Marta se despertó llena de sudor, nuevamente los sueños húmedos con Ignacio no le daban tregua, sentía los pechos sensibles, cada vez eran más realistas.
Ahora que sabía que sentía cuando la tocaba, guió la mano hasta su entrepierna, abrió los pliegues y se acarició con la yema de dos dedos, estaba realmente mojada, siguió tocándose excitada, la humedad de su v****a empapaba los dedos y la guiaba al placer, eso se estaba convirtiendo en una costumbre.
—Ignacio…—susurró.
Recordó lo sucedido la tarde anterior en la consulta, imaginó que hubiera pasado si hubiese llevado falda y gimió cuando volvió a mojarse, deseaba sentirlo dentro de ella, ¿Sería dulce o sería agresivo follando?, ambas opciones le resultaron atractivas, sus dedos tocaban delicadamente. Es curiosa la calma que usamos las mujeres para darnos placer, cuando por fin llegó al orgasmo se tranquilizó, pero no dejó de pensar en él hasta que se quedó profundamente dormida.
Como si estuvieran sincronizados Ignacio también pensó en ella, en su caso no fue un sueño, se despertó por el calor y su mente vagó al cuerpo de Marta, tan apetecible, recorrió sus labios, su cara, sus pechos… cogió con una mano el m*****o y lo movió despacio mientras imaginaba que estaba con ella en un vis a vis.
Marta no solo se entregaba a él, también participaba activamente en el sexo, lo cabalgaba mientras él disfrutaba de las vistas de sus caderas, se movían siguiendo un ritmo creado por ella, con los pechos al alcance de su vista y sus manos, volviéndolo loco por ponerla a cuatro y penetrarla con fuerza hasta saciarse, con cada detalle que su imaginación creaba iba más rápido, se corrió derramando el líquido tibio en sus dedos, cogió papel higiénico y se limpió satisfecho, vacío.
Marta desde la consulta tenía la esperanza de ver a Ignacio aunque fuera a distancia, pero no lo vio, fue una semana tediosa y larga para ella, por suerte las noches eran excitantes y emocionantes en la intimidad de su habitación.
Cada noche fue un sueño distinto, en su mente traicionera habían tenido sexo en diferentes sitios, desde la enfermería hasta en esa habitación.
Ignacio para descargar toda la tensión se metió de lleno en el gimnasio, se ejercitaba hasta caer rendido, todo el cuerpo le dolía por el esfuerzo, pero era la única manera de conservar la cordura, tanto por la situación, como por esa mujer que no salía de su cabeza.
Seguía esperando que el viejo que lo metió ahí muriera, pero los días pasaban y no recibía ninguna noticia al respecto.
Después de una dura y lenta semana Marta sonreía al espejo, ya iba de noches y poder estar con él, aunque solo fuera unos minutos provocaba movimientos en su interior, decidió ponerse un vestido que le llegaba por las rodillas y una chaqueta, encima iría la bata así que podía decir que iba decente, subió al autobús y mientras éste se dirigía a su destino rozó sus labios con los dedos, "aún no lo había besado", pensó, ¿Cómo sabría su boca?
Sus pensamientos eran dirigidos por la tensión que apretaba su estómago, no solo había mariposas ahí dentro, sino una sed insaciable de tocar a Ignacio. Bajó del autobús y entró en la prisión como acostumbraba a hacer siempre.
La ropa marcaba más sus curvas, algo que al guardia que la registraba no le debió pasar desapercibido, esta vez, más escrupuloso al tocarla, pasó las manos por sitios donde nunca lo había hecho, se sintió muy incómoda cuando metió la mano por la falda del vestido y acarició sus piernas llegando al borde de ellas, Marta se movió poniendo un gesto de negación, el guardia estaba apunto de tocar por encima de sus braguitas poniéndola muy nerviosa.
—¿¡Bueno ya está no!?, ¡Deja tranquila a la chica! —le riño su compañero.
El guardia acató la orden y la dejó seguir.
