Sandra tenía a Mateo frente a ella. El hombre que había amado con locura, el que la había roto y la había dejado con las manos vacías… ahora la miraba como si estuviera viendo a un fantasma. Por fuera, su rostro era el de la heredera Holloway, impecable, frío, calculado. Su barbilla alzada y sus ojos serenos no mostraban ni una grieta, pero por dentro, su corazón latía tan fuerte que sentía que podía delatarla, golpeando contra sus costillas como un prisionero desesperado por escapar. El sudor frío le corría por la espalda, mientras luchaba por mantener la respiración estable, temiendo que un solo gesto revelara la tormenta que tenía por dentro. Mateo, en cambio, parecía la viva imagen de la serenidad… aunque su interior fuera puro caos. Su mandíbula esta

