Quiero todo de vuelta.

1168 Words
Sandra se encontraba de pie frente al escritorio principal, una reliquia que había sobrevivido a tres generaciones de decisiones, pérdidas y secretos. Sobre ella reposaba el sobre lacrado, impecable, coronado con el escudo de los Holloway, una H gótica encerrada en un círculo de laureles dorados, como si el pasado la observara desde el bronce del linaje. A su lado, Julián aguardaba en silencio, erguido y con un portafolio de cuero entre las manos. En su interior, reposaba la documentación que estaba a punto de borrar para siempre a Sandra Vega del registro de los vivos… para devolverle al mundo el nombre que nunca debió haber ocultado. Sandra Holloway. —¿Estás segura? —preguntó Julián, su voz grave y templada por la experiencia, pero cargada de suavidad. Aunque conocía la respuesta, la formuló como un rito de paso. Necesitaba escuchar de ella, con palabras firmes, que el paso hacia el pasado sería también su entrada al porvenir. Sandra no apartó la vista del sobre, ni siquiera pestañeó, solo asintió con la cabeza, como quien se enfrenta a una verdad demasiado grande para expresarla en palabras. Sentía el pulso latirle en las muñecas, pero su rostro permanecía sereno. Con movimientos lentos, casi ceremoniales, rompió el lacre. El papel que extrajo era grueso, de textura lujosa, y olía a tinta fresca, a legado, y a despedida. La caligrafía era firme y reconocible, inconfundible incluso con el paso de los años. Era la letra de su padre, la misma que había llenado tarjetas de cumpleaños cuando era niña, la misma que firmaba acuerdos que movían imperios. El último Holloway, el único que había sobrevivido lo suficiente como para esconderla de un mundo hambriento de poder. Ahora, desde la distancia irreversible de la muerte, le hablaba como nunca antes lo había hecho. Sandra tragó saliva con dificultad, sentía una punzada de culpa trepando desde el estómago hasta la garganta. No había estado con él en sus últimos días, no pudo sostener su mano ni despedirse. En ese entonces, seguía atrapada en el infierno privado de ser la esposa despreciada de Mateo, sometida al desprecio de un amor que la anulaba, y además, Victoria acababa de llegar al mundo. Mientras su padre moría solo, ella sobrevivía en silencio, ajena a su verdadero mundo, cargando con un apellido que nunca le perteneció del todo. Ese remordimiento, ahora, la quemaba por dentro como un fuego lento, inevitable y cruel. Comenzó a leer: “Mi pequeña Sandy…” “Si estás leyendo esto, significa que el tiempo, al fin, ha cumplido su ciclo. Significa que has vuelto… o que te han roto tanto que no tuviste más opción que regresar a lo que siempre fue tuyo. Perdóname por esconderte, perdóname por obligarte a vivir bajo un apellido que no era el tuyo, pero eras mi única hija, nuestro apellido traía enemigos, intereses, amenazas. Aquella amenaza de secuestro lo cambió todo y no tuve otra opción que alejarte de este mundo por amor. Te protegí con la esperanza de que, cuando volvieras, lo hicieras con el poder suficiente para reclamarlo todo. Y no sabes cuánto esperé tu regreso, pero preferiste casarte y es posible que parta de este mundo sin conocer a mi pequeña nieta Victoria. La mansión, las empresas, el apellido… todo te pertenece, pero lo más valioso que te dejo es la verdad. No dejes que el mundo te trague, aplástalo si es necesario, y recuerda siempre que fuiste criada para resistir, no para mendigar. No permitas que el dolor nuble tu juicio, Sandra, tú no eres débil. Eres una Holloway. Y los Holloway… no mueren en silencio.” La última línea fue una daga ardiendo en su pecho, tan afilada como inesperada. Sandra cerró los ojos, no para huir de las palabras, sino para dejar que calaran con fuerza, que penetraran su pecho y la desbordaran desde adentro. De pronto sintió que le faltaba el aire. El eco del nombre de Victoria en esa carta, la alusión a una nieta que ya no existía, la desarmó por completo. Su padre nunca la conoció y ahora, ninguno de los dos estaba con ella. Se había quedado sola. Sin él. Sin su hija. Sin las dos únicas personas que amó con toda el alma. Las lágrimas no tardaron en brotar, pesadas y calientes, como si cada una cargara con todos los duelos acumulados en su vida. No venían solo del dolor o la pérdida, también de la amarga certeza de que la vida le había arrebatado lo más valioso, incluso esos instantes que debieron ser suyos y que jamás volverían Sus labios temblaron, sintiendo un nudo que le comprimía la garganta, y en su pecho latía una rabia triste. El silencio la envolvía como un manto áspero y pesado, mientras dentro de ella se desataba un huracán que arrasaba con los escombros de los años perdidos. Sentía cómo se levantaban nubes de polvo, viejas memorias y promesas rotas, y entendía con una claridad dolorosa que no pensaba olvidarlas ni perdonarlas jamás Pasaron varios minutos en los que solo se escuchaba su respiración contenida. En ese tiempo, su mente viajó a Victoria, sintiendo un hueco doloroso en el pecho por no poder compartir con ella ese momento, por no haber hecho más para mantenerla con vida, y amargamente también pensó en Mateo, en cómo su desprecio le había robado instantes irreemplazables. Cuando el temblor en sus manos comenzó a ceder, inspiró con fuerza y se secó las lágrimas con el dorso de la mano, borrando de su rostro cualquier rastro de fragilidad antes de girarse hacia Julián, decidida a reclamar lo que siempre le perteneció. —Ya no más sombras, Julián. Quiero todo de vuelta. Mi nombre. Mis empresas. Mis acciones. Quiero sentarme en cada mesa donde creyeron que jamás volvería a estar. —La voz de Sandra no tembló, salió de su pecho con una firmeza que incluso a ella le sorprendió. Fue directa, contundente, sin rastro de la mujer que alguna vez dudó de sí misma. Julián la observó en silencio, aunque por dentro algo se removió. Por un segundo, su garganta se tensó y su pecho se expandió con una mezcla de respeto, nostalgia y algo más difícil de nombrar. Verla de pie, tan entera, con los hombros erguidos y el mentón en alto, lo hizo retroceder mentalmente a cuando eran adolescentes y ella ya hablaba como quien iba a conquistar el mundo. Se aproximó sin apuro, midiendo cada paso como si fueran los últimos antes de cruzar un umbral. En sus manos llevaba otra carpeta, y aunque intentó mantener la compostura, el leve temblor en sus dedos lo delataba. Ese no era un simple conjunto de papeles, sino una llave, un símbolo, un acto de restitución. Allí estaba todo, la documentación que devolvía al mundo a Sandra Holloway, la que legalmente la reconocía como presidenta del conglomerado familiar, la única heredera de una fortuna tan poderosa como peligrosa. Era el cierre de un ciclo, y el inicio de otro mucho más desafiante.
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