedo los ojos—, y nada de ser arrogante o egocéntrico con ella —le digo como una madre que reprende a su hijo por jugar a la pelota dentro de casa. —Okey, entendí. ¿Y de qué le hablo? —Se alborota el cabello otra vez, parece como si odiara tener cada pelo en su lugar. —No lo sé, está con su amiga, tendrías que acercarte y unirte a la conversación o deberías esperar a que se vaya —sugiero. —Entonces, tenemos que esperar. —Se apoya en la columna. —"Tenemos", ¿cómo que "tenemos"? Te refieres a que tú y tu retorcida mente se quedaran solos aquí esperando por una oportunidad para conquistar a Lindy, ¿no? —Yo solo quería dormir, sin embargo, el universo siempre se pone en mi contra para sacarme a patadas de las cómodas y calentitas sábanas de mi cama. ¡¿Qué hay de malo en que una cansada persona quiera dormir?! ¿Qué tiene Kavinsky contra mis ocho horas necesarias de sueño? ¿No me puede dejar ir? —No. Tú te quedas conmigo. —¡Este chico en verdad me odia! —Pero... —Me hace callar. —Shh... ambos sabemos que te quedaras. —Odio que tenga razón. No obstante, la tiene. Tengo que encontrar la forma de borrar ese estúpido video. —Augh... bien. —Doy tres pasos y él me detiene. —¿Qué haces? —interroga. —Pido un cappuccino. —¿Qué? No lo harás. —Si vamos a quedarnos aquí al menos lo haré desde la comodidad de una silla y con mi cappuccino. Y si lo piensas es lo más normal, en vez de observarla desde aquí, como un loco acosador. —No —dice firme. No puedo y no quiero aguantarlo a esta hora de la mañana, no tengo ganas de ver su cara de "harás lo que digo cuando quiera, porque quiera y donde quiera". —Mira, Kavinsky, si tu quieres quedarte ahí espiando como un psicópata, bien. Pero no me arrastres a mí contigo y además quiero mi cappuccino, ¿si? Estoy cansada y de mal humor y... ¡Tú tienes toda la culpa! —Algunas personas se voltean a verme como si fuera una loca—. Ahora yo quiero mi estúpido cappuccino y voy a conseguir mi estúpido cappuccino, te guste o no. Espero pacientemente en la fila, recojo mi pedido y tomo asiento en una de las ventanas, a unas mesas de Lindy. Ni siquiera la conozco y ya la aborrezco. ¿No podías tener sexo con él y ya? Ahora Kavinsky es mi martirio personal, muchas gracias. Miro hacia la ventana debatiéndome a quién detesto más: a mí por emborracharme, a Kieran por chantajearme o a Lindy por no lanzarse a los brazos de Kavinsky. Alguien se sienta a mi lado interrumpiendo mi pequeña pelea conmigo misma. Más específicamente, Kieran se sienta a mi lado con un frappé. Lo veo seria a sus ojos grises que nunca revelan nada más de lo que él quiere. —¿Qué? Yo también quiero algo para tomar, Theresa. Le dedico una mirada de "en serio" a lo que él responde sorbiendo su frappé. —Como quieras, Kavinsky. We are never ever getting back together de Taylor Swift comienza a sonar, lo que significa que mi teléfono está recibiendo una llamada. Lo busco en mi bolso y doy con él cuando la llamada ha finalizado pero no tarda en volver a sonar. —Hola, mamá. —Me hace la típica pregunta "¿Dónde estás?" y le digo que con Melany y Jen. No tiene porqué enterarse de lo que sucede con Kavinsky. Le digo que la llamaré luego y cuelgo. Kavinsky comienza a reírse. —Esa canción es tan... —Lo fulmino con mis ojos —Lo siento, pero, es tan patética y es de la Edad de Piedra. Hago un gesto exagerado fingiendo que estoy verdaderamente enfada. —No es tan antigua. Y me encanta. Para tu información amo la música pop. —Claro. Y luego dices que no te gustan las cosas cliché. De seguro que te encantan las novelas y comedias