El Rolls-Royce n***o, brillante como una joya recién pulida, se deslizó frente a la entrada principal del Hotel Blackwell con la majestuosidad de un rey reclamando su trono. Los periodistas reaccionaron como si alguien hubiera arrojado gasolina sobre una fogata. El clamor subió de nivel en cuestión de segundos, y la atención, que instantes antes estaba centrada en Miranda y Mateo, se desvió por completo hacia el nuevo vehículo. El cristal polarizado de la ventanilla reflejaba los rostros ávidos de los reporteros, ansiosos por descubrir quién viajaba en aquel auto que emanaba poder y misterio. Miranda sintió el cambio como una bofetada ardiente. Sus mejillas, ocultas bajo el maquillaje perfecto, se encendieron mientras observaba cómo los camarógraf

