Tres años después. —Bienvenida a Manhattan, Sra. Holloway —dijo una azafata uniformada al pie de la escalerilla, inclinando la cabeza con gesto respetuoso mientras extendía un brazo para ofrecer apoyo en el descenso. Sandra Holloway descendió del jet privado con la firmeza de quien ya no pertenece al pasado. Cada peldaño metálico vibraba bajo el golpe acompasado de sus Louboutin blancos y aquel eco retumbaba como un himno de renacimiento que parecía anunciar su regreso como un recordatorio para todos, incluso para ella misma, de que nada volvería a ser igual. Al escuchar su apellido resonar en aquella tierra que le había arrebatado tanto, un estremecimiento recorrió su espalda. Era como si la ciudad pronunciara en voz alta la herida que jamás cicatrizó d