Marta agradecida le sonrió, al igual que los presos , los guardias también eran diferentes, algunos se creían con el derecho de hacer lo que quisieran, incluso por encima de la ley, otros respetaban las normas estrictamente e intentaban mantener un orden.
Entró a la consulta donde tenía que firmar el cambio de turno, la enfermera suplente la miró con desaprobación, según ella debía ir tapada hasta las orejas o era una buscona, pero a Marta no le importó su opinión, atendió un par de pacientes antes de que apagaran las luces y todo quedará en silencio, entonces la realidad la invadió, estaba en la cárcel, Ignacio no la podía ver cuando quisiera, ella tampoco a él, se sentó sintiéndose como una tonta.
Ignacio daba vueltas en la oscuridad de la habitación pensando cómo podía hacer para que lo mandarán a la enfermería
—¡Me estás poniendo nervioso con tanta vuelta! —le dijo Josué tumbado boca arriba en su cama.
—¡Pegame un puñetazo en la nariz!—le suplicó Ignacio
El hombre lo miro como si estuviera loco, se sentó en la cama.
—¡Vamos, hazlo!, ¡haz que sangre!—le rogó.
Josué no lo pensó mucho, dio un salto saliendo de la cama y le propinó un puñetazo con todas sus ganas.
—¡Ah!—se quejó Ignacio tocándose la nariz.
—¡Me lo has pedido! —dijo su amigo abriendo los brazos.
Ignacio notó la sangre llegar a sus labios, sonrió.
—Gracias, amigo.
—¡Anda, tu enfermera te espera!, ¡Estás como una cabra! —se rió Josué. Ignacio llamó a los guardias que estaban cerca, les enseñó la sangre y mintió diciendo que estaba durmiendo tan tranquilo y empezó a sangrar, los guardias aunque no muy convencidos, lo llevaron a la enfermería, al entrar la miró, estaba preciosa.
Marta se acercó a la puerta, agradeció a los guardias y les pidió que esperasen fuera, cerró tras de sí, le pidió a Ignacio que se sentase y le limpió la sangre.
—¿Josué? —preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
Él asintió con la cabeza sin poder parar de mirarla.
Siendo consciente de que no tenían mucho tiempo se quitó las bragas, necesitaba hacerlo, estaba desesperada, Ignacio asombrado por su iniciativa se acomodó en el asiento y se bajó los pantalones, no era romántico pero si excitante.
Marta se puso encima de él con las piernas abiertas, le introdujo la polla suavemente pensando que estaría seca, se endureció en cuanto la sintió completamente mojada, la sujetó por la nuca y la besó con lujuria mientras se movía dentro de ella, desabrochó la bata rápidamente y tocó sus pechos por encima del vestido, desesperado subió el vestido hasta descubrir el sujetador y tener más contacto con su piel.
Marta se movía volviéndolo loco, sujeta con los brazos a sus fuertes hombros dejó que le bajara el sujetador y lamiera sus pezones, nunca, en toda su vida, había estado en ese nivel de excitación, deseaba gemir como lo sentía, pero debía contenerse para que no los escucharan.
Ignacio la levantó como si no pesara nada y la colocó contra la camilla, quería sentirla más, la agarró fuerte por los hombros y le penetró con fuerza, Marta se mordió el brazo para que ningún sonido saliera de su boca. Ignacio con cada embestida disfrutaba de las vistas, el trasero redondo y firme de Marta pegado a él le ponía a mil, cuando el clímax llegó, empujó más rápido y fuerte haciendo que ella marcara su piel, clavándole las uñas para no gritar.
Se corrió dentro y quedó unos segundos así, como si fueran uno. Consciente de que ella no había acabado sacó su m*****o y dio paso a sus dedos, los metió, acariciando, llevándola al éxtasis.
Marta se sujetó fuerte a la camilla hasta que una ola de sensaciones la recorrió entera, cuando la noto temblar metió los dedos rítmicos y se la folló con ellos, su mano empapada de la corrida de la chica le indico que podía parar.
Marta se dio la vuelta colocándose el vestido y lo besó.
—Gracias.—le dijo bajito, él correspondiendo continuó el beso y acarició su mejilla.