románticas. —No. Bueno... tal vez, pero —lo apunto con mi índice— ese no es el punto de la conversación. —Dime que no lloraste cuando viste Bajo la misma estrella y te dejaré en paz. Abro la boca para replicar, aunque es imposible hacerlo. Todo el mundo llora con esa película y con el libro, es imposible no hacerlo. —Te lo dije. Eres otra chica que quiere su cuento de hadas. —No lo soy. —Apoyo mi bebida en la mesa—. Desde hace mucho que me dí cuenta de que no quiero despertar de un sueño eterno gracias al beso de un chico apuesto, pero desconocido. ¿Qué te hace creer lo contrario? —Demuéstralo. Si no esperas a un chico en especial ve y conquista uno. Frunzo el ceño. —¿Aquí? —Sí. Quiero que hables con un chico y consigas su número. —Estás loco. No lo haré. —Observo los autos pasar. —¿No lo harás? —su tono arrogante se hace presente. —No. —¿Por qué?, ¿tienes miedo? —¡No! —exclamo. Sonríe de lado, satisfecho con mi reacción. —Creo que lo tienes —me provoca. —¡Que no! —Entonces hazlo. Te reto a que vayas a la mesa de ese chico de camisa verde y consigas su número. —Mueve su cabeza en dirección al chico que parece estar detrás de mí. Observo "disimuladamente" sobre mi hombro. —Es lindo. —Kieran me mira de reojo. —¡Habla con él! Me debato entre darle la satisfacción de que crea que soy una cobarde o sorprenderlo y demostrarle que no sabe nada de mí. Lo miro una última vez y me levanto. Por su cara deduzco que creía que no lo haría. Me encamino hacia la mesa de mi objetivo. —Hola —saludo brevemente. ¡Wow! Toda una experta en conquistas. Oh, cállate conciencia. —Hola —me sonríe. —Soy Tessa. —Ryan. Mi cerebro piensa en una posible conversación y digo la primer tontería que cruza por él. —¿Te gusta el lugar? Me siento frente a él. —Sí, suelo venir con mis amigos a hacer tarea luego del instituto. ¿Y tú? —Genial —digo—. A veces vengo, ya sabes, a tomar cappuccinos y comer algo... Si —Miro mis pies y resoplo—, escucha Ryan, pareces lindo y lo eres, pero, ¿puedo pedirte algo? Ryan duda y yo decido proseguir. —¿Ves ese chico de camiseta gris que nos está viendo? —Lo apunto de la manera más disimulada que puedo. —Es tu novio. Me atraganto con mi propia saliva y toso tres veces. Logro tragar con fuerza deteniendo este episodio tan embarazoso. —No, él es... un amigo que me reto a conseguir el número de un chico. Y —escucho mis palabras y me doy cuenta de lo loca que sueno—, no tiene que ser el tuyo si no quieres, solo, te agradecería mucho si me das un número que al menos se parezca al de un teléfono. Me observa unos segundos y se le forma un hoyuelo cuando sonríe otra vez. —Dame tu mano. —Extiende la suya y coloco la mía encima. Su bolígrafo me hace cosquillas en la palma. Cuando termina lo observo y veo que agregó una carita sonriente al final. Muerdo mi labio inferior para suprimir una sonrisa. —Gracias, Ryan. —No hay de que —me levanto de la silla—, y llámame alguna vez. ¡Me dio su número! —Claro y gracias de nuevo. Vuelvo a la mesa rebosando de felicidad. Kieran no deja de mirarme, es obvio que se muere por preguntar. Agarro mi cappuccino y lo termino. —¿Y bien? Le muestro mi mano. —Me dio su número —exclamo. —¡Wow! Bien hecho, Tessa. Esa afirmación me pone más feliz aún. Nos quedamos en silencio, miro a mi alrededor y veo vacía la mesa de Lindy. —¿Y Lindy? —pregunto. —¿Eh? —Kieran registra el lugar sin encontrarla. Palmeo su hombro. —Creo que se fue. Hoy no es tu día, Kavinsky. Suelto una carcajada. Kavinsky me escruta hasta que me quedo en silencio, pero con una sonrisa plasmada en mi boca.